Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."
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miércoles, 23 de mayo de 2018

S.T.T.L. Philip Roth

Cuando el encargado de pompas fúnebres, en casa, nos pidió que eligiéramos un traje para mi padre, yo le dije a mi hermano:

—¿Un traje? Como si fuera a la oficina. No, nada de trajes. No tiene sentido.

Dije que había que enterrarlo envuelto en un sudario, pensando que así era como fueron enterrados sus padres, que así era como se enterraba tradicionalmente a los judíos. Pero, mientras lo decía, se me ocurrió que quizá el sudario careciera también de sentido: mi padre no era ortodoxo, ni sus hijos eran religiosos, desde ningún punto de vista; y podía ser que todo ello incidiera en lo pretenciosamente literario, por no decir en una especie de histeria gazmoña. Me di cuenta de hasta qué punto resultaría estrafalario, y poco apropiado a su persona, el hecho de amortajar en un sudario a un hijo de este planeta urbanizado, que trabajaba en una compañía de seguros, como mi padre, a un hombre de una pieza, que vivió permanentemente anclado en la cotidianeidad –aunque ello no me impedía comprender, al mismo tiempo, que ésa era la idea. Pero, como nadie se me opuso, ni yo tuve el valor de decir que lo enterráramos desnudo, utilizamos el sudario de nuestros antepasados para envolver su cuerpo.

Luego, una noche, más o menos seis semanas después, a eso de las cuatro de la madrugada, se me presentó con un sudario de capucha, para reprocharme:

—Debería haber llevado traje. Te equivocaste.

Philip Roth, Patrimonio, Seix Barral, Barcelona, 2004.

sábado, 7 de enero de 2017

S.T.T.L. Ricardo Piglia

Los llaman los mellizos porque son inseparables. Pero no son hermanos, ni son parecidos. Difícil incluso encontrar dos tipos tan diferentes. Tienen en común el modo de mirar, los ojos claros, quietos, una fijeza extraviada en la mirada recelosa. Dorda es pesado, tranquilo, con cara rubicunda y sonrisa fácil. Brignone es flaco, ágil, liviano, tiene el pelo negro y la piel muy pálida como si hubiera pasado en la cárcel más tiempo del que realmente pasó.

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En uno de sus cuadernos de notas Chéjov registra esta anécdota: «Un hombre, en Montecarlo, va al Casino, gana un millón, vuelve a su casa, se suicida». La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito.

Contra lo previsible y convencional (jugar-perdersuicidarse) la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa escisión es clave para definir el carácter doble de la forma del cuento.

Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias.

lunes, 10 de octubre de 2016

S.T.T.L. René Avilés Fabila

Sugerencia para principiar un libro
Vivió en tiempos muy malos: cuando los hombres estaban divididos por fronteras, idiomas, religiones, por colores.

Los fantasmas y yo
Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes.

Corrección cinematográfica
Cuando el aterrado público esperaba ver al inmenso King Kong tomar entre sus manazas a la hermosa Fay Wray, el gorila con paso firme salió de la pantalla, y pisoteando gente que no atinaba a ponerse a salvo, buscó por las calles neoyorquinas hasta que por fin dio con una película de Tarzán. Sin titubeos –y sin comprar boleto-, con toda fiereza, destrozando butacas y matando espectadores, se introdujo en el film y una vez dentro, ansiosamente buscó su verdadero amor: Chita.

Sobre tiranos
El tirano subió las escalerillas del avión; una orquesta militar interpretaba el himno nacional: generales, ministros y banqueros, con lágrimas en los ojos y enseñas patrias en las manos, lo cantaban.
El tirano se detuvo a contemplar el patriótico espectáculo. También él lloraba. A lo lejos se escuchaban disparos y exclamaciones libertarias. Cuando la música hubo concluido, el tirano quiso dirigirse por última vez a los suyos y con voz de Júpiter tonante y acentos oratorios de plazuela, en pose heroica, dijo:
—¡Sálvese el que pueda! —antes de abordar apresuradamente el avión.

Inmortal
Tuvo que esperar la muerte después de setenta años de inquietud para comprobar que no era inmortal.

jueves, 31 de marzo de 2016

S.T.T.L. Imre Kertész

Hoy no he ido a la escuela; mejor dicho, sólo fui para pedir permiso a la tutora y volver a casa. Le entregué la carta de mi padre, en la cual pedía que me dispensaran, alegando «razones familiares». Ella me preguntó cuáles eran esas razones familiares, y yo le contesté que a mi padre lo habían asignado a trabajos obligatorios. Dejó de incordiarme.

Imre KERTÉSZ, Sin destino.

sábado, 20 de febrero de 2016

S.T.T.T. Umberto Eco

Era una hermosa mañana de finales de noviembre. Durante la noche había nevado un poco, pero la fresca capa que cubría el suelo no superaba los tres dedos de espesor. A obscuras, en seguida después de laudes, habíamos oído misa en una aldea del valle. Luego, al despuntar el sol, nos habíamos puesto en camino hacia las montañas.

Umberto ECO, El nombre de la rosa.

viernes, 19 de febrero de 2016

S.T.T.T. Harper Lee

Maycomb era una población antigua, pero cuando yo la conocí por primera vez era, además, una población antigua y fatigada. En los días lluviosos las calles se convertían en un barrizal rojo; la hierba crecía en las aceras, y, en la plaza, el edificio del juzgado parecía desplomarse. De todas maneras, entonces hacía más calor; un perro negro sufría en un día de verano; unas mulas que estaban en los huesos, enganchadas a los carros Hoover, espantaban moscas a la sofocante sombra de las encinas de la plaza. A las nueve de la mañana, los cuellos duros de los hombres perdían su tersura. Las damas se bañaban antes del mediodía, después de la siesta de las tres… y al atardecer estaban ya como pastelillos blandos con incrustaciones de sudor y talco fino.

Entonces la gente se movía despacio. Cruzaba cachazudamente la plaza, entraba y salía de las tiendas con paso calmoso, se tomaba su tiempo para todo. El día tenía veinticuatro horas, pero parecía más largo. Nadie tenía prisa, porque no había adonde ir, nada que comprar, ni dinero con qué comprarlo, ni nada que ver fuera de los limites del condado de Maycomb. Sin embargo, era una época de vago optimismo para algunas personas: al condado de Maycomb se le dijo que no habla de temer a nada, más que a si mismo.

Harper LEE, Matar un ruiseñor.

lunes, 5 de octubre de 2015

S.T.T.T. Henning Mankell


Al despertarse tiene la certeza de que ha olvidado algo. Algo que ha soñado durante la noche. Algo que debe recordar. Lo intenta. Pero el sueño parece un agujero negro. Un pozo que no revela nada de su contenido.

«Al menos no he soñado con los toros», piensa. «De haberlo hecho, estaría empapado como si hubiera sudado de fiebre durante la noche. Esta noche los toros me han dejado en paz».

Permanece quieto en la cama, a oscuras, escuchando. La respiración de su esposa es tan débil que casi resulta imperceptible.

«Cualquier mañana yacerá muerta a mi lado, sin que yo me haya dado cuenta», piensa. «O yo. Uno de los dos morirá antes que el otro. Cualquier amanecer supondrá que uno de los dos se ha quedado solo».

Henning MANKELL, Asesinos sin rostro, Tusquets, Barcelona,  2001.

lunes, 31 de agosto de 2015

S.T.T.L. Wes Craven


S.T.T.L. Oliver Sacks

Veía perfectamente, pero ¿qué veía? Abrí un ejemplar de la revista National Geographic y le pedí que me describiese unas fotos.

Las respuestas fueron muy curiosas. Los ojos iban de una cosa a otra, captando pequeños detalles, rasgos aislados, haciendo lo mismo que habían hecho con mi rostro. Una claridad chocante, un color, una forma captaban su atención y provocaban comentarios… pero no percibió en ningún caso la escena en su conjunto. No era capaz de ver la totalidad, sólo veía detalles, que localizaba como señales en una pantalla de radar. Nunca establecía relación con la imagen como un todo… nunca abordaba, digamos, su fisonomía. Le era imposible captar un paisaje, una escena.

Le enseñé la portada de la revista, una extensión ininterrumpida de dunas del Sahara.

—¿Qué ve usted aquí? —le pregunté.

—Veo un río —dijo—. Y un parador pequeño con la terraza que da al río. Hay gente cenando en la terraza. Veo unas cuantas sombrillas de colores.

Oliver SACKS, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

lunes, 22 de junio de 2015

S.T.T.L. James Salter

Surcamos el río negro, sus bancos lisos como piedras. Ni un barco, ni un bote, ni una mota de blanco. El viento ha roto, agrietado la superficie del agua. Es ancho, interminable este gran estuario. El río es salobre, lívido de frío. Discurre borroso por debajo de nosotros. Las aves marinas que lo sobrevuelan giran y desaparecen. Surcamos velozmente el ancho río, un sueño del pasado. Rebasadas sus aguas profundas, el fondo empalidece la superficie, traspasamos los bajíos, las embarcaciones varadas en la playa para pasar el invierno, los embarcaderos desolados. Y, alados como gaviotas, nos elevamos, viramos, miramos atrás.

James SALTER, Años luz, Ediciones Salamandra, Barcelona, 2014

lunes, 13 de abril de 2015

S.T.T.L. Eduardo Galeano

 

El siglo veinte, que nació anunciando paz y justicia, murió bañado en sangre y dejó un mundo mucho más injusto que el que había encontrado.

El siglo veintiuno, que también nació anunciando paz y justicia, está siguiendo los pasos del siglo anterior.

Allá en mi infancia, yo estaba convencido de que a la luna iba a parar todo lo que en la tierra se perdía.

Sin embargo, los astronautas no han encontrado sueños peligrosos, ni promesas traicionadas, ni esperanzas rotas.

Si no están en la luna, ¿dónde están?

¿Será que en la tierra no se perdieron?

¿Será que en la tierra se escondieron?

Eduardo GALEANO, Espejos.

S.T.T.L. Günter Grass


Pues sí: soy huésped de un sanatorio. Mi enfermero me observa, casi no me quita la vista de encima; porque en la puerta hay una mirilla; y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que no puede penetrar en mí, de ojos azules.

Por eso mi enfermero no puede ser mi enemigo. Le he cobrado afecto; cuando entra en mi cuarto, le cuento al mirón de detrás de la puerta anécdotas de mi vida, para que a pesar de la mirilla me vaya conociendo. El buen hombre parece apreciar mis relatos, pues apenas acabo de soltarle algún embuste, él, para darse a su vez a conocer, me muestra su última creación de cordel anudado. Que sea o no un artista, eso es aparte. Pero pienso que una exposición de sus obras encontraría buena acogida en la prensa, y hasta le atraería algún comprador. Anuda los cordeles que recoge y desenreda después de las horas de visita en los cuartos de sus pacientes; hace con ellos unas figuras horripilantes y cartilaginosas, las sumerge luego en yeso, deja que se solidifiquen y las atraviesa con agujas de tejer que clava a unas peanas de madera.

Con frecuencia le tienta la idea de colorear sus obras. Pero yo trato de disuadirlo: le muestro mi cama metálica esmaltada en blanco y lo invito a imaginársela pintarrajeada en varios colores. Horrorizado, se lleva sus manos de enfermero a la cabeza, trata de imprimir a su rostro algo rígido la expresión de todos los pavores reunidos, y abandona sus proyectos colorísticos.

Günter GRASS, El tambor de hojalata.

sábado, 29 de noviembre de 2014

S.T.T.L. Chespirito

 

En el año de mi nacimiento (1929) sucedieron cosas importantes. Por ejemplo: fue el año en que el eminente astrónomo Edwin Hubble descubrió que el universo se encuentra en continua expansión; y fue también el año en que nació el cine hablado; pero igualmente fue el año en que ocurrió el tristemente célebre crack de la bolsa de Wall Street, acompañado por una crisis económica sin precedentes y aderezado con el suicidio de más de un magnatefinanciero. En el ámbito de este México, que es mi país, se instituyó la autonomía de la Universidad Nacional, la cual emplea desde entonces el lema: “Por mi raza hablará el espíritu”, creación de José Vasconcelos. (Aunque a últimas fechas parece haber cambiado por el más folklórico de “Por mi raza hablará el Che Guevara”.) Y ese mismo año fue fundado el discutidísimo PRI, partido político que inicialmente se llamó PRN y luego PRM, mismo que rigió el destino de México (algunas veces para bien y muchas veces para mal) durante largos 71 años. Este nacimiento aconteció a principios de marzo del mencionado 1929, lo que significa que yo soy un par de semanas mayor que el susodicho partido, a pesar de lo cual éste jamás me ha guardado el debido respeto.

Roberto GÓMEZ BOLAÑOS, Sin querer queriendo, Aguilar, Barcelona, 2006.

viernes, 28 de noviembre de 2014

S.T.T.L. James


La trama gira en torno a un asesinato, a menudo llevado a cabo de manera terrorífica y violenta, y a pesar de ello leemos historias detectivescas porque nos entretienen, nos reconfortan e incluso representan un íntimo alivio de las ansiedades, los problemas y las agitaciones de la vida cotidiana.

P.D. JAMES, Todo lo que sé sobre novela negra, Ediciones B, Barcelona,  2010.

miércoles, 15 de enero de 2014

S.T.T.L. Gelman

Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.

Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.

¡Digo que el hombre debe serlo!

Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín.

Juan GELMAN, Epitafio.

lunes, 18 de noviembre de 2013

S.T.T.L. Lessing

Una tarde templada miré por la ventana y vi, bajo los plátanos de la acera opuesta, unos sesenta jóvenes, a quienes reconocí como un grupo migratorio que cruzaba nuestra ciudad. No siempre era fácil reconocer estos grupos, a menos que fueran tantos como esta vez, porque si se veían dos, o tres o cuatro miembros de uno de estos grupos, separados de los demás, podría suponerse que eran estudiantes como los que solían verse aún, aunque cada vez en menor número, en nuestra ciudad. También podían ser hijos de gente del barrio. Vistos en conjunto, en cambio, eran inconfundibles, se los reconocía al instante. ¿Por qué? No, no era solo que una masa de gente joven en aquellos días no pudiera representar otra cosa. Era que habían renunciado a la individualidad, esto era lo esencial, al criterio individual y a la responsabilidad individual, hecho que se revelaba de mil maneras; una, por ejemplo, muy importante, era nuestra reacción instintiva al encontrarnos frente a ellos, una reacción de aguda aprensión, porque reconocíamos que en una confrontación, si acaso se llegase a ella, se dictaría la sentencia de la jauría. No soportaban quedarse solos mucho tiempo. La masa era su hogar, el lugar donde se reconocían a sí mismos.

Doris LESSING, Memorias de una superviviente.

miércoles, 2 de octubre de 2013

S.T.T.L. Tom Clancy


El capitán de navío de la Marina soviética Marko Ramius vestía las ropas especiales para el Ártico que eran reglamentarias en la base de submarinos de la Flota del Norte, en Poliarni. Lo envolvían cinco capas de lana y tela encerada. Un sucio remolcador de puerto empujaba la proa de su submarino hacia el norte para enfrentar el canal. Durante dos interminables meses su Octubre Rojo había estado encerrado en uno de los diques —convertido en ese momento en una caja de cemento llena de agua— construidos especialmente para proteger de las severas condiciones ambientales a los submarinos lanzamisiles estratégicos. Desde uno de sus bordes, una cantidad de marinos y trabajadores del astillero contemplaba la partida de su nave con la flemática modalidad rusa, sin el más mínimo agitar de brazos ni un solo grito de entusiasmo.

Tom CLANCY, La caza del Octubre Rojo, Círculo de Lectores, Barcelona, 1987.

lunes, 23 de septiembre de 2013

S.T.T.L. Mutis

Todo comenzó cuando Maqroll se fue quedando en el puerto de La Plata y pospuso, por un tiempo indefinido, la continuación de su viaje río arriba. Se trataba, en esta navegación hacia las cabeceras del gran río, de encontrar alguna huella de vida de quienes compartieron, años atrás, algunas de sus miríficas empresas. Desalentado por la ausencia de la menor noticia sobre sus antiguos compañeros y con amargo sabor en el alma al ver cómo se agotaban las últimas fuentes que nutrían esa nostalgia que lo había traído desde tan lejos, concluyó que le daba igual quedarse allí, en el humilde caserío, o seguir remontando la corriente, ya sin motivo alguno que lo moviera a hacerlo.

Álvaro MUTIS, Un bel morir, Norma, Bogotá, 1992.