Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."
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lunes, 8 de septiembre de 2014

MOEN: Nunca he sido feliz

Hoy cumplo 43 años. He desperdiciado mi vida y me merezco el castigo que ahora me inflige una mano injusta. Hoy deambulo en mis pensamientos por las afueras de la cuestión de la felicidad. Nunca en mi vida he sido feliz —ni un solo día. Pero he sido infeliz muchas veces —hasta el borde del suicidio.

A partir de ahora buscaré la felicidad. ¿Tal vez exista en la fe —en el sacrificio? No tengo fe, pero pido fe. Extraño. ¡¡Extraño me resulta que este sea yo!! ¿Hacia dónde se encamina esto?

Con un arrepentimiento amargo y doloroso tengo que reconocer que he vivido increíblemente mal. Todo lo he malgastado: el tiempo —el dinero — la confianza — las capacidades — el amor de madre y padre y Bella. He arrasado con todos los valores morales y materiales.

Estoy a punto de decirme a mí mismo: ahora vas a pagar por ello. Hasta a q u í has tenido que llegar para comprenderlo. Inclínate ahora en silencio y no te quejes. Pero no serían más que palabras. T e n g o que quejarme por mi penuria. T e n g o que mantener una esperanza en el futuro. T e n g o que creer que esto no es el último capítulo.

Petter MOEN, Diario, Veintisiete Letras, Madrid, 2009.

viernes, 3 de mayo de 2013

HITLER: Los españoles son una banda de andrajosos

 

Considerados como tropa, los españoles son una banda de andrajosos. Para ellos el fusil es un instrumento que no debe limpiarse bajo ningún pretexto. Entre los españoles, los centinelas no existen más que en teoría. No ocupan sus puestos, pero si los ocupan es durmiendo. Cuando llegan los rusos, son los indígenas los que tienen que despertarlos. Pero los españoles no han cedido nunca una pulgada de terreno. No tengo idea de seres más impávidos. Apenas se protegen. Desafían a la muerte. Lo que sé es que los nuestros están siempre contentos de tener a los españoles como vecinos de sector… 



Creo que una de nuestras más felices iniciativas fue permitir que una legión española luchase a nuestro lado. En la primera ocasión, condecoraré a Muñoz Grande [sic] con la Cruz de Hierro con hojas de roble y brillantes. Será una buena inversión. Los soldados, sea cual fuere su origen, se entusiasman siempre por un jefe valeroso. Cuando regrese a España, habrá que equipar de arriba a abajo a esa Legión (y de manera magnífica), darle parte del botín y algunos generales rusos como trofeos. De esta forma harán una entrada triunfal en Madrid y su prestigio será invencible. 

Las conversaciones privadas de Hitler, Crítica, Barcelona, 2004.

lunes, 4 de febrero de 2013

WERNER: Huevos crudos, revueltos, escalfados, fritos, hervidos


Mientras avanzábamos en un mar tempestuoso hacia nuestra posición asignada a 600 millas al este de Terranova, las condiciones del U-230 empeoraron rápidamente. El agua que entraba por la escotilla abierta se acumulaba a nuestros pies, y la elevada humedad dentro del casco hacía que la comida se descompusiera, que nuestra piel se ablandara y nuestros mapas se disolvieran. El olor era brutal. El combustible adicional que llevábamos en las sentinas despedía un hedor penetrante; nuestras ropas quedaron impregnadas por el mismo y nuestra comida adquirió el sabor del petróleo y la grasa lubricante. El perpetuo balanceo y rolido del barco era demasiado para aquellos no acostumbrados al Atlántico, o no equipados con estómagos de hierro fundido; la mayoría de los hombres perdió el apetito y a menudo más que eso. Esto dejó sólo un pequeño grupo de indestructibles para comer los cuatro cajones de huevos antes de que se pusieran malos. Para ayudar a consumirlos yo comía huevos todo el día en todas formas: crudos antes de subir al puente a tomar mi guardia, revueltos cuando me revelaban, escalfados en el almuerzo, fritos en la cena, y hervidos cada vez que me venían ganas de comer otro.

Herbert WERNER, Ataúdes de acero,  Javier Vergara, Barcelona, 1978.

sábado, 19 de enero de 2013

AMBROSE: Pero derrumbarme, no

Dick Winters

 En Bastogne yo había llegado a ese punto en el que sabía que en cualquier momento me tocaría a mí. Tarde o temprano me tocaría a mí. Sólo esperaba que no fuese demasiado duro. Pero nunca tuve miedo de derrumbarme. Sólo sentía que tarde o temprano la palmaría. Pero derrumbarme, no, eso, no. Ves a la gente que cae a tu alrededor cada día, cada día, una y otra vez... y no sabes durante cuánto tiempo continuará esa situación. ¿Seguirá para siempre? ¿Volveré a casa alguna vez?

Stephen E. AMBROSE, Hermanos de sangre, Salvat, Barcelona, 2002.

miércoles, 28 de marzo de 2012

LECKIE: Mi último acto bélico


Por última vez, me volví hacia el enemigo.

A unos cien metros, un proyectil estalló delante de mí.

Giré a la derecha.

Otro proyectil estalló delante.

Volví a girar.

Otro proyectil. Otro. Pero más cerca. Cuatro más. Otro, aún más cerca. Me detuve. Un hecho aterrador quedó claro. ¡Me había situado entre la artillería enemiga y su blanco! Estaban buscando algo, quizás el depósito de municiones que tenía detrás, y movían su fuego en esa dirección.

No había ningún refugio. Avanzar era morir. Sólo podía huir de esa muerte que se acercaba saliendo de la zona de blanco antes de que me alcanzaran.

Me di la vuelta y eché a correr.

Corrí con el calor titilando en oleadas desde el coral, con el sudor engrasando mis articulaciones y el miedo que me secaba la boca, con las bombas explotando detrás de mí, cerca, cada vez más cerca, y el aire lleno de las furiosas voces de la metralla que exigían cobrarse mi vida. Corrí con una imagen en la mente del artillero japonés en lo alto de su risco, acercando cuidadosamente cada ráfaga a mi espalda, persiguiéndome por aquel caliente llano en un monstruoso juego del gato y el ratón, alegre de cada estallido de velocidad causado por una explosión más cercana… y luego, cansado del deporte, alzando el cañón y lanzando un proyectil delante de mí.

Una bomba cayó a mi lado, a unos cinco palmos de distancia, pero no explotó o, al menos, no creo que lo hiciera. En momentos así no puedes estar seguro: con el miedo, el tiempo y el espacio son distintos. Pero allí estaba el proyectil, una masa de dos palmos de rojo ardiente que golpeó el coral con un trueno y luego pareció rebotar en el aire para ir a perderse gimiendo en la bahía.

Entonces el artillero japonés alcanzó su objetivo. El depósito de municiones.

La guerra terminó para mí. Estaba destrozado. Inútil, un cascarón seco. La guerra moderna había podido conmigo. Un gigantesco exprimidor de limones me había secado. Conmoción, calor, sed, tensión… todo había podido conmigo.

Robert LECKIE, Mi casco por almohada, Marlow, Barcelona, 2011.

sábado, 24 de marzo de 2012

LECKIE: Nueva Bretaña


Era la jungla y no los japoneses nuestro adversario. La hinchazón de mis labios y mis ojos simbolizó el misterio y el veneno de aquella isla terrible. Misteriosa… quizá quiero decir que Nueva Bretaña era maligna, oscura y secretamente maligna, malhechora y enemiga de la humanidad, una adversaria en realidad, que disolvía, corroía, envenenaba, helaba, sorbía, empapaba y atacaba a un hombre con sus brumas veloces y su moho verde y sus incesantes aguaceros, poniéndole zancadillas con sus innumerables raíces y enredaderas, envenenándolo con sus insectos verdes y sus bichos malolientes y las traicioneras cortezas de sus árboles, arrancando el sol de sus huesos y la alegría de su corazón, disolviéndolo… La lluvia, el moho, la humedad sorbían firmemente cada célula como manos diminutas que arrancaran los pétalos de una flor, disolviéndolo, digo, en un informe fluido sin mente como el barro donde los pies caían continuamente en un monótono golpeteo de succión que es el sonido de la nada, el sonido de la jungla donde todo se hace pedazos en hueca armonía con la lluvia.

Nada podía enfrentarse con aquello: una carta que llegara de casa tenía que ser leída y releída y memorizada, pues se hacía pedazos en tu bolsillo en menos de una semana; un par de calcetines no duraban mucho más; un paquete de cigarrillos se empapaba y estropeaba a menos que te lo fumaras en el día; las hojas de las navajas se oxidaban y pegaban; los relojes marcaban el momento de su propio deterioro; la lluvia convertía la comida en basura; los lápices se hinchaban y reventaban; las plumas se atascaban y sus puntas se separaban; los cañones de los fusiles se volvían azules de moho y había que llevarlos colgados boca abajo para protegerlos de la lluvia; las balas se quedaban pegadas en los cargadores y los ametralladores tenían que repasar sus cinturones diariamente, extrayendo, engrasando y reinsertando las balas para impedir que se pegaran a las presillas. Y todo era húmedo y estaba empapado y pegajoso al contacto, exudando ese firme olor a humedad de la jungla, ese olor característico de deterioro que se alza de una vegetación tan exuberante, que crece tan velozmente, que parece correr hacia su descomposición desde el momento mismo de su nacimiento.


Robert LECKIE, Mi casco por almohada, Marlow, Barcelona, 2011.

martes, 20 de marzo de 2012

LECKIE: El infierno


Un hombre dice del estallido de la batalla: "Se desencadenó el infierno". La primera vez que lo dice, así es y resulta maravillosamente descriptivo. La enésima vez que lo dice, esas palabras se han gastado tanto que ya no tienen sentido: ha pasado como con todas las buenas frases, se ha convertido en un tópico.

Pero a los cinco minutos de esa primera ráfaga de ametralladora, de la aparición de aquella primera bengala enemiga que inundó el campo de batalla de una extraña luz verdosa y que al morir acentuó el manto envolvente de la noche, a los cinco minutos de todo aquello, se desencadenó el infierno. Todo el mundo disparaba, cada arma se elevaba con una voz resonante, pero no había ninguna orquestación, ninguna hermosa sinfonía macabra, como escriben los decadentes observadores que se quedan en retaguardia. Sólo había cacofonía, sólo había disonancia, sólo había salvajismo, ausencia de ritmo, pérdida de límites, pues cada uno dispara a lo que elige, cuando elige, donde elige. Sólo había explosiones, sonidos, alaridos, gemidos, siseos, estrépitos, temblores, sollozos. Aquello era el infierno.

Robert LECKIE, Mi casco por almohada, Marlow, Barcelona, 2011.

viernes, 23 de diciembre de 2011

HASSEL: Ceder a la tensión

Un día Von Barring penetró en mi chabola, durante su gira de inspeción. Permaneció inmóvil un momento, mirando a su alrededor con aire ausente. Después dijo:

-¡Estoy harto y más que harto!

Y salió como un demente.

Me apresuré a correr en pos de él. Había cogido cohetes de todos los colores y los tiraba al buen tuntún, de manera que nuestros artilleros debían nadar en un mar de confusiones. Hubo que dominarle, atarle y entrarle en la chabola. Gritaba continuamente, con voz ronca, vacilante, mirando fijamente ante sí, con los ojos desorbitados por el miedo; un miedo que sólo él experimentaba, pero cuya magnitud los demás podíamos adivinar fácilmente.

-¡A sus órdenes, Majestad. ¡Majestad Hitler, ja, ja, ja! El Obersleutnant Von Barring, del Regimiento de la Muerte, presente para el servicio del Infierno! ¡El asesino Von Barring se presenta, Majestad! ¡Majestad Hitler, ja, ja, ja, ja, ja!

Me hundí los pulgares en los oídos para no escuchar su risa. Pero cuando vi que estaba a punto de provocar un pánico general entre los ocupantes de la chabola, que le observaban fascinados, hice acopio de valor y le dejé sin sentido.

Ya sólo quedábamos dos. Hinka y yo. Von Barring, tan joven y bondadoso, que antaño nos había protegido contra Meier, el cerdo, acababa de ceder a la tensión, a la presión permanentes.

Algún tiempo después, durante un breve viaje por necesidades de servicio, Hinka y yo nos detuvimos en Giessen, para llegarnos hasta el hospital psiquiátrico del Ejército, adonde había sido transferido Von Barring.

Atado a su cama, sonreía estúpidamente y no nos reconoció. La saliva le resbalaba por la barbilla, e incluso para nosotros, sus amigos, el espectáculo era repugnante. Esta visita nos trastornó tanto que, de regreso en nuestro tren, permanecimos mucho, mucho rato sin atrevernos a abrir la boca. Finalmente, Hinka emitió una risa nerviosa -no: una risa desesperada-, y declaró:

-No estamos tan encanecidos como queríamos creer, ¿verdad, Sven?

Suspiré.

-No. Era horrible.

-Si alguna vez nos ocurriera una cosa así, a nosotros, ¿no deberíamos prometernos mutuamente que el que quedara adoptaría la decisión más adecuada?

Sellamos el pacto con un enérgico apretón de manos.

Sven HASSEL, La legión de los condenados, Plaza y Janés, Barcelona, 1968.

sábado, 3 de diciembre de 2011

HARRIS: Revista de prensa

Noticias del Reich: ¡EL DESHIELO TRAE NUEVAS FUERZAS AL FRENTE SIBERIANO! ¡TROPAS ALEMANAS APLASTAN GRUPOS TERRORISTAS DE LOS IVÁN! En Rovno, capital del Reichskommissariat de Ucrania, cinco líderes terroristas habían sido ejecutados por organizar la masacre de una familia de colonos alemanes. Había una fotografía del último submarino nuclear del Reich, el Grossadmiral Dönitz, en su nueva base de Trondheim.

Noticias internacionales. En Londres se había anunciado que el rey Eduardo y la reina Wallis iban a hacer una visita de estado al Reich en julio «para estrechar los profundos lazos de respeto y afecto entre los pueblos de Gran Bretaña y el Reich alemán». En Washington se creía que la última victoria del presidente Kennedy en las elecciones primarias había reforzado sus posibilidades de conseguir un segundo mandato...

Editorial sobre las manifestaciones estudiantiles antibélicas en Heidelberg: ¡LOS TRAIDORES DEBEN SER APLASTADOS POR LA FUERZA! El Tageblatt siempre mantenía una línea dura.

Necrológica: un viejo Bonze del Ministerio del Interior: «Toda una vida de servicio al Reich...»

Las páginas de arte: Zarah Leander, todavía fuerte, en Mujer de Odessa, ahora en el Gloria-Palast: la épica historia de la reconquista del sur del Tirol. Un artículo del crítico musical atacando los «perniciosos aullidos negroides» de un grupo de jóvenes ingleses de Liverpool que tocaban para un abarrotado público de jóvenes alemanes en Hamburgo. Herbert von Karajan dirigiría una ejecución especial de la Novena Sinfonía de Beethoven (el himno europeo), en el Royal Albert Hall de Londres el día del cumpleaños del Führer.

Robert HARRIS, Patria, Debolsillo, Barcelona, 2004.

sábado, 5 de noviembre de 2011

LORINGHOVEN: El búnker con Hitler

"Yo no había cometido actos contrarios al derecho internacional que reprocharme personalmente. Pero al mismo tiempo, había continuado prestando mis servicios como soldado junto a un criminal."
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"Un hombre de cincuenta y cinco años con aspecto de anciano, encorvado, jorobado, con la cabeza hundida entre los hombros, el rostro muy pálido, los ojos apagados y la piel grisácea."
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"Más aún que la muerte, lo que temíamos era caer vivos en manos del enemigo."
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"En aquel momento, sentí vergüenza de abandonar a mis hombres y me preguntaba cómo les iba a dar la noticia. Pero todo fue bien y me desearon buena suerte sin el menor sentimiento de envidia."
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"Representaba el prototipo de oficial superior del que Hitler desconfiaba: cultivado, inteligente y reflexivo."
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"Un frente oriental tan agujereado como el calcetín de un soldado de infantería."
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"Hitler acumulaba no menos de 72 altos cargos del Estado."
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"Todavía recuerdo la manera como pronunciaba la palabra fannatisch, que utilizaba muy a menudo."
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"Se formaba su propia visión personal de la realidad y se aferraba a ella contra viento y marea."
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"El respeto del superior al que había que confiar la responsabilidad tuvo en ese caso un efecto desastroso. La reservatio mentalis (reserva mental) facilitaba la obediencia. En virtud de esta tradición, los jefes militares obedecían al jefe del Estado que les descargaba de su responsabilidad ante la historia."
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"El general nos aseguró su lealtad y Guderian se lo agradeció regalándole un Mercedes. Unos días más tarde, Vörös utilizó su nueva limusina para entregarse a los soviéticos."
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"No sé si era propio de su carácter tomarse las cosas más a la ligera o si estaba ya resignado y no se hacía ilusiones de poder influir en las decisiones del Führer."
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"La guerra estaba perdida, confesó entre lágrimas por primera vez, pero él se quedaría en Berlín para dirigir la defensa de la ciudad y se mataría para no caer en manos del enemigo."
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"¡No somos más que un depósito de cadáveres!, dijo alguien expresando el sentir general."
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"Le vi pasar por el pasillo, por delante de mi habitación abierta, escoltado por cuatro SS, con aspecto hundido y las charreteras y condecoraciones arrancadas del uniforme."
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"Me pareció ver en su mirada como una pizca de envidia. Éramos tres hombres jóvenes y sanos que tenían una oportunidad de salvar la piel, y él ya no la tenía."

Bernd Freytag von LORINGHOVEN, En el búnker con Hitler, Crítica, Barcelona, 2007.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

LORINGHOVEN: La frialdad de Manstein

Cuando finalmente el aparato despegó y ganó altura, tuve la impresión de volver a nacer. Pesaba 52 kilos, estaba hambriento, no me había afeitado ni lavado desde hacía semanas y llevaba puesto un uniforme sucio y desgarrado. Regresaba de muy lejos.

Al llegar a Melitopol, en el mar de Azov, me dirigí al cuartel general del grupo de ejércitos Don para depositar la saca de correos, llena de cartas de despedida de los que se habían quedado en la bolsa de Stalingrado. El mariscal de campo Von Manstein quería hablar conmigo. Sorprendido al verme en aquel estado, el teniente Stahlberg, su ayudante de campo, un joven oficial elegante y pretencioso, me estrechó la mano con mucha prudencia. Se preguntó sin duda si tenía piojos, cosa que era cierta.

El mariscal de campo me interrogó durante media hora, sobre todo acerca del ambiente que reinaba entre la tropa. Yo le expliqué con pasión que la mayoría de soldados del 6º Ejército seguía creyendo todavía firmemente en la promesa del Führer de salvarlos del infierno. Evoqué los rumores que circulaban y las fantasías que obsesionaban a las mentes febriles ante la muerte. Uno había oído el fuego de las fuerzas liberadoras, otro había visto relámpagos en el horizonte o un reflejo en el cielo. Manstein me escuchó atentamente pero sin reaccionar o manifestar la menor emoción.

Bernd Freytag von LORINGHOVEN, En el búnker con Hitler, Crítica, Barcelona, 2007.

martes, 1 de noviembre de 2011

HITLER: Los curas no interceptan aviones

Yo hubiera recurrido con gusto a los curas si pudieran ayudarnos a interceptar aviones ingleses. Pero de momento nos resultan más útiles los hombres que sirven en nuestros cañones antiaéreos que los individuos que manejan el hisopo.

Las conversaciones privadas de Hitler, Crítica, Barcelona, 2004.

viernes, 21 de octubre de 2011

MISCH: Cómo matar a Hitler

Por la noche, había un camarada de guardia detrás de la entrada del personal, la puerta que se encontraba al fondo del patio a la derecha, la que daba a las cocinas y a la escalera que subía al primer piso. Ese miembro del comando siempre montaba guardia solo. En pocas palabras, si alguien tenía intención de matar a Hitler en la cama, podía pasar por allí, pedir al guardia que contactase con la cancillería, esperar a que descolgara el teléfono y neutralizarlo con una porra. Luego, le bastaría subir los veintidós peldaños, empujar la puerta del apartamento que nunca estaba cerrada con llave, y terminar el trabajo directamente en el dormitorio situado a pocos metros. No había ninguna vigilancia más en los pasillos. Nadie delante de los aposentos privados del Führer. Únicamente una patrulla, casi siempre compuesta por un solo policía, circulaba de vez en cuando por la Wilhelmstrasse. Es decir, muy poca cosa.

Rochus MISCH, Yo fui guardaespaldas de Hitler, Madrid, 2007.

miércoles, 19 de octubre de 2011

MISCH: Hitler y la mosca

Hitler aquel día estaba fuera, no lejos de su cabaña. Leía unas notas, debajo de un árbol, protegido de los rayos del sol. Hacía calor. A su lado, a pocos metros, estaba uno de sus oficiales de ordenanza, Fritz Darges. En cuanto a mí, no estaba muy lejos, como de costumbre. Una mosca vino a turbar la lectura del Führer. Empezó a revolotear a su alrededor. Visiblemente irritado, Hitler gesticuló con su paquete de hojas para tratar de alejarla, en vano. La mosca volvía sin cesar. Fritz Darges entonces sonrió. Un ligero rictus pasó por su cara. No había cambiado de posición, seguía con las manos en la espalda, la cabeza bien recta, pero le costaba contener la risa. Hitler se dio cuenta. Y en un tono más bien seco le espetó:

-Si no es capaz de mantener alejado de mí un animal como éste, quiere decir que un oficial de ordenanza como usted no me hace ninguna falta.

Hitler no le dijo nada que estaba despedido, pero Darges lo comprendió. Hizo sus maletas al cabo de unas horas. Me parece que lo enviaron al frente.

Rochus MISCH, Yo fui guardaespaldas de Hitler, Madrid, 2007.

sábado, 23 de julio de 2011

MANSTEIN: Goering

Hizo su aparición Goering. El aspecto del personaje era realmente sorprendente: parecía ataviado para un baile de máscaras, cuando yo suponía que el motivo de convocarnos allí más bien tenía que ser cosa grave o seria por lo menos. Vestía camisa blanca de cuello bajo y, encima de ella, un jubón de cuero verde sin mangas, con gruesos botones de cuero amarillo. Seguía luego un pantalón corto y gris y, hasta la rodilla, unas medias de seda del mismo color realzaban graciosamente las ya de suyo considerables pantorrillas, terminando por abajo el indumentario en unas botas de media caña o katiuskas, en contraste con la delicada seda de las piernas. Pero a todo esto aventajaba sin duda la rutilante fantasía de un cinturón de cuero rojo, ricamente guarnecido en oro, que ceñía su vientre y alojaba en ancha funda del mismo cuero y color, profusamente esmaltada de chatones de oro, un bamboleante puñal de lujo.

Erich von MANSTEIN, Victorias frustradas, Inédita, Barcelona, 2006.

lunes, 11 de julio de 2011

CARELL: El ejército fantasma

Por la noche, mientras los soldados rusos se entregaban al descanso, otro ejército se ponía en marcha. Pequeños grupos de veinte o treinta hombres, a menudo más reducidos aún, atravesaban las líneas enemigas camino del oeste. Eran los soldados más duros, que en modo alguno deseaban verse prisioneros de los rusos. La mayoría de ellos eran elementos jóvenes o soldados con muchos años de experiencia en el combate. Se calcula que unos cincuenta mil eludieron la captura por este procedimiento. Cruzaron el Beresina en su marcha hacia el oeste, en busca de las propias líneas. Durante el día se quedaban al acecho, descansando, no lejos de las carreteras y de las vías férreas, atacando los convoyes de aprovisionamiento enemigos y las cocinas de campaña. Luego, al amparo de la oscuridad, caminaban por los espesos bosques, persiguiendo y siendo acosados. Cuando no había suerte, comían lo que daba el terreno, robaban animales domésticos de los corrales, bebiendo el agua de los arroyos y de las charcas. Las horas de luz eran consagradas al reposo; la noche les brindaba cierta seguridad para la marcha y la busca de alimento.

Paul CARELL, Tierra calcinada, Inédita Editores, Barcelona, 2007.

domingo, 26 de junio de 2011

CARELL: La División Azul en Krasni Bor

En el sector occidental del frente, el ataque ruso se produjo ante la 4ª División de la policía militar de las SS y la División Azul española. Las tropas soviéticas estaban formadas por siete divisiones de fusileros, cinco brigadas y tres brigadas acorazadas.

Los batallones españoles de los regimientos de granaderos nº 262, 263 y 269, al mando del general Esteban Infantes, sufrieron en Krasni Bor todo el peso del ataque ruso. En este sector, el enemigo llegó con tres divisiones de fusileros y dos brigadas acorazadas, un total de 33.000 hombres, apoyados por unos sesenta T-34, varias unidades antitanque y 187 baterías con un total de 1.000 piezas. Contra esta ingente fuerza, los españoles sólo disponían, para un frente de treinta kilómetros, de un regimiento de infantería reforzado, unos 2.500 hombres, y tres batallones con 2.000 soldados. A ello había que sumar varias unidades especiales y veinticuatro piezas de artillería; no disponían de carros blindados.

A su izquierda, un grupo de reconocimiento cubría una brecha de casi siete kilómetros. Con tan débiles fuerzas, el general Esteban Infantes no podía constituir una segunda línea de contención; con todo, disponía de dos escuadrones de motoristas, dos compañías de zapadores y dos baterías en concepto de reserva. No podía ser menos.

Tras encarnizados combates cuerpo a cuerpo, los rusos consiguieron avanzar tres kilómetros y apoderarse de Krasni Bor, pero perdieron 11.000 hombres y se quedaron detenidos ante el Ishora. Los españoles se defendieron heroicamente con machetes, palas y granadas de mano. Su valor será especialmente recordado.

Para citar sólo un ejemplo, tomaremos el del granadero Antonio Ponte, que atacó con minas y granadas de mano a los tanques rusos que lograron practicar una brecha en las posiciones defendidas por los españoles. Después de aniquilar a unos cuantos, desapareció en algún lugar del gélido pasaje junto al Neva, aplastado tal vez por un carro enemigo o destrozado por una granada. A título póstumo se le impuso la Gran Cruz Laureada de San Fernando.

Paul CARELL, Tierra calcinada, Inédita Editores, Barcelona, 2007.

viernes, 24 de junio de 2011

CARELL: Ferdinand

Las divisiones de Harpe tenían depositadas grandes esperanzas en el formidable triunfo que llevaban en la mano: noventa carros de combate superpesados del tipo Tiger Ferdinand, adscritos a las secciones cazatanques 653 y 654, al mando del teniente coronel Von Jungenfeldt, que servían de ariete a las divisiones de granaderos.

El Ferdinand era un potente coloso de 72 toneladas, dotado de un cañón de 8,8 mejorado, con una longitud de 6,40 metros. El blindaje era de hasta 20 centímetros. Dos motores Maybach generaban corriente para dos poderosos motores, cada uno para un juego de orugas. No obstante el peso, el carro se desplazaba a una velocidad máxima de 32 kilómetros por hora. ¡Una verdadera maravilla! Esta fortaleza móvil de acero había sido fabricada en la localidad austríaca de Sankt Valentin, en los talleres Nibelungo.

El pacífico nombre de Ferdinand asignado a tal mastodonte provenía de su constructor, Ferdinand Porsche. Hitler prometió efectos decisivos con el empleo en el frente de esta verdadera casamata artillada móvil. Una ofensiva con la intervención de estos carros debía resultar insostenible.

Pero el Ferdinand tenía su talón de Aquiles: el tren de rodaje era relativamente débil y las cadenas, vulnerables. Y así sucedió que muchos de estos gigantes acorazados quedaban inmovilizados en el campo de batalla por averías en las cadenas. Además, el Ferdinand no servía para luchar a corta distancia con la infantería enemiga, puesto que, aparte del enorme cañón, no disponía a bordo ni de una sola ametralladora con la que hostigar a los destacamentos anticarro del enemigo.

Guderian ya había advertido sobre el insuficiente armamento y la complicada naturaleza de los Ferdinand. Sin embargo, Hitler no le hizo el menor caso. La batalla de Kursk fue la primera y la última aparición de esos gigantescos tanques.

Paul CARELL, Tierra calcinada, Inédita Editores, Barcelona, 2007.

jueves, 23 de junio de 2011

LEWIS: Nápoles 1944

"Parece que nadie sabe muy bien lo que somos y lo que hacemos. Debido a ello, nos encargan trabajos que ninguna otra división del ejército quiere realizar."

"Los reclutas de ojos azules eran los que conseguían los destinos de responsabilidad y a veces los más atractivos, mientras que los otros iban al cubo de basura."

"Enviaron a hispanohablantes a Italia, dando por supuesto que el español y el italiano hablados y escritos eran casi iguales. También era típico que un colega que hablaba rumano se encontrara gesticulando entre los guerrilleros yugoslavos (ambas lenguas eran balcánicas) y que el oficial con quien yo fui a Argelia fuera una autoridad en noruego antiguo y no tuviera ni idea de francés."

"Habían pasado directamente al ejército desde la eterna paz de lugares como Kansas o Wisconsin."

"Lo que nosotros hemos visto ha sido el caos resultante del miedo y la cobardía que se propagaron desde el mando. Y lo que yo nunca entenderé es qué impidió a los alemanes liquidarnos."

"Rodeamos el pueblo, esperamos que empezaran que a hacer las señales; entonces intervinimos y capturamos a un hombre que se dirigía con una linterna al único retrete que hay en el pueblo."

"Un soldado un poco achispado y azuzado continuamente por sus amigos, depositó al fin su lata junto a una mujer, se desabrochó y se echó sobre ella."

"El noventa y nueve por ciento de la información registrada allí era increíblemente trivial y en general reveló que casi todos los italianos llevaban una vida política de absoluta neutralidad, aunque eran proclives a las aventuras sexuales."

"Era frecuente que ni siquiera identificaran a los sospechosos por el nombre, sino por descripciones del estilo de 'altura media', 'edad, de treinta a cuarenta', 'de extraordinaria fealdad' o, en un caso, 'se sabe que tiene un miedo obsesivo a los gatos'."

"Según la teoría de la policía, respaldadada por muchos rumores y cierta evidencia verosímil, una patrulla de SS se había ofrecido voluntaria para quedarse en Nápoles tras la retirada de los alemanes y se había ocultado en las catacumbas."

"Ella le había explicado mediante gestos que su difunto marido nunca había dejado de tener relaciones sexuales con ella como mínimo seis veces al día."

"Saqué la conclusión de que eran demasiado pobres para casarse, demasiado pobres para hacer algo más que persistir con notable tenacidad en la lucha por mantener las apariencias."

"El objetivo de su visita era averiguar si podíamos encargarnos de que su hermano entrara en un burdel del ejército. Le explicamos que no existía semejante institución en el ejército británico."

"Me dijo que había ingresado en una organización separatista consagrada a la restauración de las Dos Sicilias. Quieren vestir a la gente con túnicas romanas, imponer un mínimo legal de diez hijos por familia y reimplantar la servidumbre con uno u otro disfraz."

"El general quería una ejecución, como todos los generales."

"Un muchacho de trece años había esperado emboscado y había disparado contra el hombre que había matado a su padre antes de que él naciera."

"En Pomigliano hay un monje que vuela. El año pasado, durante un ataque aéreo, se elevó hasta el cielo para coger en sus brazos al piloto de un avión italiano derribado."

"La oficina de guerra psicológica expone en su boletín que hay actualmente en Nápoles 42.000 mujeres que se dedican de forma habitual o esporádica a la prostitución. Eso en una población de unas 150.000 mujeres en edad núbil."

"Las fuentes oficiales llevan meses asegurándonos que roban el equivalente al cargamento de una barco aliado de cada tres que llegan al puerto de Nápoles."

"La semana pasada detuvieron por pura casualidad el coche del legado pontificio en un control rutinario de carretera, y descubrieron que llevaba un juego de neumáticos robados."

"Me dio la impresión de un hombre animado por el conocimiento secreto del curso que tomaría su futuro."

"En la defensa de un cliente pronunció un discurso que duró dos días y medio, y en determinado momento se interrumpió la sesión para que el juez y el jurado recuperaran el control emocional."

"Se ha informado de que es habitual que dos marroquíes violen simultáneamente a una mujer; uno practica el coito normalmente mientras el otro la sodomiza."

"Mientras permanecían plenamente conscientes los castraron. Luego los decapitaron."

"En un aparador había varios cientos de pares de medias de seda, cada una de las cuales valía lo que el honor de cualquier mujer de Nápoles cuyo honor estuviera en venta."

"Se había dejado crecer exageradamente las uñas de los meñiques al viejo estilo sureño para demostrar que no trabaja."

"Mientras esperaba que preparara la receta, rodeé el mostrador para observar las actividades de un chiquillo que despegaba afanosamente etiquetas inglesas para pegar otras italianas."

"Entre ellos se cuenta el que tengo que investigar, que se llama Forza Italia! y al que se suponen tendencias neofascistas."

"Vivíamos prácticamente en la Edad Media. Sólo habían cambiado los edificios, y la mayoría eran ruinas. Epidemias, bandidos, entierros con plañideras, mendigos deformes y mutilados, tullidos sin piernas."

Norman LEWIS, Nápoles 1944, Ediciones Folio, Barcelona, 2004.

sábado, 18 de junio de 2011

CARELL: Kluge y Guderian

En aquella conferencia tuvo lugar una escena penosa, que hoy parece casi fantástica, y que el único tetigo viviente de la misma, el teniente general retirado Wolfgang Thomale, describe así: "Se volvieron a reunir por primera vez desde que Kluge obtuvo de Hitler la dimisión de Guderian en el invierno 1941".

El mariscal buscaba una reconciliación, y tendió la mano a Guderian, pero éste ignoró el gesto. Kluge enrojeció y se volvió al entonces coronel Thomale, jefe de Estado Mayor de Guderian: "Comunique usted al capitán general Guderian que le ruego me siga a la estancia contigua".

Una vez en ella, irritado, preguntó a Guderian: "¿Qué motivos tiene para haber adoptado una postura tan ofensiva?" Guderian se enojó también, e intentando calmarse, respondió: "Herr mariscal, no creo que sean tan difíciles de adivinar. Hace dos años que usted informó al Führer de cosas falsas acerca de mí. Me apartó de mis tropas y ha arruinado mi salud. No creo que después de esto espere que le tenga simpatía".

Kluge giró sobre sus talones y salió de la pieza sin saludar.

Unos días después, el primer ayudante de Hitler, general Schmundt, hizo entrega a Guderian de una nota de Kluge, en que le exigía un duelo a pistola. El mariscal pretendió darle mayor fuerza a su petición haciendo intervenir al ayudante del Führer, con lo que éste también se enteraría del asunto. Hitler era enemigo de los duelos; consintió en que la nota llegase a manos de Guderian, pero no autorizó el duelo. Por orden suya, Schmundt reconvino a los duelistas.

Y de este modo se evitó que pasara a la historia un asunto de honor entre dos altos jefes militares, ambos excelentes comandantes de tropa, aun cuando de carácter dispar.


Paul CARELL, Tierra calcinada, Inédita Editores, Barcelona, 2007.