Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."

martes, 11 de septiembre de 2012

BUKOWSKI: El profesor

–¿Y su licencia, Chinaski?

–No la he traído.

–Da igual. Tiene que empezar ahora mismo.

–Ejem…, ¿qué materia tengo que dar?

–Da igual. Métase en clase de una vez.

Smith me guió por los pasillos. Llegamos a una puerta con un cristal opaco. Al otro lado parecía que había una pelea.

–Adelante –me dijo.

Creí que me iba a acompañar dentro, pero cerró la puerta a mis espaldas.

En el aula había unos cuarenta chicos. Blancos, hispanos y dos o tres negros. El ruido que había escuchado cuando estaba en el pasillo había cesado. Permanecían callados y me miraban. Expectantes. Ochenta ojos fijos en mí. O quizá sólo setenta y nueve. Busque la mesa del profesor, me dirigí a ella, me senté. La silla era cómoda. Miré a los chicos. Seguían contemplándome asombrados. Abrí la cartera y observé la botella de whisky. Tendría que encontrar la manera de echar un lingotazo sin que se dieran cuenta.

¿Qué diablos tenía que hacer ahora?


Charles BUKOWSKI, Erecciones, eyaculaciones,exhibiciones. Relatos de la locura cotidiana, Anagrama, Barcelona, 1978.

BORGES: Capdevila y Mastronardi

Lo peor de Capdevila es peor que lo peor de Mastronardi, pero lo mejor es mejor y esto es lo que importa.


Adolfo BIOY CASARES, Borges, Destino, Barcelona, 2006.

CASARES: El vídeo


–Mira –me dijo.

Me dejó su tablet y contemplé por unos instantes el vídeo. Una mujer se masturbaba.

–¿Quién es? –le pregunté.

Pronunció un nombre que no me sonaba de nada.

–¿Por qué me lo has enseñado?

–¿No te has dado cuenta?

–No. ¿Qué?

–¿No te ha llamado nada la atención?

Volví a ve el vídeo. Al principio, claramente, se veía el rostro de la mujer. Más adelante, sólo su cuerpo, sus senos, su pelo.

–No es ella, es una doble.

–¿Una doble?

–Sí. Lo estaba viendo el otro día y me di cuenta. Utilizó un doble.

Le entregué el tablet. La verdad es que no me gustaban todos esos vídeos y fotos de políticos. Había gente que los consumía masivamente, pero yo no podía soportarlos.

–Lo tenía colgado en su web. Comparé el cuerpo del vídeo con varias fotos que tiene colgadas y son dos personas distintas.

–¿Estás seguro?

–Un cuerpo de mujer no engaña.

–¿Por qué lo hizo?

–No lo sé… Supongo que por motivos religiosos. Así tendría tranquila la conciencia, la maldita conciencia de los católicos.

Dos meses atrás, el ministro de Obras Públicas había tenido que dimitir. En su perfil de internet se decía que estaba casado y que tenía un amante, pero se acabó demostrando que esto último era falso.

–La gente hubiera pensado mal de mí si supiera que no tenía un amante –trató de excusarse.

Luego se supo que era un criptocatólico. Muchos pidieron su procesamiento, pero el presidente se contentó con cesarle.

Casares estaba escribiendo entusiasmado.

–¿Qué vas a hacer?

–Voy a publicarlo. Inmediatamente.

–¿No vas a llamarla?

–No. Podría retirar el vídeo y decir que todo es una patraña mía. No, voy a denunciarlo. Es una vergüenza que mienta de esa manera.

–La verdad es que prefería los viejos tiempos, cuando la sexualidad de los políticos era algo íntimo, personal.

Casares me miró como si fuera un extraterrestre.

–¿Qué dices? No me vengas con tus idioteces.

–No sé, que a veces estoy cansado de todas esas fotografías, vídeos, confesiones.

Casares me hizo un gesto para que me callara.

–¿Qué pasa?

–La ministra de Hacienda. Tiene visita. Je, je, el tipo va a acabar exhausto.

La ministra había llenado su casa de cámaras cuando era diputada, y era uno de los miembros del Gobierno más populares.

–Debería pensar en adelgazar un poco. Se está poniendo muy gorda –dijo Casares.

–No sé cómo te gusta eso.

–Vamos, cállate. No tengo ganas para tus tonterías.

Siguió escribiendo durante un rato y por fin lo publicó. Siempre ponía la misma cara de satisfacción cuando pulsaba enter.

–Ya está –me dijo.

Me dejó su tablet y pude ver el titular que había utilizado: CONCEJAL CUELGA VÍDEO FALSO.

–¿Qué tamaño de fuente has utilizado? ¿48?

Ignoró mi pregunta.

–¿Has mandado copias?

–¿Por quién me tomas? ¡Claro que sí! En unas horas se sabrá por todos lados. Esta noticia va a ser trending.

lunes, 10 de septiembre de 2012

TRULL i TORNER: Romeo


Palau se excusó y me dijo que otro socio del bufete acudiría a la reunión. El asunto era demasiado complicado y no habíamos conseguido ponernos de acuerdo. Cuando le vi, pensé que se trataba de un pasante. Me estrechó enérgicamente la mano. Cabello castaño y abundante, fibroso, muy moreno. La idea de que utilizaba bronceador me hizo pensar en su cuerpo cubierto de aceite. Sacó los papeles, llenos de anotaciones a mano de Palau, y comenzó a hacerme un resumen de su propuesta. Tenía los dientes perfectamente alineados. La condonación haría innecesaria la fianza, me indicó, creo: no lograba concentrarme. Dejé que hablara y le acabé preguntando si quería tomar una copa. Me dijo que sí (¡me dijo que sí!). Antes de marcharnos, hizo una llamada; tenía que hablar con un cliente. Mientras simulaba escribir en mi agenda, le escuché pedir resueltamente más dinero. Era tan guapo

FORD: Cualquiera de los dos


Mi padre vino para participar en la Guerra de Secesión. No tenía más de quince años, pero era grandote y ya había cuatro de sus hermanos en la guerra, uno con los confederados, que murió, dos con la Unión y uno en ambos bandos, y que recibio dos pensiones. Pero cuando llegó mi padre se había terminado la guerra... Cuando le pregunté: "¿Por qué bando ibas a combatir, papá?", me contestó: "Bah, no importaba; cualquiera de los dos".


Peter BOGDANOVICH, John Ford, Tusquets, Barcelona, 1997.

domingo, 9 de septiembre de 2012


BIOY CASARES: Valor físico

Desafiado por Juan Pablo Echagüe a batirse o pelear, Gerchunoff le contestó: "Inútil. Carezco de valor físico".


Adolfo BIOY CASARES, De jardines ajenos, Tusquets, Barcelona, 1997.

ROMERO: Bonnie Clutter



Su marido confiaba en que se recuperaría. Los médicos habían encontrado por fin el origen de la enfermedad de Bonnie Clutter: no tenía nada en la cabeza, sino que la raíz de sus males estaba en la columna, desviada. No creo que fuera así. Entiendo a la señora Clutter. Se había casado un cuarto de siglo antes con un hombre enérgico, acostumbrado a conseguir lo que quería. Herb Clutter no perdía el tiempo en tonterías, "siempre obsesionado con la prisa, precipitándose a recoger su correo sin tener nunca un segundo, corriendo de acá para allá." Bonnie era muy diferente, apacible, soñadora. Gran amante de la lectura, estaba suscrita al Ladies' Home Journal, al McCall's, al Reader's Digest, al Together. Podemos imaginar a Herb apartando de manera displicente todos esos folletos; él sólo hojeaba los libros de cuentas. Llegó un momento en que la señora Clutter ya no pudo aguantar más y se refugió en su enfermedad. Pasaba gran parte del día en la cama, a oscuras, rumiando el pensamiento de que no estaba a la altura de su marido. Su profunda religiosidad impedía que la señora Clutter tratara de escapar de la prisión de River Valley. Llegó a pasar unos meses fuera, en Wichita, trabajando, feliz, completa, pero sus remordimientos le obligaron a regresar: era "poco cristiano" vivir alejada de la familia.



De alguna manera, Perry Smith y Richard Hickock también se rebelaban contra el éxito de gente como Herb Clutter. Ellos eran inteligentes, habilidosos, pero nunca habían salido de la pobreza. Para ellos, la prosperidad alcanzada por Herb Clutter era un insulto. “Si se le maltrata, nunca lo olvida”, escribió el padre de Perry. Los triunfadores como Herb Clutter, gente a lo que todo le había sonreído en la vida, maltrataban a Perry, que creía merecer algo mejor.



Desde que lo leí por vez primera, hace seis o siete años, me he convertido en fanático del libro de Capote. Me apresuré a comprar la edición de Anagrama en Letras Universales. En La Casa del Libro lo conseguí en inglés. Tengo el volumen de Anagrama lleno de subrayados, anotaciones. Dibujé un mapa de Kansas, en el que marqué la geografía del horror: Holcomb, Garden City, Olathe, Kansas City, Lansing. Cada vez que leo el libro, van cambiando mis simpatías: hubo un tiempo en que me gustó Perry y odiaba a Dick, que le delató; el señor Clutter, parapetado siempre en sus fe metodista, sólo me llamó la atención al principio; Myrtle resulta una mujer bastante curiosa; me admira la benignidad de Josie Meier siempre; me fascina la sensibilidad del agente Dewey. La última vez, me atrajo la figura de Bonnie Clutter, encadenada a una vida de la que no podía escapar; sentí lástima por ella.


P. ROMERO, Vidas apagadas.

sábado, 8 de septiembre de 2012

BARCELÓ: Muerte de un oficial

Después de varios minutos de saludos, jaculatorias, intercambio de regalos, el coronel Jordà consiguió que el emir se sentara.

–¡Tevet! Tráenos un té –le gritó a su ayudante.

El asunto que Jordà tenía que tratar con el emir era ciertamente espinoso. Habían pasado ya varias semanas desde la llegada del inefable Romeu, y desde entonces se habían sucedido los problemas: un pelotón de áscaris se había insubordinado –tres ahorcados y veintisiete azotados–; la mitad de los criados habían desaparecido, se habían marchado; Montferrer, el indispensable Montferrer, había pedido el traslado. Una mañana, encontraron excrementos de vaca en la puerta de la residencia de Romeu: había sido cosa de los áscaris, probablemente, pero el coronel Jordà sospechaba que cualquiera de los oficiales podía haber perpetrado el atentado.

–Hace unas semanas llegó un nuevo oficial.

El emir abrió los brazos.

–Sí, mi sobrino me habló de él.

Jordà esperó que el emir dijera algo más, pero el hausa permaneció discretamente callado. Tevet llegó con el té y lo sirvió en silencio. El coronel aprovechó para mirar al emir. Tenía un rostro muy oscuro, negro. Si no fuera por las ropas que llevaba, no habría manera de distinguirlo de otros hausa, pero el emir se ufanaba de descender de un príncipe fatimí y de hablar árabe.

–Querido amigo, tengo que reconocerte que estamos muy descontentos con el capitán Romeu.

El emir, expectante, sorbía el té.

–Me gustaría que le invitaras a cazar.

–¿Qué le invite a cazar?

–Sí, a una partida de caza. Que cace, no sé, un búfalo, un león, lo que sea.

El emir lanzó una mirada confusa al coronel Jordà.

–Desde luego, si al capitán le pasara algo, si sufriera un accidente, tú no serías el culpable, mi querido amigo, no te consideraríamos responsable de su muerte.

BIERCE: Aborígenes


Aborígenes, s. Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces, fertilizan.


Ambrose BIERCE, Diccionario del diablo.

ROSÁN: El apellido Hitler


No parece que los italianos hayan condenado el apellido Mussolini. El Duce tuvo cinco hijos: Edda, Vittorio, Bruno, Romano y Anna Maria. Bruno murió en 1941 en un accidente de aviación. Vittorio vivió durante muchos años en Argentina (allí, la colonia italiana era numerosa y muchos fascistas habían sido acogidos por Perón con los brazos abiertos). Hace unos años, el nacimiento de Carlo, bisnieto de Vittorio, garantizaba la conservación del apellido Mussolini. Romano renunció rápidamente al seudónimo que adoptó después de la guerra y formó un grupo que, inequívocamente, se llamó Romano Mussolini All Stars: tocaban jazz. La hija de Romano, Alessandra Mussolini, es eurodiputada.

Mussolini es un apellido poco frecuente en Italia. En las Mappe dei Cognomi Italiani sólo se registran 24. Se cree que adoptaron este apellido los tejedores de muselina (mussola en italiano), un tela fina y transparente originaria de Mosul. La forma Mussolini es típica de la Romaña. Variantes son Musolini, Mussolino y Musolino.

Hitler, al parecer, no quiso tener hijos porque pensó que serían idiotas: mantenía la curiosa teoría, incoherente para un racista, de que la genialidad no se transmite a los descendientes. Veía a su padre como un ser obtuso y sospechaba que sus vástagos serían pusilánimes y estúpidos; se creía capaz de educar al pueblo alemán pero no a dos o tres hijos.

Algunos sostienen que en Alemania y Austria, después de la guerra, desapareció el apellido Hitler. En realidad, nunca fue demasiado frecuente. En Das Telefonbuch, hay 34 personas apellidadas Hüttler, cinco Hittler, dos Hiedler y un Hitler. Alois era el hijo natural de Anna Maria Schicklgruber y no fue legitimado hasta los 39 años. Se cree que el padre de Hitler se equivocó al registrar su apellido, pues su supuesto progenitor solía escribirlo como Hiedler; una hermanastra, más ilustrada, firmaba Hüttler. Probablemente, sucedía como en Hispanoamérica, donde Velázquez, Velásquez (la forma más habitual allí), Belásquez, Velasques y Belasques se pronuncian de la misma manera.

Alois Schicklgruber-Hitler tuvo dos hijos de su primer matrimonio, Alois y Angela, y seis de su segundo, aunque sólo dos llegaron a edad adulta: Adolf y Paula. Ésta, para no ser molestada, utilizaba el apellido Wolf, que era el nom de guerre de su hermano en los años 20, o más bien su nom d'hôtel: los hosteleros siempre le decían a Herr Hitler que acababan de ocupar la última habitación libre, pero Herr Wolf no tenía problemas en hacer la reserva.

Alois, hermanastro de Hitler, se casó en Alemania y emigró posteriormente a Reino Unido, donde formó una nueva familia. En los años 20 regresó a Alemania y fue condenado por bígamo. Usó el apellido Hiller después de la guerra. William Patrick Hitler, por recomendación especial del presidente Roosevelt, consiguió alistarse en la US Navy en 1944. Probablemente no sabía que su hermanastro alemán, Heinz, había muerto en Moscú en 1942. Los hijos ingleses de Alois adoptaron el apellido Stuart-Houston después de la guerra.

Hoy en día, Hitler es un apellido más común en Estados Unidos que en Alemania y Austria. Una turbamulta de granjeros Hitler emigró a las Trece Colonias en el siglo XVIII y se asentó en el valle del Ohio. Sus descendientes siguen llevando el apellido con orgullo o, más bien, recordando con orgullo que era el de una tatarabuela.

¿Y qué significa el apellido Hitler/Hittler/Hiedler/Hüttler? Ciertamente, su origen es bastante vulgar. Proviene de Hütte (Hittn en el dialecto austro-bávaro que hablaba Hitler), 'choza', 'cabaña', 'guarida'. ¿Quién no tiene un antepasado que haya vivido en una choza? Ahora se entiende mejor que el Führer, mortificado por su apellido, le dijera a Himmler que abandonara las excavaciones arqueológicas: sólo iba a descubrir que los antiguos germanos vivían en cabañas de barro, elaboraban una cerámica tosca y culturalmente no estaban mucho más avanzados que los apaches de Karl May.

viernes, 7 de septiembre de 2012

BIOY CASARES: Mentiras e inexactitudes

No me importa la mentira, pero odio la inexactitud.


Adolfo BIOY CASARES, De jardines ajenos, Tusquets, Barcelona, 1997.

WARSZAWSKI: El coronel Tutasz


-¡Maciek, Maciek!

El coronel Tutasz, como hacía todas las mañanas cuando llegaba a su oficina, necesitaba su café. ¿Dónde demonios se habría metido su ayudante? Se asomó a la ventana, pero sólo vio a los criados negros limpiando el patio. Estarían allí toda la mañana, levantando polvo y no dejándolo más limpio de lo que estaba antes.

-Señor.

-Ah, Maciek.

El coronel vio que su ayudante traía el café en la mano. Se sentó y miró la cara de Maciek. La malaria parecía que le había remitido. Estaba preocupado por su ayudante: durante unos días parecía que iba a necesitar pedir el traslado a la metrópoli, pero quizá aquello ya no sucediera.

-¿Ha llegado el correo?

-No, mi coronel. Telegrafiaron esta mañana desde Nowa Łódź y dijeron que no había rastro del barco.

El coronel Tutasz se llevó la taza a los labios. Aquel café era excelente. Sólo temía que el próximo envío no tuviera esa calidad. Ya había ordenado a Maciek que guardara un poco para los malos tiempos. Quizá enviara un poco a su mujer que, no pudiendo soportar aquel malévolo clima, había regresado a la metrópoli un año atrás.

-¿Algo del interior?

-El capitán Górniak no ha enviado ningún mensaje. Todo va bien.

-Górniak es un buen soldado.

Aquello le recordó el otro asunto que tenía que tratar con Maciek.

-¿Ha dado señales de vida el condenado Romanowicz?

-No, nada. Quizá el capitán llegue con el correo.

-¿Cuándo tenía que incorporarse?

-Tiene hasta el viernes –señaló Maciek.

-Maldita sea.

Tutasz había conocido a Romanowicz diez años atrás, en Białystok, Podlesia, al otro lado del mundo. Entonces Tutasz era capitán y Romanowicz un teniente que acababa de dejar la Academia. El joven teniente era el militar más torpe de la Armia Krajowa. Tutasz apenas había pensado en él en todos esos años. Suponía que le habían licenciado y que ahora trabajaba en una oscura oficina. Encontrar su nombre en la lista de los nuevos oficiales le había resultado asombroso.

-¿Qué haremos con él?

-¿Qué?

Tutasz se dio cuenta de que había hablado en voz alta. En principio había pensado enviar a Romanowisz con un pelotón de áscaris a uno de los poblados de la montaña. Con un poco de suerte, se acabaría el problema. Sin embargo, cada vez que moría un oficial blanco, en Nowa Łódź se ponían muy nerviosos: uno de sus peores temores era que se produjera una rebelión general de la colonia.

Quizá aquel clima acabara con él. Es lo que esperaba el coronel Tutasz. El maldito clima tropical mataba a más europeos que las flechas de los nativos.

jueves, 6 de septiembre de 2012

S.T.T.L. Horacio Vázquez-Rial



Sería un idiota si esto me cogiera por sorpresa, y un mentiroso si fingiera sorprenderme. He fumado más de cuarenta cigarrillos diarios durante medio siglo. Si fueran cincuenta, ya estaría contando por encima de los 900.000: Un millón de cigarrillos tituló su libro de recuerdos Marcello Mastroianni porque era lo que estimaba haber fumado en los 72 años que vivió. Bebió menos de lo que fumó, pero murió de cáncer de páncreas. Otros llegan a la misma situación sin haber inhalado humo de tabaco en su vida, por una inclinación genética o, quizás, un accidente de programación, pero es verdad que el tabaco mata.

Tengo la convicción de que, si no hay interrupciones injustas debidas a la violencia o a desviaciones accidentales del destino, la naturaleza, creación perfecta, nos prepara con el correr de los años para la muerte. Así como se ha demostrado que la percepción del paso del tiempo se acelera a partir de los cincuenta por un proceso hormonal, se demostrará finalmente que cambia en el mismo sentido nuestra noción de la vida y de su final inevitable: si a los veinte es una idea horrible, abismal, a los sesenta se considera su posibilidad como algo mucho menos tremendo, y he visto gente mucho mayor morir por decisión o renuncia o simple cansancio.

No tengo miedo a la muerte. Ninguno. Soy agnóstico, pero he vivido según la norma pascaliana, "como si Dios existiera". No temo, pues, al juicio divino ni a la nada.

Horacio VÁZQUEZ-RIAL, La muerte, es decir, la vida.

Libertad Digital, lunes 1 de agosto de 2011.


Artículo completo

miércoles, 5 de septiembre de 2012

BIOY CASARES: Epitafio de Robespierre

Epitafio para Robespierre:

Paseante, no llores mi muerte:
Si yo viviera, tú habrías muerto.


Adolfo BIOY CASARES, De jardines ajenos, Tusquets, Barcelona, 1997.

martes, 4 de septiembre de 2012

GONZÁLEZ: Cómo conseguir que no te echen de menos

Se había encerrado más y más en sí mismo, se había hecho más intolerante que nunca. Ese es el secreto de una buena muerte: ser un auténtico diablo, un tipo insufrible durante los últimos años. En este caso, la gente asume más fácilmente tu muerte.


Enric GONZÁLEZ, Historias de Londres, RBA, Barcelona, 2010.

lunes, 3 de septiembre de 2012

BURROUGHS: No supo que estaba muerto


La bestia es tan grande y su organización nerviosa de un calibre tan bajo que tardó su tiempo en que la inteligencia de la muerte llegara y se marcara en el diminuto cerebro. La cosa estaba muerta cuando sus balas la alcanzaron, pero no lo supo.


Edgar Rice BURROUGHS, La tierra olvidada por el tiempo, Pulp Ediciones, Madrid, 2003.

GONZÁLEZ: Adopción canina


Un hombre uniformado llamó a nuestra puerta al cabo de una semana, hacia la hora de cenar. Era un tipo de mediana edad y aspecto severo, grande como un armario, con un uniforme azul cubierto de insignias, galones y dorados, provisto de una placa de inspector de la perrera de Battersea. Me dio las buenas noches con un estremecedor vozarrón de sargento instructor.

Yo le hice pasar con cierta torpeza de gestos: tenía un cigarrillo en una mano y un vaso de whisky en la otra.

-Veo que fuma usted. ¿Bebe con frecuencia? -inquirió secamente.

Un tipo con aspecto de policía y voz de policía no siempre resulta reconfortante cuando se mete en casa de uno.

-Oh, muy de vez en cuando -respondí con una sonrisa patética.

El hombretón uniformado se abrió paso hacia la cocina.

-¿Es aquí donde dormirá el perro?

-No sé -balbuceé-. Es posible que duerma con nosotros.

-Los perros deben dormir en la cocina, y la de ustedes es demasiado pequeña y tiene un ventilación deficiente. Además, carece de jardín. En general, la casa me parece bastante inadecuada. Ustedes son españoles, ¿no?

Vi en sus ojos lo que pensaba. Yo era un español alcoholizado y genéticamente cruel que torearía al pobre perro cada tarde, le clavaría las banderillas, apagaría mi cigarrillo sobre su lomo y, entre grandes risotadas, lo arrojaría desde la azotea.

-La casa es adecuada para nosotros, la calle es peatonal y tenemos aquí mismo los parques -argumenté sin convicción.

El hombre asintió mientras marcaba con cruces las casillas de un formulario.

El caso estaba cerrado. No habría adopción canina.


Enric GONZÁLEZ, Historias de Londres, RBA, Barcelona, 2010.

BIOY CASARES: ¿Puedo ser más exigente que Dios?

El rabino Moisés Leib dio una vez su última moneda a un hombre de mala reputación. Sus discípulos se lo reprocharon. A lo que respondió:

-¿Puedo ser más exigente que Dios, que me dio la moneda a mí?


Adolfo BIOY CASARES, De jardines ajenos, Tusquets, Barcelona, 1997.

viernes, 31 de agosto de 2012

BRECHT: Las guerras balcánicas


Un hombre viejo y enfermo caminaba por el campo. De pronto lo asaltaron cuatro mocetones y le quitaron sus pertenencias. Triste, el anciano prosiguió su camino. Pero en la encrucijada más cercana vio, sorprendido, cómo tres de los ladrones atacaban al cuarto para despojarlo del botín. Durante la trifulca, éste cayó al suelo. Lleno de alegría, el anciano lo recogió y se alejó a toda prisa. Pero en la ciudad más próxima fue detenido y conducido ante el juez. Allí estaban los cuatro mocetones, nuevamente bien avenidos, y lo acusaban.

El juez dictaminó lo siguiente: el anciano debería devolver a los jóvenes el último bien que le quedaba.

-De lo contrario -dijo el sabio y justo magistrado-, esos cuatro individuos podrían sembrar la discordia en el país.


Bertolt BRECHT, Narrativa completa. 1. Relatos. 1913-1927, Alianza, Madrid, 1998.