Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."

sábado, 10 de marzo de 2012

CHAMFORT: Los vascos

Yo diría de buen grado de los metafísicos lo que Escalígero decía de los vascos: "Se dice que entienden, pero no lo creo".

CHAMFORT, Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, Península, Barcelona, 1999.

LECKIE: El éxito da sabiduría


Los estadounidenses tienen esa debilidad. El éxito da sabiduría: los científicos aconsejan sobre libertades civiles, los cómicos y actrices dan mítines políticos, los atletas nos dicen qué marca de cigarrillos tenemos que fumar.

Robert LECKIE, Mi casco por almohada, Marlow, Barcelona, 2011.

HARRIS: ¿Los vampiros actúan así?


—¿Los vampiros actúan así? —susurré. Tenía la garganta dolorida y magullada en la zona donde había apretado Jerry—. Son horribles.

Me senté, sollocé y me enjuagué la cara con un pañuelo que me entregó Bill. Sentí curiosidad por enterarme de para qué necesitaba un pañuelo un vampiro, lo que probablemente constituyese un pequeño destello de serenidad, inundado por la marea de lágrimas y nervios. Bill tuvo el sentido común necesario para no abrazarme. Se sentó en el suelo y mostró la delicadeza de mantener apartada la mirada mientras yo me secaba la cara.

—Cuando los vampiros viven en nidos —comenzó a explicar de manera repentina —suelen volverse más crueles porque se impulsan los unos a los otros. Siempre están tratando con otros vampiros como ellos, y así se convencen de lo lejos que se encuentran de la humanidad. Dictan sus propias leyes. Los vampiros como yo, que viven solos, recuerdan un poco mejor su antigua humanidad.

Charlaine HARRIS, Muerto hasta el anochecer, La Factoría de Ideas, Madrid, 2004.

viernes, 9 de marzo de 2012

CHAMFORT: Se echa en falta

Se echa en falta la pereza de un malvado y el silencio de un tonto.

CHAMFORT, Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, Península, Barcelona, 1999.

GARCÍA MÁRQUEZ: El miedo y la incertidumbre

Se había aprendido a vivir con el miedo de lo que sucedía, pero no a vivir con la incertidumbre de lo que podía suceder.

Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ, Noticia de un secuestro, Mondadori, Barcelona, 1996.

RIBEYRO: No tenemos tiempo de arponearlo

Leyendo hace poco a Cervantes, pasó por mí un soplo que no tuve tiempo de captar. (¿Por qué? ¿Alguien me interrumpió, sonó el teléfono? No sé.) Desgraciadamente, pues recuerdo que me sentí impulsado a comenzar algo... Luego, todo se disolvió. Guardamos todos un libro, tal vez un gran libro, pero que en el tumulto de nuestra vida interior rara vez emerge o lo hace tan rápidamente que no tenemos tiempo de arponearlo.

Enrique VILA-MATAS, Bartleby y compañía, Anagrama, Barcelona, 2000.

jueves, 8 de marzo de 2012

DOYLE: La mujer


Así fue como los mejores planes de Sherlock Holmes fueron arruinados por el ingenio de una mujer. Antes, mi compañero acostumbraba burlarse mucho de la supuesta inteligencia femenina, pero no he oído que lo haga últimamente. Y cuando habla de Irene Adler, o cuando se refiere a su fotografía, siempre lo hace bajo el honorable título de la mujer.

Arthur Conan DOYLE, Las aventuras de Sherlock Holmes, Esplandián Editores, Madrid, 1996.

miércoles, 7 de marzo de 2012

PORTIS: Por qué no me casé


Rooster fue enterrado en nuestra parcela familiar. La gente de aquí, de Dardanelle y de Russeville dijeron: bueno, la mujer apenas conocía a ese tipo, pero es muy propio de una solterona chalada hacer una chifladura como esta. Sé lo que la gente dice aunque no me lo diga en la cara. A todo el mundo le encanta hablar. Las calumnias son admitidas y divulgadas aunque no tengan sustancia alguna. Dicen que yo solo tengo dos cariños: el dinero y la Iglesia presbiteriana y que por esto no me casé. Creen que todo el mundo está muerto de ganas de casarse. Es cierto que quiero mucho a mi Iglesia y a mi banco. ¿Qué tiene esto de malo? Les contaré un secreto: ¡esa misma gente se vuelve toda mieles cuando viene a pedirme un préstamo agrícola o una renovación de hipoteca! Nunca dispuse de tiempo para casarme, pero a nadie le importa que yo esté o no soltera. Si me diese la gana, me casaría con cualquier feo tipejo y lo nombraría cajero. Pero nunca me he entretenido en tales tonterías. Una mujer con cerebro, sin pelos en la lengua, con medio brazo amputado y con una madre inválida a la que atender tiene ciertas desventajas, si bien debo decir que podría citar a tres o cuatro desagradables viejos que en tiempos remolonearon a mi alrededor con los ojos fijos en mi banco. ¡No, muchas gracias! Quizá les sorprendiera a ustedes conocer sus nombres.

Charles PORTIS, Valor de ley, Debolsillo, Barcelona, 2011.

martes, 6 de marzo de 2012

GARCÍA MÁRQUEZ: Marina Montoya, bajo el sino de la desgracia

Se había casado muy joven con un quiropráctico muy bien calificado en el mundo deportivo, corpulento y de gran corazón, que la amó sin reservas y con el cual tuvo cuatro hijas y tres hijos. Era ella quien llevaba las riendas de todo, en su casa y en algunas ajenas, pues se sentía obligada a ocuparse de los problemas de una numerosa familia antioqueña. Era como una segunda madre de todos, tanto por su autoridad como por sus desvelos, pero además se ocupaba de cualquier extraño que le tocara el corazón. Más por su independencia indomable que por necesidad, vendía automóviles y seguros de vida, y parecía capaz de vender todo lo que quisiera, sólo porque quería tener su plata para gastársela. Sin embargo, quienes la conocieron de cerca se dolían de que una mujer con tantas virtudes naturales estuviera al mismo tiempo bajo el sino de la desgracia. Su esposo se vio incapacitado durante casi veinte años por tratamientos siquiátricos, dos hermanos habían muerto en un terrible accidente de tránsito, otro fue fulminado por un infarto, otro aplastado por el poste de un semáforo en un confuso accidente callejero, y otro con vocación de andariego desapareció para siempre.

Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ, Noticia de un secuestro, Mondadori, Barcelona, 1996.

lunes, 5 de marzo de 2012

CANDIDO, BECKER: In a permanent state of anticipation

Giovanni Drogo is ordered to leave the Military School for Fort Bastiani, situated on the northern frontier. Beyond the frontier there extends an immense plain, the Tartar Steppe, from which for centuries there has been no sign of life. So the military garrison seems useless because there are no visible, or even probable, enemies. But there is an illusion of real and constant danger, which might cause a war, and give officers and enlisted men the opportunity to show their valor. Because of this, they all live in a permanent state of anticipation, which is at the same time hope -the hope of one day being able to justify life.

Antonio CANDIDO, Howard S. BECKER, Four Waitings, Sociological Theory, Vol. 10, No. 1, 1992.

Eliseo


De Jericó, Eliseo fue a Betel. Según iba por el camino, unos chiquillos salieron de la ciudad y se pusieron a hacerle burla. Le decían:

-¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!

Él se volvió, los miró y los maldijo en el nombre del Señor. Entonces salieron del monte dos osas y despedazaron a cuarenta y dos de aquellos chiquillos.

2 Reyes 2, 23-24.

ANTÚNEZ: Pareja



En la puerta del bloque, le pone bien la camisa, la mete por debajo de los vaqueros. Luego, trata de leer los nombres del porterillo, pero están medio borrados por el sol y el agua.

–¿Dónde vivían?

Él se niega a responder. Le aprieta el cinturón. Y tiene ganas de ir al servicio.

–Te estoy preguntando dónde vivían.

–El sexto izquierda.

–El sexto izquierda. No eres de gran ayuda.

La mujer pulsa el timbre, un toque largo, eterno, ominoso. Espera diez segundos para llamar otra vez. Dos toques cortos esta vez.

–Ya ves, no están.

Parece aliviado.

–Sí están.

Se oye un ruido.

–¿Quién?

–Soy yo, Marisa.

–Ah. Sube.

Abren la puerta y entran en el oscuro pasillo de entrada. Él busca el ascensor. Está al fondo. Su madre, que parece tener prisa, llega antes.

–Vamos.

Mientras esperan el ascensor, le coloca otra vez la camisa.

-No tienes remedio. Te dije que te pusieras la de cuadros. ¿No te has echado desodorante?

El ascensor sube con la lentitud con que se enfría una enana blanca. Permanecen en silencio. Ella ha sacado el móvil y mira la pantalla: espera la llamada del carpintero; lleva semanas buscando a otro, pero de momento tendrá que seguir aguantando las feas costumbres de su acompañante.

–He quedado con Miguel a las nueve. No hagas tonterías –le dice, mirándole fijamente.

–¿Qué?

–Que no hagas ninguna de tus tonterías. No vayas a decir nada. Lo hemos hablado todo por teléfono.

Cuando llegan arriba y salen al pasillo de la sexta planta, ven una puerta entreabierta. Una cabeza. Se da cuenta de que es ella. Está descalza.

–Hola, Vanessa. ¿Dónde está tu madre?

Ella le mira de arriba abajo. Displicentemente, tal vez.

–Mi madre está dentro. En el salón.

–Bien. Vamos –dice su madre.

Les han preparado unos refrescos y frutos secos, bocadillos. En condiciones normales, no hubiera parado de comer, pero no tiene hambre.

–Está muy guapa tu niña.

La madre de Vanessa no responde. Aquella habitación huele a cerrado. La mujer, monstruosamente gorda, está sentada en un sillón; probablemente no se levanta de allí en todo el día. Las dos mujeres hablan un buen rato, sin dejar de contemplar el programa de la tele del que ambas, curiosamente, son seguidoras. Mencionan lo de las enfermedades. Ninguno de los dos tiene nada. La madre de Raúl ha traído los análisis que le habían hecho la semana anterior, pero la otra mujer dice que no hace falta que se los enseñe. De repente, la madre de Vanessa se vuelve hacia él:

–¿Quieres ahora?

El muchacho, aturdido, no responde. Mira a la muchacha, que no deja de traer nuevos aperitivos para su madre.

–Eh, Raúl. Que si quieres ahora.

–No, no.

–Venga, vamos. Si me ibas diciendo por el camino que querías…

No se atreve a decir que no es cierto.

–Vane, llévale a tu cuarto.

–Eh, toma. Que nunca se te olvide –le dice su madre, entregándole una caja de condones.

Él los coge un tanto avergonzado, y sin ser capaz de confesar que ya tiene algunos en el bolsillo.

Sigue a la muchacha, observa sus talones desnudos. Entran en una pequeña habitación interior. Oscura.

–Aquí es.

Una mesa de ordenador, un portátil. Varios carteles de grupos musicales. Un muñeco de peluche que ella, despiadadamente, arroja al suelo. Rápidamente, la chica se ha quitado las mallas, la camiseta, el sostén, las bragas. Se tiende en la cama. Tiene el pubis depilado. Lo contempla aturdido.

–Vamos, acaba pronto –le apremia.

Florián ANTÚNEZ, La botella de champán y otras fantasías sicalípticas, Ediciones del Plomo, Barcelona, 2011.

domingo, 4 de marzo de 2012

S.T.T.L. Ralph McQuarrie





Hemos hecho lo que debíamos hacer

¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: "Pasa al momento y ponte a la mesa?" ¿No le dirá más bien: "Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?" ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer".

Lucas 17, 7-10

VILA-MATAS: Desesperado

Por favor, no me interprete mal, señorita. Mi tarjeta. Vivo en Barcelona y tengo un buen empleo. ¿Me permite que la telefonee esta tarde o en un futuro muy cercano, esta misma noche por ejemplo? Espero no sonar demasiado desesperado. En realidad supongo que lo estoy.

Enrique VILA-MATAS, Bartleby y compañía, Anagrama, Barcelona, 2000.

PORTIS: Una presbiteriana


La india hablaba en buen inglés y, para mi sorpresa, me enteré de que ella también era presbiteriana. Un misionero la había educado en esa religión. ¡Qué predicadores teníamos en aquellos días! Se tomaban realmente al pie de la letra lo de "por los caminos y por los vallados" (Lucas 14, 23). Mrs. Bagby no era presbiteriana de Cumberland, sino que pertenecía a la Iglesia presbiteriana del sur. Ahora yo también soy miembro de esa Iglesia. Nada tengo que decir contra los de Cumberland. Rompieron con la Iglesia presbiteriana porque no creían que un predicador necesitase mucha educación formal. Eso está muy bien, pero no se muestran muy sensatos en lo de la predestinación. No la acaban de aceptar. Confieso que es una doctrina dura y que va en contra de nuestras terrenales ideas sobre el juego limpio, pero no veo forma de rebatirla. Lean la primera epístola a los Corintios (6, 13) y la segunda a Timoteo (1, 9-10). Y también la primera de san Pedro (1, 2; 19, 20), y a los Romanos (11, 7). Ahí tienen. Eso satisfizo a Pablo y a Silas y me satisface a mí. Y también les ha de satisfacer a ustedes.

Charles PORTIS, Valor de ley, Debolsillo, Barcelona, 2011.

sábado, 3 de marzo de 2012

GARCÍA MÁRQUEZ: Jarabe de buenas lecturas

Juan Vitta sucumbió a la depresión, renunció a comer, durmió mal, perdió el norte, y optó por la solución compasiva de morirse una vez y no morirse millones de veces cada día. Estaba pálido, se le dormía un brazo, tenía la respiración difícil y el sueño sobresaltado. Sus únicos diálogos fueron entonces con sus parientes muertos que veía en carne y hueso alrededor de su cama. Alarmado, Hero Buss armó un escándalo alemán. “Si Juan se muere aquí los responsables son ustedes”, les dijo a los guardianes. La advertencia fue atendida. El médico que le llevaron fue el doctor Conrado Prisco Lopera. Fue una visita providencial para Juan Vitta, no por el diagnóstico –estrés avanzado– sino por su pasión de lector. Lo único que le recetó fue un jarabe de buenas lecturas.

Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ, Noticia de un secuestro, Mondadori, Barcelona, 1996.