Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."

miércoles, 31 de agosto de 2011


MAUPASSANT: Ese país misterioso donde se encuentra trabajo fácilmente

Llevaba más de un mes caminando en busca de trabajo por todas partes. Por falta de él había dejado su país, Ville-Avaray, en la Mancha. Maestro carpintero, de unos veintisiete años, honrado trabajador, había estado durante dos meses sosteniendo a su familia, por ser el mayor de los hijos, teniendo que cruzarse de brazos ante la escasez de todo. El pan empezó a faltar en la casa; las dos hermanas trabajaban a jornal, pero sus ganancias eran escasas, y él, Jacques Randel, el más fuerte, no hacía nada porque no tenía nada en qué emplearse y había de comerse la sopa de los otros. Entonces se presentó en la alcaldía y el secretario le dio esperanzas de encontrar trabajo en la región central. Partió, pues, provisto de papeles y certificados, con siete francos en el bolsillo y llevando al hombro, en un pañuelo azul sujeto al extremo de un palo, un par de zapatos de repuesto, un pantalón y una camisa.
Había caminado sin descansar ni de día ni de noche, por interminables caminos, bajo el sol y la lluvia, sin llegar nunca a ese país misterioso donde encuentran trabajo fácilmente los obreros.

Guy de MAUPASSANT, Mi tío Jules y otros seres marginales, Alianza, Madrid, 2004.

martes, 30 de agosto de 2011

Los jinetes errabundos

Pero el más abominable de los rebeldes fue Umar ibn Hafsun, cuyo padre ya había recibido un sangriento galardón por traicionar al buen emir al-Mundir. Atosigaba sin descanso Umar las provincias de Rayya, de Yayyan y de Elvira; su soberbia desfachatez le había llevado a asaltar incluso los arrabales de Córdoba. Ibn Hafsun, no sólo se había levantado contra su legítimo señor, el emir Abd-Allah, y le había arrancado las regiones más ricas del sur, sino también, por una insólita vileza, había abjurado de la religión verdadera y había reincidido en el impío politeísmo de sus antepasados.

Ideal, martes 30 de agosto de 2011.

DENEVI: Grandezas de la burocracia

Cuentan que Abderrahmán decidió fundar la ciudad más hermosa del mundo, para lo cual mandó llamar a una multitud de ingenieros, de arquitectos y de artistas a cuya cabeza estaba Kamaru-l-Akmar, el primero y el más sabio de los ingenieros árabes.
Kamaru-l-Akmar prometió que en un año la ciudad estaría edificada, con sus alcázares, sus mezquitas y jardines más bellos que los de Susa y Ecbatana y aún que los de Bagdad. Pero solicitó al califa que le permitiera construirla con entera libertad y fantasía y según sus propias ideas, y que no se dignase a verla sino una vez que estuviese concluida.
Abderrahmán, sonriendo, accedió.
Al cabo del primer año Kamaru-l-Akmar pidió otro año de prórroga, que el califa gustosamente le concedió. Esto se repitió varias veces. Así transcurrieron no menos de diez años. Hasta que Abderrahmán, encolerizado, decidió ir a investigar. Cuando llegó, una sonrisa le borró el ceño adusto.
-¡Es la más hermosa ciudad que han contemplado ojos mortales! -Le dijo a Kamaru-l-Akmar-. ¿Por qué no me avisaste que estaba construida?
Kamaru-l-Akmar inclinó la frente y no se atrevió a confesar al califa que lo que estaba viendo eran los palacios y jardines que los ingenieros, arquitectos y demás artistas habían levantado para sí mismos mientras estudiaban los planos de la futura ciudad.
Así fue construida Azahara, a orillas del Guadalquivir.

Marco DENEVI, Falsificaciones, Thule Ediciones, Barcelona, 2008.

lunes, 29 de agosto de 2011


MAUPASSANT: Hijos nuestros son los merodeadores, los ladrores, la chusma

No hay hombre que no sea padre de hijos que él no conoce: los clasificados como de padres desconocidos y que él ha engendrado lo mismo que engendra un árbol, casi inconscientemente. Si hiciésemos un recuento de las mujeres con quienes hemos tenido comercio amoroso, nos veríamos tan apurados como este cítiso que usted ha interpelado, si pretendiese enumerar su descendencia. Si recapitulamos, tomando bien en consideración los contactos pasajeros, los de quince minutos o media hora, creo que no andaríamos descaminados al calcular en doscientas o trescientas las mujeres con las que hemos tenido relaciones íntimas entre los dieciocho y los cuarenta años. ¿Está usted seguro, amigo mío, de que entre tantas no ha habido por lo menos una a la que usted haya fecundado? Y en ese caso tiene usted en el arroyo o en presidio un pillastre de hijo que se dedica a robar o asesinar a las gentes honradas; es decir, a nosotros; y si no, una hija en algún lugar de mala nota, o, suponiendo que haya tenido la fortuna de que su madre la haya echado a la inclusa, estará hoy de cocinera en cualquier casa.

Piense, además, que casi todas las mujeres que llamamos públicas son madres de uno o dos hijos de padre desconocido, engendrados al azar de sus contactos amorosos de diez o veinte francos. Este oficio, como todos, tiene sus ganancias y sus quiebras. Un retoño de esta clase es una de las quiebras de la profesión. ¿Quién los engendró? Usted.... yo..., nosotros todos; los hombres que nos llamamos honrados. Son el fruto de una alegre cena en pandilla de amigos, de una noche de juerga, de una de esas horas en que nuestra carne retozona nos pide aparearnos con una hembra cualquiera. Hijos nuestros son los ladrones, los merodeadores, la chusma.


Guy de MAUPASSANT, Mi tío Jules y otros seres marginales, Alianza, Madrid, 2004.

GRANN: Una monja estadounidense

Varios pistoleros, presuntamente al servicio de un ranchero del estado de Pará, se enfrentaron a una monja estadounidense de setenta y tres años que defendía los derechos de los indígenas. Mientras los hombres le apuntaban con sus armas, ella cogió su Biblia y empezó a leer el evangelio de San Mateo: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados". Los pistoleros le descerrejaron seis disparos y dejaron su cuerpo tendido boca abajo en el barro.

David GRANN, La ciudad perdida de Z, Debolsillo, Barcelona, 2011.

domingo, 28 de agosto de 2011

DENEVI: La reina virgen

He sabido que Isabel I de Inglaterra fue un hombre disfrazado de mujer. El travestismo se lo impuso la madre, Ana Bolena, para salvar a su vástago del odio de los otros hijos de Enrique VIII y de las maquinaciones de los políticos. Después ya fue demasiado tarde y demasiado peligroso para descubrir la superchería. Exaltado al trono, cubierto de sedas y de collares, no pudo ocultar su fealdad, su calvicie, su inteligencia y su neurosis. Si fingía amores con Leicester, con Essex y con sir Walter Raleigh, aunque sin trasponer nunca los límites de un casto flirteo, era para disimular. Y rechazaba con obstinación y sin aparente motivo las exhortaciones de su fiel ministro Lord Cecil para que contrajese matrimonio aduciendo que el pueblo era su consorte. En realidad estaba enamorado de María Estuardo. Como no podía hacerla suya recurrió al sucedáneo del amor: a la muerte. Mandó decapitarla, lo que para su pasión desgraciada habrá sido la única manera de poseerla.

Marco DENEVI, Falsificaciones, Thule Ediciones, Barcelona, 2008.

sábado, 27 de agosto de 2011


ÖRKÉNY: In memoriam K.H.G.

Mientras cavaba el foso para un caballo que aquella mañana había muerto de agotamiento, el doctor K.H.G. preguntó de pronto:
-¿Conoce usted a Hölderlin?
-¿De quién habla? -preguntó el centinela alemán.
-Escribió Hiperión -explicó el doctor K.H.G., al que le gustaba mucho explicar-. La figura cumbre del romanticismo alemán.
Dio otra paletada.
-Y a Heine, por ejemplo, ¿lo conoce?
-¿Quiénes son ésos? -preguntó el centinela.
-Poetas -dijo el doctor K.H.G.-. ¿Tampoco le suena el nombre de Schiller?
-Sí, me suena -dijo el centinela, que comenzaba a sentirse incómodo.
-¿Y el nombre de Rilke?
-También -dijo el centinela alemán y se puso colorado como un tomate, y le descerrajó un tiró, sin más, al doctor K.H.G.

viernes, 26 de agosto de 2011

HARRISON: Hagan sitio

Nueva York posee una población de 35 millones de seres humanos. Viven hacinados en las casas, en los cementerios de coches que en otro tiempo fueron aparcamientos, en los viejos barcos anclados a orillas del Hudson, en los depósitos militares cerrados hace tiempo... y algunos ni siquiera tienen un techo donde guarecerse y viven simplemente en las calles. El petróleo se ha agotado, los vegetales se están agotando, la carne es un artículo de lujo, la gente vive a base de galletas y sucedáneos extraídos del mar, el agua está racionada, y cualquier accidente puede romper este precario equilibrio.

Harry HARRISON, Hagan sitio, hagan sitio, Acervo, Barcelona, 1976.

jueves, 25 de agosto de 2011

PIÑERA: Grafomanía

Todos los escritores –los grandes y los chupatintas– han sido citados a juicio en el desierto de Sahara. Por cientos de miles este ejército poderoso pisa las candentes arenas, tiende la oreja –la aguzada oreja– para escuchar la acusación. De pronto sale de una tienda un loro. Bien parado sobre sus patas infla las plumas del cuello y con voz cascada –es un loro bien viejo– dice:

–Estáis acusados del delito de grafomanía.

Y acto seguido vuelve a entrar en la tienda.

Un soplo helado corre entre los escritores. Todas las cabezas se unen; hay una breve deliberación. El más destacado de entre ellos sale de las filas.

–Por favor… –dice junto a la puerta de la tienda.

Al momento aparece el loro.

–Excelencia –dice el delegado–. Excelencia, en nombre de mis compañeros os pregunto: ¿Podremos seguir escribiendo?

–Pues claro –casi grita el loro–. Se entiende que seguirán escribiendo cuanto se les antoje.

Indescriptible júbilo. Labios resecos besan las arenas, abrazos fraternales, algunos hasta sacan lápiz y papel.

–Que esto quede grabado en letras de oro –dicen.

Pero el loro, volviendo a salir de la tienda, pronuncia la sentencia:

–Escribid cuanto queráis –y tose ligeramente–, pero no por ello dejaréis de estar acusados del delito de grafomanía.

miércoles, 24 de agosto de 2011


SÁNCHEZ y ZAWADZKA: Witold Gombrowicz

Con la ocupación alemana de Polonia, en plena madurez creativa, conoció esa tragedia tan común en el siglo XX: la de un escritor exiliado, sin acceso a sus lectores. Posteriormente, el país entró en la órbita soviética y los libros de Gombrowicz fueron condenados por su temática burguesa. No quiso o no pudo retornar al país después de 1945, nunca se planteó el regreso. Pero seguía siendo un escritor, escribía para los pocos periódicos polacos en Argentina. Hasta que un día, cuando Gombrowicz se encontraba en el Círculo polaco de Buenos Aires tomando un café, vio a alguien leyendo el semanario para el que había escrito un relato corto. Advirtió que aquel lector pasaba la página donde estaba su relato sin prestarle atención, que no le interesaba. Gombrowicz apuntó años después en su diario: “Le dedicó media hora a un artículo sobre el abigeato, la misteriosa desaparición de ovejas en Chubut, mientras que ni siquiera se preocupó por leer el título de mi relato. Comprendí que las preocupaciones de los emigrantes polacos eran muy distintas a las mías”. Gombrowicz renunció a la literatura, durante más de tres años no escribió una línea.
Probablemente, habría abandonado totalmente la escritura si no hubiera conocido en el café Rex al escritor cubano Virgilio Piñera que le animó y le ayudó a traducir al castellano Ferdydurke. Zbigniew Gołąbek señala que esa traducción salvó la carrera literaria de Gombrowicz; pronto comenzaría a trabajar en su tercera novela, Transatlántico.

Juan Pedro SÁNCHEZ ORTEGA, Marzena ZAWADZKA, Historia de la literatura polaca, Cátedra, Madrid, 2003.

martes, 23 de agosto de 2011


MROŻEK: Revelado el misterio del poder

Mucho tiempo llevaba gobernando ya el Dictador, cuando finalmente se colmó el vaso. Al frente de un pueblo descontento se puso un joven y ambicioso General, comandante de un cuartel de provincias. A marchas forzadas, se plantó en la capital rodeando con sus tropas el palacio presidencial. La guardia personal del Dictador se defendió hasta el final, pero la victoria de la revolución estaba decidida. Tras un breve asedio, las tropas rebeldes acometieron y penetraron en el palacio. Mientras los últimos pretorianos eran degollados, el General, algunos oficiales y un corresponsal de la prensa extranjera se dirigieron al despacho privado del Dictador. Era un búnker subterráneo en el mismo corazón del palacio, la más secreta de todas las estancias secretas, rodeada de un nimbo de leyenda. Nadie había tenido acceso a ella, salvo el Dictador. Se decía que era allí donde se encontraba el Tesoro del Estado, además de todos los documentos importantes de política exterior e interior.
La puerta blindada estaba entreabierta. A la mesa, una enorme mesa de ébano con apliques dorados, en una silla imperial, estaba sentado el Dictador, con la frente apoyada en el tablero. Delante de él, en el escritorio totalmente despejado, yacían una pistola y una llave. Aparte de la mesa y la silla, el búnker no tenía más mobiliario; en cambio, desde el suelo hasta el techo, estaba repleto de cajas de cartón. Rajaron con bayonetas la primera que alcanzaron, y después, cada vez más impacientes, las siguientes, hasta la última. Sin embargo, todas contenían lo mismo: una cantidad inabarcable de ejemplares idénticos del pequeño Mickey Mouse realizado en plástico malo. Pilas, montañas y aludes de Mickey Mouse se desparramaron de las cajas de cartón rodeándolos por todas partes, de modo que se movían sumergidos en ellos hasta las rodillas.
—¡Impresionante! —exclamó el corresponsal extranjero—. Pondré un telegrama de inmediato: «¡Sensacional descubrimiento en el palacio presidencial!» O no, tengo un título mejor: «¡El misterio del poder, revelado!»
—Creo que no lo hará —dijo el General y, personalmente, mató al corresponsal de un balazo. Después cogió la llave de la mesa y, abandonando la habitación junto a sus subalternos, cerró la puerta desde fuera y se guardó la llave en el bolsillo. Hecho esto, ordenó que sus acompañantes fuesen inmediatamente fusilados, antes de que tuviesen tiempo de cruzar una palabra con nadie.
La alegría por la caída del Dictador fue generalizada. El General, aclamado por unanimidad Presidente de la República, asumió el gobierno. La prensa libre, que renació bajo su ilustre mandato, anunció el florecimiento de un Estado renovado, la llegada de una era de bienestar y de creciente protagonismo en los foros internacionales. Garantizarían este éxito unas riquezas desmedidas y unos documentos de suma importancia que habían sido encontrados en el palacio presidencial. Y es que, a partir de ahora, iban a servir no a una dictadura egoísta, sino al pueblo y a los intereses de toda una nación.

Sławomir MROŻEK, La mosca, Acantilado, Barcelona, 2005.