Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."
martes, 20 de noviembre de 2012
lunes, 19 de noviembre de 2012
Salmos 56, 9
De mi vida errante llevas tú la cuenta, ¡recoge mis lágrimas en tu odre!
sábado, 10 de noviembre de 2012
1 Reyes 17, 14
Porque así habla Dios: No se acabará la harina en la tinaja ni se agotará el aceite en la orza.
lunes, 5 de noviembre de 2012
LAPIERRE y COLLINS: El torero mediocre
Paco no era mal torero; ni bueno. Era algo peor: era mediocre y sólo producía indiferencia al público ante el cual actuaba. La carrera que había empezado con tanta rapidez tardó cuatro dolorosos años en terminar. El fin se produjo en Málaga, cuando un horrible toro cegato de la ganadería de Pablo Romero tuvo la desfachatez de negarse categóricamente a morir por Paco. Le persiguió por el ruedo, pinchándole desde lejos con el estoque, como un matarife en el matadero de Sevilla. Mientras Paco corría detrás de aquel toro aparentemente inmortal, el público le lanzó una lluvia de almohadillas, colillas de cigarro, mondaduras de naranja, botellas de Coca-Cola e insultos. Escuchó los tres avisos. Y el maldito bicho, empeñado en no morir. Por último, el morlaco fue devuelto al corral, y Paco fue expulsado de la plaza de Málaga y, en definitiva, de la fiesta.
Dominique LAPIERRE, Larry COLLINS, O llevarás luto por mí, Planeta, Zaragoza, 2014.
jueves, 25 de octubre de 2012
sábado, 20 de octubre de 2012
viernes, 12 de octubre de 2012
miércoles, 3 de octubre de 2012
LONDON: Algo andaba mal en su interior
De todos, el que más sufría era Dave. Algo le había ocurrido. Se volvió más sombrío e irritable y, en cuanto se montaba el campamento, se preparaba el refugio y allí le daba de comer su conductor. Una vez desenganchado y en su hoyo, no volvía a ponerse en pie hasta la hora de ocupar su puesto a la mañana siguiente. A veces, cuando durante la marcha recibía una sacudida provocada por un súbito frenazo del trineo, o cuando tiraba más fuerte al arrancar, soltaba un aullido de dolor. El conductor lo examinaba pero no le encontraba nada. Los demás conductores acabaron interesados en el caso. Lo comentaban a la hora de comer o mientras fumaban la última pipa antes de irse a dormir, y una noche decidieron examinar el perro todos juntos. Lo llevaron junto al fuego y palparon y exploraron su cuerpo hasta arrancarle reiterados quejidos de dolor. Algo andaba mal en su interior, pero no pudieron localizar ningún hueso roto ni averiguar nada.
Jack LONDON, La llamada de lo salvaje, Esplandián Editores, Madrid, 1999.
martes, 2 de octubre de 2012
S.T.T.L. Eric Hobsbawn
La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la
experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores, es uno de los
fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX. En su mayor
parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de
presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que
viven. Esto otorga a los historiadores, cuya tarea consiste en recordar lo que otros olvidan,
mayor trascendencia que la que han tenido nunca, en estos arios finales del segundo
milenio. Pero por esa misma razón deben ser algo más que simples cronistas, recordadores
y compiladores, aunque esta sea también una función necesaria de los historiadores. En
1989, todos los gobiernos, y especialmente todo el personal de los ministerios de Asuntos
Exteriores, habrían podido asistir con provecho a un seminario sobre los acuerdos de paz
posteriores a las dos guerras mundiales, que al parecer la mayor parte de ellos habían
olvidado.
Eric HOBSBAWN, Historia del siglo XX, Crítica, Barcelona, 1998.
lunes, 1 de octubre de 2012
ROYO: Polivalencia curricular del docente
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| Wert, ministro polivalente |
Imaginen la siguiente escena:
—¿Señor Riva? Adelante.
—Oiga, creo que ha habido un error. Yo tenía cita con el odontólogo y en su puerta pone ginecólogo.
—Ah, no se preocupe. Al fin y al cabo soy médico. Deje, deje que le saque esa muela...
Estoy seguro de que la situación les resultará inverosímil. En la enseñanza, sin embargo, ya es una realidad.
Para comprobar el rigor de la Administración a la hora de ofertar plazas al profesorado y constatar cómo entienden nuestros dirigentes la calidad de la enseñanza, basta exponer que, este mismo curso, nos encontramos con profesores de Geografía e Historia que, además de su asignatura, impartirán Lengua Castellana, Historia de las Religiones o Educación Física; profesores de Lengua Castellana que enseñarán también Historia de las Religiones o Música; profesores de Economía que impartirán Plástica; profesores de Plástica o Educación Física que también lo serán de Música; profesores de Filosofía que se encargarán también de la asignatura de Euskera... Hasta nuestro ministro, el experto sociólogo Wert, ha acuñado recientemente el concepto "polivalencia curricular del docente" para terminar de arreglar las cosas.
Alberto ROYO, ¿Crisis de identidad del profesorado?
Diario de Navarra, miércoles 26 de septiembre de 2012.
REVERTE: Tratamiento contra la ludopatía
En mis salas de apuestas, un jugador nunca gana. Todos lo saben al entrar. Pero aprenden una lección profunda: consiguen una experiencia de gran valor. ¡Me considero un gran benefactor! Conozco a muchos que han renunciado al juego, se han curado de la avaricia y restaurado su salud mental gracias a mi tratamiento. El elogio, y no la censura, tendría que ser mi premio.
Javier REVERTE, El río de la luz, Plaza y Janés, Barcelona, 2009.
jueves, 27 de septiembre de 2012
SORRENTINO: Karakalpakia
El doctor Zuckerman respiró aliviado cuando Clawson y su cuidador abandonaron la consulta. Hizo algunas anotaciones en el historial. Colocó la carpeta de Clawson en el lado izquierdo. Ya sólo quedaban tres pacientes. Comenzó a hojear un nuevo historial. Artie M. Un caso sin solución. Siete años atrás, habían encontrado a aquel individuo deambulando por un parque. Decía cosas incoherentes. Los policías creían que estaba borracho; por alguna razón, acabó en el hospital psiquiátrico. Nadie sabía quién era ni de dónde procedía. Ni siquiera estaban seguros de cómo se llamaba. El administrativo que hizo el ingreso no había logrado entender su apellido; acabó escribiendo en la ficha que el nombre del paciente era Arthur M. En seguida, todo el mundo comenzó a llamarle Artie.
Por alguna razón, el doctor Roark había estado muy interesado por Artie; sostenía que sufría un raro trastorno neuronal. Zuckerman repasó una vez más las notas de su antecesor. Artie M. era un sujeto de unos sesenta años. Hablaba inglés con acento extranjero. Su vocabulario era bastante culto. Probablemente había estudiado en la universidad. En ocasiones, largaba interminables peroratas en un idioma ininteligible que Mike Sorrentino, uno de los ordenanzas, afirmaba que era un dialecto hablado en el norte de Italia.
Artie M. sufría una enfermedad ciertamente extraña. Aseguraba proceder de un territorio, que llamaba la Nación, que formaba parte de un país, el Estado. Según el doctor Roark, Artie quería que la Nación se separara del Estado, como Croacia de Yugoslavia o como Lituania de Rusia. En las visitas quincenales esbozaba enrevesados planes para lograr la secesión. En una ocasión, según las notas del doctor Roark, había defendido Artie que la Nación tuviera el mismo estatus que Puerto Rico. Otra vez soltó un largo alegato a favor de Massachussetts. El doctor Zuckerman le había escuchado un vehemente discurso en defensa del Quebec independiente, por lo que llegó a la conclusión de que Artie era francocanadiense. Desde luego, ni Roark ni Zuckerman habían prescrito a Artie ninguna medicina. Nunca se había mostrado violento. No era un enfermo peligroso. Zuckerman estaba preparando un artículo para el Annual Review of Psychiatry. Cuando lo acabara, probablemente, recomendaría su traslado a uno de los asilos estatales.
–Que pase el siguiente –le dijo a la enfermera.
Escuchó el golpeteó de nudillos en la puerta. No había forma de hacerle entender que debía pasar sin llamar.
–Adelante.
Zuckerman observó al enfermo. Cuidaba mucho su aspecto. Llevaba un gastado pijama, que estaba impoluto, sin una sola mancha. Artie estaba recién afeitado. Apestaba a loción. La visita al doctor era el acontecimiento más importante de las últimas dos semanas.
–¿Cómo estás, Artie?
–La tengo, doctor, tengo la solución para la Nación.
–Siéntate, Artie, cuenta.
–Mire, doctor, la solución es Karakalpakia.
–¿Karaqué?
A veces, el doctor
Zuckerman tenía la impresión de que Artie se inventaba todos esos nombres. Roark había dictaminado que el paciente sufría una especie de politomanía.
Zuckerman, en su artículo, sostendría que Artie era un topomaniático: siempre estaba utilizando topónimos exóticos.
–Karakalpakia, doctor. Ka–ra–kal–pa–kia. Es una república autónoma de Uzbekistán.
–¿Uzbekistán?
–Sí, Uzbekistán.
–Ya sé, un país que está…
–En Asia Central. Los karakalpakos lucharon durante siglos contra los infames uzbekos. Estaban sometidos.
–¿Me estás diciendo que quieres que la Nación se convierta en una república autónoma?
–¿Qué le parece, doctor? ¡¡Una idea brillante!!
domingo, 23 de septiembre de 2012
S.T.T.L. Sven Hassel
Nuestro tren avanzaba hacia el Este, con destino a las estepas inmensas y a los negros bosques de Rusia. Conservábamos la estufa al rojo vivo en nuestro vagón, pero estábamos helados. Noche y día permanecíamos acurrucados en nuestros capotes, con los gorros hundidos hasta las orejas. Pero a pesar de atiborrar la estufa, de ponernos más y más piezas de lana y de apretarnos los unos contra los otros, estábamos siempre irremediable, miserablemente helados...
Sven HASSEL, La legión de los condenados, Plaza y Janés, Barcelona, 1992.
jueves, 20 de septiembre de 2012
MAJEWSKI: La señora Makens está preparada
La señora Makens lo tiene todo preparado en la puerta, a la espera de que llegue el camión de la ONU. Comienzo a hablar con ella. Parece aceptar el hecho con filosofía. Es viuda y no tiene hijos. “Quizá hace esto más fácil”, me dice. Me habla de su vida. Lleva años trabajando como secretaria en una escuela de secundaria. “No sé lo que pasará cuando lleguemos allí. Soy muy vieja para trabajar en el campo.”
Esa es la preocupación de muchos australianos. Un alto porcentaje de la población vive en ciudades. De hecho, en cinco grandes ciudades. Recorro una calle donde los habitantes ya han sido evacuados. Todo parece en orden. Sólo una casa ha sido quemada. Su inquilino ha debido seguir el llamamiento de algún partido radical. De todos modos, aquí, en Victoria, los sabotajes y las destrucciones de viviendas no son tan habituales como en otras partes de la Mancomunidad. En cualquier caso, resulta inquietante recorrer una ciudad desierta. Me pongo a hacer fotos para compararlas con las que espero tomar dentro de unos meses, cuando lleguen los nuevos residentes. De pronto me sale al paso una patrulla de cascos azules y me obliga a dar la vuelta.
Me dirijo al norte. El traslado no empezará aquí hasta dentro de una semana. Al azar, me detengo frente a una casa y llamo a la puerta. Nadie responde. Dentro se escucha la televisión a todo volumen. Llamo otra vez, pero nadie sale a abrir. Lo intento en la siguiente puerta. Me abre un hombre joven. Puedo preguntarle lo que quiera, pero prefiere no dar su nombre. Dice que sigue bastante disgustado. “La primera vez que oí hablar del asunto me pareció que era una broma.” Trabajaba en un centro comercial. “Hace tres semanas nos dijeron que no apareciéramos más por allí.” Sabe por un amigo que los viets (los vietnamitas) se pueden quedar. “Los acogimos con los brazos abiertos y ahora se adueñan de todo.” Mientras hablamos, observo el desorden que hay en la casa. Hay algunos que siguen en la etapa de rabia.
Según los psicólogos, la mayoría de los australianos ha pasado a la etapa de aceptación. La señora Faulkes está en una fase de indignada aceptación. Me asegura que empaquetó todo hace semanas. Ahora sólo espera que llegue el camión. Vive con su marido, que sufre una enfermedad que lo mantiene postrado en una silla de ruedas. La señora Faulkes me dice que siempre ha votado al Partido Liberal; añora los tiempos de Robert Menzies. “Él hubiera evitado todo esto”, asegura. “Supongo que se estará revolviendo en su tumba”, añade. La señora Faulkes interrumpe continuamente la conversación para limpiar con un pañuelo a su marido. “Menos mal que el pobre no se entera de nada”, me dice. “Ambos nos opusimos a que dejaran entrar a los chinos. No, no tuvieron que dejarles entrar y todo eso, y fíjese lo que ha pasado ahora.” Me habla de los aborígenes. Cuando llegó Cook seguían viviendo de la misma manera que diez mil años atrás. “Fuimos los blancos lo que hicimos Australia lo que es... Todo es culpa de los malditos laboristas”, concluye.
Anochece. Se escucha una alarma lejana. Sirenas. Humo en el aire. Pienso que alguien ha debido quemar su casa. Me meto en un bar y pido una cerveza. Muchos sólo han llegado a la aceptación mediante la bebida. Uno de los clientes se acerca cuando ve mi tarjeta de prensa. Me asegura que es sudafricano. Salió del país hace veinte años. “Sabía que el país se iba a echar a perder cuando gobernaran los negros.” Le dejo hablar, mientras bebe una cerveza detrás de otra. Repentinamente comienza a defender el Plan Madagascar: traspasar a la población australiana a la isla y a los malgaches “al otro sitio”. Lo planteó un político independiente en la Cámara de Representantes; probablemente quería entorpecer lo que entonces era sólo un proyecto en estudio por la ONU. Trato de explicarle al sudafricano que una transferencia de población a tres bandas habría necesitado una planificación mucho más complicada. Le cuento que los polacos estamos acostumbrados a estos traslados de población. Cuando se acerca la hora del cierre, el sudafricano me confiesa que vive gracias a una paga del gobierno. “Ahora querrán que me ponga a trabajar de nuevo”, me dice trastabillando las palabras. Cuando nos despedimos me invita a visitarle “allí arriba”. Trata de decirme el nombre de la ciudad a la que ha sido asignado. Finalmente consigo que lo escriba: Banshakhali. “Bueno, espero que al menos le cambien el maldito nombre.”
Roman MAJEWSKI, La señora Makens está preparada.
Gazeta Wyborcza, domingo 20 de septiembre de 2015.
Artículo completo
jueves, 13 de septiembre de 2012
martes, 11 de septiembre de 2012
FORD: A partir de entonces traté de leer los guiones

Una vez llegué al plató a las siete; había un montón de actores que no conocía y un tipo tenía una escena en la que tenía que besar a una chica. Empezamos a rodarla y le dije al tío:
–Si tienes que besarla, lo que te digo es que la beses. Bésala en los labios, abrázala.
Y el actor dijo:
–Pero, señor Ford, ¡en el argumento la chica es mi hija!
–¡Ah! –dije–. ¿Hay alguien por aquí que tenga el guión? Dejadme verlo...
A partir de entonces traté por lo general de leer los guiones.
–Si tienes que besarla, lo que te digo es que la beses. Bésala en los labios, abrázala.
Y el actor dijo:
–Pero, señor Ford, ¡en el argumento la chica es mi hija!
–¡Ah! –dije–. ¿Hay alguien por aquí que tenga el guión? Dejadme verlo...
A partir de entonces traté por lo general de leer los guiones.
Peter BOGDANOVICH, John Ford, Tusquets, Barcelona, 1997.
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