Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."

martes, 31 de enero de 2012

ROMERO: La cabeza de la leona



–¿Necesita la escupidera?
–Sí, por favor. ¿No le importa?
–¿Le ayudo?
–No. Ya puedo yo.
–¿Qué es lo que hay debajo de la cama?
–¿Debajo de la cama?
–Sí, aquí debajo. Hay una piedra.
–Ah, ¿la piedra?
–La trajo el otro día ese gitano amigo suyo.
–No es nada. Olvídese de esa piedra.
–¿Qué es? Parece la cabeza de un animal.

CHRISTIE: Caso Etherington

Leonard Etherington. Hábitos desagradables: ingería drogas y también bebía. Un personaje muy peculiar. Un sádico. Esposa joven y atractiva, Desesperadamente desgraciada por su causa. Etherington murió por haber comido alimentos envenenados. El médico receló algo anormal. La autopsia reveló que era un caso de envenenamiento por arsénico. Un suministro de herbicida en la casa, sustancia adquirida largo tiempo antes. La señora Etherington fue detenida, siendo acusada como autora de la muerte de su marido. Recientemente, había trabado amistad con un hombre del Servicio Civil que regresaba a la India. No hay sugerencias de una infidelidad real, pero sí existen pruebas de haber simpatizado los dos mutuamente. El joven se había comprometido con una chica. Hay dudas sobre si la carta en que se refería a la señora Etherington tal hecho fue recibida por ella después o antes de la muerte de su marido. Ella asegura que antes. Las pruebas contra la mujer son circunstanciales; no hay ningún otro sospechoso probable; accidente extraño. Suscita grandes simpatías durante el juicio a causa del carácter de su marido y del mal trato de que éste la había hecho objeto. El resumen del caso hecho por el juez tendió a favorecerla, insistiendo éste en que el veredicto debía estar más allá de cualquier duda razonable.

La señora Etherington fue declarada no culpable. Todo el mundo opinaba lo contrario, sin embargo. Su vida, posteriormente, resultó difícil. Los antiguos amigos la dieron de lado. Murió a consecuencia de haber ingerido una dosis excesiva de somníferos, dos años después de haberse visto el juicio. En la encuesta se dio un veredicto de muerte accidental.

Agatha CHRISTIE, Telón, Molino, Barcelona, 2000.

lunes, 30 de enero de 2012

CANETTI: La desdicha


El único modo de sobrellevar la desdicha es interpretándola.

Elias CANETTI, El suplicio de las moscas, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994.

domingo, 29 de enero de 2012

CIORAN: Todo lo que hacemos no servirá de nada


Todos estos años son más que suficientes para poder soportar todo este absurdo que me rodea y que me invade, es suficiente para ver que todo lo que hacemos no servirá de nada, que ningún sentido tiene seguir sufriendo y siguiendo una rutina estúpida que no nos conduce a nada. Mierda de vida, mierda de sociedad, mierda de gente, mierda de sistema,... MIERDA, mi palabra favorita, sólo ella es capaz de describir sin esfuerzo mis pensamientos.

Madrugo por las mañanas y pienso con ironía: "¡Bien, otro día más sobre este planeta!. Levantémonos, vamos a producir la ración de basura de hoy.". Me levanto, no sin un gran esfuerzo de voluntad (la cual hay que reconocer es considerable, me pregunto de dónde sale), toso (el tabaco dicen que mata, poco a poco). Salgo de casa, con ojos dormidos, mi mente todavía atontada, los cascos de mi discman en mis oídos (la música es lo único que soporto a esas horas, y casi es lo único que soportaría a cualquier hora). Me dirijo con paso raudo a la estación de tren, que me llevará a mi y al resto de las abejas obreras a esos campos de concentración mal llamados empresas. Cuando llego, mi cara (ya con un rictus de amarga tristeza) empeora hacia un enfado que no puedo dirigir contra nadie, porque nadie es culpable y al mismo tiempo, lo somos todos y hacia todos lo dirijo. No hablo, apenas saludo (¿Buenos días?, no para mi, desde luego), me siento en mi cubiculo, en mi celda. Aun encima, es verano, hace calor, y el aire acondicionado crea una malsana atmósfera artificial que perjudica más mis pulmones, ya jodidos por el tabaco.

Al cabo de un rato, llega el jefe, ese temible bastardo, que se cree algo, que se cree que nos posee, cuando realmente no tiene nada, realmente no es nada, nada más que otra mierda con patas que camina con una falsa seguridad en si mismo. Me río de su seguridad, me río de su ficticio poder, porque cuando la muerte llega (y afortunadamente siempre llega) nada de lo que tiene o cree tener, le va a impedir pudrirse bajo tierra entre los gusanos.

Tomo un café, el estimulante que necesito para mantenerme despierto y no caer en el sopor del aburrimiento, y en un sueño que trata de apoderarse de mi ser. Un sueño que realmente seria bienvenido, y mejor aprovechado que estas horas muertas de mi vida que paso aquí encerrado entre estas cuatro paredes mugrientas.

¿Por qué no dejarlo?, ¿por qué no escapar?... sí, suena bien... ser libre, romper las cadenas... pero es irreal. Si sigo vivo (cosa que continuamente me planteo) y tal como están las cosas, necesito dinero para comer, pagar una vivienda, ... Y no me pienso convertir en un vagabundo, porque ya es bastante dura y asquerosa la vida como para aún encima tener que depender de la caridad humana. No, para ser libre realmente, sólo hay una solución: la muerte. Aunque no haya nada después de ella, cosa que no sé, es la única salida para ser libre, realmente libre. Se terminan entonces las ataduras, trabajar, pagar, llorar, sufrir, reír, soñar, enfermar, el miedo, el amor, el odio, ... Sólo necesito el método adecuado y podré hacerlo, porque hasta ahora, he fallado.

Emil CIORAN, Del inconveniente de haber nacido, Taurus, Madrid, 1981.

sábado, 28 de enero de 2012

CANETTI: Obras maestras


Las penosas introducciones a las obras maestras, disuasorias, áridas, sublimes o desvergonzadas. ¡Ah! ¿Por qué sentiremos curiosidad? ¿Por qué habrá tenido que nacer y morir el autor? ¿No basta con que lleve un nombre, no le pesa éste ya bastante? Pero la gente desconoce la compasión. Tienen que guisarse a su escritor, sazonarlo y comérselo.

Elias CANETTI, El suplicio de las moscas, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994.

viernes, 27 de enero de 2012

KUNDERA: Somos como Hitler


Entre Hitler y Einstein, entre Brezhnev y Solzhenitsin, hay muchas más similitudes que diferencias. Si se pudiera expresar con números, hay entre ellos una millonésima de diferencia y novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve millonésimas de similitud.

Milan KUNDERA, La insoportable levedad del ser, Tusquets, Barcelona, 2006.

jueves, 26 de enero de 2012

TOLSTOI: La Maslova


Aquel día marcó para Maslova el principio de una existencia que consiste en violar sin descanso las leyes divinas y humanas, esa vida a la que actualmente están condenadas centenares de miles de mujeres, no solamente con la autorización del poder legal, cuidadoso del bienestar de sus administrados, sino bajo su protección efectiva: vida degradada, monstruosa, que tiene por consecuencia, en nueve de cada diez casos, la decrepitud y la muerte prematura, después de horribles sufrimientos.

Por la mañana, luego durante la mayor parte del día, es un sueño pesado, después de las orgías nocturnas. Hacia las tres o las cuatro de la tarde, un despertar extenuado, entre sábanas llenas de manchas; tomas, a sorbos, de café y de agua de Seltz; luego, en camisa, en peinador, en camisola, vagar ociosamente por las habitaciones, echando de cuando en cuando alguna mirada hacia la calle, por la ventana con las cortinas corridas; luego, aburridas, las mujeres se querellan; hay que lavarse, maquillarse el rostro, comprimir hasta el ahogo el cuerpo en un corsé, elegir un nuevo vestido y disputar para eso con la patrona, estudiar ante el espejo posturas sugestivas, cubrirse las mejillas de colorete y pintarse las cejas con khol, ingerir comidas grasas y almibaradas, endosarse un vestido de seda bajo el cual el cuerpo está medio desnudo, bajar a un salón donde los adornos chispean a las luces y, por último, recibir a los clientes: música, bailes, bombones, vino, tabaco. Después de eso, el comercio carnal con hombres jóvenes o maduros, adolescentes y viejos que renquean; solteros y casados; comerciantes, dependientes, armenios, judíos y tártaros; ricos y pobres; hombres sanos y enfermos; borrachos y sobrios; brutos y mundanos; soldados, funcionarios, estudiantes, colegiales; con gente de todas las clases, de todas las edades, de todos los temperamentos. Gritos, burlas y risas, y música, y tabaco, y vino, y otra vez vino y tabaco, y otra vez música, y así desde el crepúsculo al amanecer. y solamente llegada la mañana, la liberación y el sueño pesado. y todos los días así, desde el comienzo al final de la semana. Luego, al cabo de cada semana, la visita impuesta por la ley a la comisaría de policía. Los médicos y los funcionarios presentes se muestran un día graves y rudos. Otro día su distracción consiste en humillar el pudor natural que debería proteger tanto a las criaturas humanas como a las bestias. Es la inspección de las mujeres, devueltas con licencia de continuar, durante toda la semana. que va a seguir, cometiendo los crímenes de lesa humanidad realizados con sus cómplices la semana anterior. Y así todos los. días, los laborables como los festivos, en verano como en invierno.

Lev TOLSTOI, Resurrección.

miércoles, 25 de enero de 2012

HARFORD: Kremer vs. Malthus

Kremer propone tomar el crecimiento de la población como una medida del progreso tecnológico: cuanto más rápido puede crecer la población humana, más avanzada debe haber llegado a ser la tecnología.

El modelo de Kremer, por exponerlo de una forma sencilla, establece que cualquier antiguo hombre de las cavernas tiene tantas probabilidades de inventar algo útil como cualquier otro cavernícola. Una vez que Pedro Picapiedra inventa algo —el fuego, la rueda, el free jazz—, ese invento está a disposición de todo el mundo. Quizá llevaría algún tiempo que el invento se divulgase, pero si tenemos un millón de años de historia por delante, ¿a quién le importa? Lo relevante aquí es que una idea puede ser utilizada por todos. Si coges el hacha de piedra de Pedro, él ya no tendrá un hacha de piedra; pero si tomas de él la idea de cómo fabricar un hacha de piedra, eso no conlleva que Pedro vaya a olvidar el secreto para hacerla. Esto significa que los inventos son más útiles cuando la población es mayor. Si nos remontamos al año 300000 a. C, la idea de Pedro sólo la aprovecharían un millón de personas. Hoy en día, la rueda nos hace la vida más fácil a seis mil millones de personas.

Si ese argumento es acertado, también nos proporciona el resultado de la ecuación de Kremer: el índice de progreso tecnológico es proporcional a la población mundial. Suponiendo que, al año, se produzca una idea realmente brillante por cada mil millones de personas, entonces a la población de un millón de robustos Homo erectus que había en el año 300000 a. C. le habría surgido una idea similar cada mil años. Para el año 1800, cuando surgió la Revolución Industrial, con mil millones de personas en el mundo, el índice de innovación habría aumentado a una deslumbrante idea por año. Hacia el año 1930, una idea revolucionaria cada seis meses. Con seis mil millones de mentes en el planeta, actualmente deberíamos estar generando este tipo de ideas cada dos meses. Semejantes ideas podrían estar relacionadas con cualquier cosa, desde la contabilidad de doble asiento hasta la rotación de los cultivos.

Tim HARFORD, La lógica oculta de la vida, Temas de Hoy, Barcelona, 2008.

martes, 24 de enero de 2012

GARCÍA MÁRQUEZ: Mutis



Lo que más aprecié desde siempre es su generosidad de maestro de escuela, con una vocación feroz que nunca pudo ejercer por el maldito vicio del billar. Ningún escritor que yo conozca se ocupa tanto como él de los otros, y en especial de los más jóvenes. Los instiga a la poesía contra la voluntad de sus padres, los pervierte con libros secretos, los hipnotiza con su labia florida y los echa a rodar por el mundo, convencidos de que es posible ser poeta sin morir en el intento. Nadie se ha beneficiado más que yo de esa escasa virtud. Ya conté alguna vez que fue Álvaro quien me llevó mi primer ejemplar de Pedro Páramo y me dijo: "Ahí tiene, para que aprenda". Nunca se imaginó en la que se había metido. Pues con la lectura de Juan Rulfo aprendí no sólo a escribir de otro modo, sino a tener siempre listo un cuento distinto para no contar el que estoy escribiendo. Mi víctima absoluta de ese sistema salvador ha sido Álvaro Mutis desde que escribí Cien años de soledad. Casi todas las noches fue a mi casa durante 18 meses para que le contara los capítulos terminados, y de ese modo captaba sus reacciones aunque no fuera el mismo cuento. El los escuchaba con tanto entusiasmo que seguía repitiéndolos por todas partes, corregidos y aumentados por él. Sus amigos me los contaban después tal como Álvaro se los contaba, y muchas veces me apropié de sus aportes. Terminado el primer borrador se lo mandé a su casa. Al día siguiente me llamó indignado: "Usted me ha hecho quedar como un perro con mis amigos", me gritó. "Esta vaina no tiene nada que ver con lo que me había contado". Desde entonces ha sido el primer lector de mis originales. Sus juicios son tan crudos, pero también tan razonados, que por lo menos tres cuentos míos murieron en el cajón de la basura porque él tenía razón contra ellos. Yo mismo no podría decir qué tanto hay de él en casi todos mis libros, pero hay mucho.

VALADÉS: La soledad


El día ha sido como un cheque sin fondos. Hemos caminado de prisa y de pronto nos detiene una duda: ¿dónde vamos? Resulta que no lo sabemos. Suponemos que el mundo es demasiado grande y que no lo habita nadie. Algo así como si todos sus habitantes se hubieran ido a pasear a otro planeta. La soledad nos sobrecoge de improviso. Y con ella, el deseo punzante de hacer algo indefinible, desde tomar una taza de café hasta realizar una hazaña heroica. Y no es ni lo uno ni lo otro. Buscamos dentro de nosotros mismos, nos interrogamos: ¿qué será? No se atina con la respuesta. Contempla uno la vida y la compara a una botica, en la que hay de todo. Sin embargo, no tenemos la receta. No puede saberse la medicina. Es el vacío.

Esa noche, Epigmenio no tenía la receta. Era uno de esos días en que los pequeños y apurados planes que hace cualquiera para tener una meta inmediata a la que asirse, para salvarse del vacío, le habían fallado. La muchacha que pretendía enamorar había faltado a la cita. Por esperarla, se pasó la hora de ir al cine a ver una película del Indio Fernández. En el café, la tertulia de amigos se había disuelto. Así como las grandes calamidades se desatan simultáneamente, esas minúsculas que cercan a los hombres a determinada hora y hacen también su daño, se habían desatado contra Epigmenio. En ese momento, se sentía el único habitante sobre la tierra.

Edmundo VALADÉS, La muerte tiene permiso, Fondo de Cultura Económica, México,
1985.

lunes, 23 de enero de 2012

GARCÍA MÁRQUEZ: El drama del desencantado


...el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.

Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ, El drama del desencantado.

CHRISTIE: La devastación física de Poirot


¡Pobre amigo mío! Lo he descrito muchas veces. Ahora, es el lector quien puede apreciar las diferencias existentes con otras descripciones anteriores... La artritis le había obligado a acomodarse en una silla de ruedas, de la cual tenía que valerse para ir de un sitio para otro. Su cuerpo, en otro tiempo relleno, parecía haberse vaciado en parte. Era un hombre pequeño y delgado, ahora. Tenía el rostro cubierto de arrugas. Sus cabellos y su bigote seguían siendo negros, es verdad, de un negro intenso, pero esto constituía un error por su parte, si bien yo no se lo hubiera dicho jamás, por temor a herir sus sentimientos. En las personas, llega un momento en que el tinte se hace demasiado evidente. Había habido un momento en que me sentí sorprendido, años atrás, al descubrir que el negror de los cabellos y el bigote de Poirot procedían de una botella, de un frasco del renglón de la cosmética. Ahora, la falsedad saltaba a la vista, llegando a causar la impresión de que utilizaba una peluca, haciendo pensar además que se había adornado el labio superior con un poco de vello para que se divirtieran los chicos que tuvieran ocasión de verle.

Agatha CHRISTIE, Telón, Molino, Barcelona, 2000.

domingo, 22 de enero de 2012

ROPERO: Avance científico


–¡General Kamel! Tiene tres días para finalizar el proyecto -le dijo el presidente-. De lo contrario no sólo perderá el control de este laboratorio, sino que haré que le destinen a... Ya sabe –añadió.

–En... entendido –respondió un preocupado Kamel. No merecía la pena discutir con el presidente.

Cuando se apagó la pantalla, Kamel permaneció un rato pensativo.

-¡Que avisen a los científicos! -gritó a su asistente.

Estos llegaron al poco rato. Sus rostros mostraban el cansancio acumulado de varios meses. Kamel les observó durante un rato.

–Pasen a la fase C. De manera inmediata.

–Si nos saltamos la fase B, que es la de autodestrucción, nada podrá detenerlo una vez activado. Supondría un gran peligro –dijo uno de los científicos.

Aquel tipo le caía simpático. El general sacó su arma, le apuntó a la cabeza y le disparó en la frente.

–¿Alguna otra objeción? –preguntó.

–¡No, señor! Empezaremos la fase C de inmediato –dijo temblando de miedo el otro jefe científico.

Óscar David ROPERO, El juego de los dioses.

SEBALD: El doctor Rambousek


El doctor Rambousek había venido a Wertach, no mucho después del final de la guerra, de una ciudad morava, creo que de Nikolsburg, en compañía de su pálida mujer y sus dos hijas adolescentes, Felicia y Amalia, lo que para él, y no me-nos para sus mujeres, supondría probablemente un destierro en el fin del mundo. No era extraño que aquel hombre pequeño, corpulento, siempre arreglado al estilo de la gran ciudad, fuese incapaz de establecerse en Wertach. Los rasgos de su rostro, velados, que parecían extranjeros y que con mucho como mejor se podían designar era con la palabra levantino, los párpados siempre hundidos a la mitad de sus grandes ojos oscuros, y todo su porte, que de algún modo reflejaba distanciamiento, dejaban pocas dudas de que era un ser desconsolado por naturaleza. Por lo que yo sé, el doctor Rambousek, en todos los años que pasó en Wertach, no logró trabar amistad con una sola persona.

W.G. SEBALD, Vértigo, Debate, Madrid, 2001.

sábado, 21 de enero de 2012

HARFORD: Manhattan, utópica comunidad ecologista


Las ciudades, ciertamente, producen más contaminación por cada kilómetro cuadrado. Sin embargo, si la medimos por persona, la cosa cambia. Los residentes de Manhattan van andando a comprar a la tienda de ultramarinos; viven en pisos muy pequeños y tienen poco espacio para amontonar cosas; utilizan el transporte público mucho más que otros estadounidenses; consumen gasolina al pequeñísimo nivel que el resto del país lo hacía antes de la Gran Depresión; y se desplazan por innumerables viviendas y oficinas a través del medio de transporte masivo de mayor eficiencia energética: el ascensor. Encuentra a ocho millones de estadounidenses que vivan en el campo e intenta que quepan en Nueva York con todas sus pertenencias: las salas de juegos, los cobertizos, los coches todoterreno y los muebles de jardín formarían una pila mucho más alta que el Empire State. El periodista David Owen confesó que cuando se mudó de Nueva York a una ciudad pequeña, su recibo de la luz aumentó casi diez veces —incluso sin tener aire acondicionado— y pasó de no tener coche a poseer tres. Esta fue su memorable conclusión: Manhattan es "una utópica comunidad ecologista".

Tim HARFORD, La lógica oculta de la vida, Temas de Hoy, Barcelona, 2008.

viernes, 20 de enero de 2012

BELDA VAGUER: La única posibilidad, saldos lamentables



Cierran el acceso a la música, dejándonos, al menos en España, con la única posibilidad de los saldos lamentables de las grandes superficies, con estanterías vacías de calidad y con las típicas recopilaciones comerciales de tres al cuarto.

Sentidos

STENDHAL: Qui veut la fin, veut les moyens



Quien quiere el fin, quiere los medios.

STENDHAL, Rojo y negro.