Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."

lunes, 27 de agosto de 2012

R.S.: El Borbón bobo


No, no voy a hablar de ese rey de Francia que consiguió expulsar a los ingleses. El Carlos VII del que me voy a ocupar esta mañana es más insignificante.

Desde que Isabel II había sido expulsada de España, los carlistas se preparaban: los contrabandistas recorrían incansables la muga, se escondían armas en los sótanos y en los sobrados, se afilaban las espadas, se preparaban los uniformes y las rojas chapelas. Circulaban esperanzadores rumores de que el rey, que nunca había pisado España, cruzaría pronto la frontera. En Madrid había un monarca extranjero, italiano, ridículo: nadie le hacía caso.

Los carlistas estaban orgullosos de sus ideas: Dios y leyes viejas, catolicismo y fueros. Por fin todo volvería a como estaba antes de la invasión francesa de 1808, que tantos males trajo: la pérdida de la España de ultramar, el liberalismo, el positivismo. Los curas agitaban el Syllabus (el Syllabus complectens praecipuos nostrae aetatis errores, para ser más precisos) y daban gritos a favor de Carlos VII, el rey legítimo

En abril de 1872, por fin, estalló la guerra. El 2 de mayo, aniversario del glorioso alzamiento del pueblo madrileño, Carlos María de Borbón y de Habsburgo-Lorena-Este entró en el pueblucho de Vera de Bidasoa, cuyos habitantes le vitorearon extasiados. La gente se acercaba, le besaba la mano. Pronto notaron algo extraño en él. Sucedió lo que decía Gracián: "Nunca lo verdadero pudo alcanzar a lo imaginado". Hasta entonces, sólo le conocían los pocos fieles que le habían tratado en el exilio austriaco, en Suiza. Los vasco-navarros creyeron que su rey estaba almidonado. Cuando le escucharon, se dieron cuenta de que… ¡no hablaba castellano! Poco a poco, llegaron a otra conclusión más terrible: era de un ingenuo total, era tonto. En la corte de Estella comenzaron a llamarle, por supuesto a sus espaldas, el rey Bobo. Algún cortesano recordó entonces que el reyezuelo de Fernando Poo, Sepaoko, vivía encerrado en casa, lejos de las miradas de los bubis y de los españoles. Quizá hubieran debido hacer eso con su rey.



Carlos VII era ajeno a todo esto, estaba entusiasmado organizando el Estado: moneda, Código Penal, Tribunal Supremo, Aduanas, servicio de correos, la Universidad de Oñate. Comenzó a conceder títulos nobiliarios; hasta 102 había otorgado al final de su reinado (por sólo cinco de su padre).

Durante el caos republicano, los carlistas vencieron en varias escaramuzas, revitalizantes. Se puso sitio a Bilbao, pero no hubo forma de tomar la ciudad. La llegada al trono de Alfonso XIII y el gobierno conservador de Cánovas hicieron que el carlismo se desmoronara: comenzó la deshecha.

El pretendiente no se desanimó. Los españoles habían sido demasiado ingratos, pero él seguía siendo un Borbón. Después de la muerte del conde de Chambord, Carlos María decidió reclamar el trono de Francia, del que era legítimo heredero.

Carlos VII de España, XI de Francia y VI de Navarra murió como había vivido, en el exilio. Quedó su testamento: "Mantened intacta vuestra Fe y el culto a nuestras Tradiciones y el amor a nuestra Bandera. Mi hijo Jaime, o el que en Derecho, y sabiendo lo que ese Derecho significa y exige, me suceda, continuará mi obra. Y aun así, si, apuradas todas las amarguras, la Dinastía legítima que nos ha servido de faro providencial estuviera llamada a extinguirse, la Dinastía de mis admirables carlistas, los españoles por excelencia, no se extinguir jamás. Vosotros podáis salvar a la Patria como la salvasteis, con el Rey a la cabeza, de las hordas mahometanas, y huérfanos de monarca, de las legiones napoleónicas. Antepasados de los voluntarios de Alpens y de Lácar eran los que vencieron en Las Navas y en Bailén. Unos y otros llevaban la misma Fe en el alma y el mismo grito de guerra en los labios".

Sus sucesores llevaron al carlismo por caminos insospechados. Jaime III mostró sus simpatías por el socialismo y en la Gran Guerra apoyó a Francia: las autoridades austro-húngaras, que le habían acogido, cometieron la ingratitud de internarle en prisión.



Alfonso Carlos I, hermano de Carlos VII, trató de restaurar el carlismo. En 1932 organizó la Comunión Tradicionalista. Apoyó la conspiración contra la República y oportunamente murió en septiembre de 1936. Franco se colocó una boina roja y decidió que él sería el jefe del carlismo a partir de ese momento.

A la muerte de Alfonso Carlos I, de acuerdo con la ley sálica que había iniciado todo el alboroto, los derechos al trono español recaían en Alfonso de Borbón y de Habsburgo-Lorena. Este personaje ya había ocupado ilegítimamente el trono español como Alfonso XIII y en abril de 1931 había renunciado a la corona; “no tengo el amor de mi pueblo”, dijo antes de abandonar el país.




Vascos y navarros no están del todo descontentos con el resultado de las guerras civiles: han conseguido mantener privilegios medievales en la Europa del siglo XXI. El resto de los españoles han obtenido bien poco del conflicto carlista: un artículo hilarante de Larra, un himno con música liberal y letra carlista (el Oriamendi), las novelas de Galdós, Unamuno, Valle-Inclán, Baroja y Perucho, los magníficos y sugestivos óleos de Augusto Ferrer Dalmau.




www.reyes-holgazanes.me

viernes, 24 de agosto de 2012

BAROJA: Magnitogorsk


Para realizar el orden social comunista puro se ha fundado una ciudad llamada Magnitogorsk (la ciudad-imán). Esta ciudad pasa por ser el ideal de las concepciones soviéticas. Está bajo el protectorado del Comisario de Cultos, cosa un tanto paradójica, porque las religiones están absolutamente proscritas en ella y no parece que haya cultos. No son aceptados en la ciudad más que los hombres y las mujeres que se han comprometido a vivir bajo los principios del colectivismo comunista más rígido. El pueblo cuenta ya con cincuenta mil almas, dicho sin ofender a nadie, porque esto de almas debe sonar allí mal.

Las casas no tienen habitaciones familiares, sino salas para la vida colectiva, dormitorios comunes, cuartos de baño comunes, cocinas comunes, y no se llega a las camas comunes, pero quizá se llegue dentro de poco. A mí, como viejo individualista, todo esto me parece bastante baladí. Está en contra de la naturaleza del hombre. Cuando se construye un hotel pobre o rico en Inglaterra o en Marruecos, en el Norte o en el Sur, no se ponen los cuartos separados e individuales y el comedor y el salón colectivos por un capricho,sino porque este es el gusto general. Solamente cuando hay una necesidad perentoria —la guerra, la miseria, la epidemia— se llega a aceptar el dormitorio común. A la persona que está sana le agrada comer, tomar café, leer los periódicos, ver una función de teatro entre gente; en cambio, no le agrada acostarse cerca de otros. Esto le da la impresión de cuartel, de hospital, de cosa triste y lamentable. Probablemente a nadie le gustaría, aunque tuviera medios para ello, ver una función de teatro solo, porque el público forma parte del espectáculo. En cambio, muy poca gente iría a acostarse aun dormitorio común si pudiera ir a otro particular. Al hombre, aun al más despreocupado y cínico, no le parece bien presentarse en estado denaturaleza ante los demás. A la mujer, menos. No se muestra un eczema o un lobanillo como una flor; ni se exhibe un parche poroso o un braguero como el Toisón de oro.

En la nueva ciudad rusa, en la ciudad-imán, no existe la familia. Las palabras padre, madre, hijo,hija, hermano y hermana están prohibidas. Como consecuencia natural, el incesto se permite. Los hijos se llevan a establecimientos comunistas de educación hasta los dieciséis años, en que, sin duda, ya pueden comenzar a padrear. Esto, que los fundadores de la ciudad-imán han creído, sin duda, muy moderno, es muy antiguo;es la vida del clan primitivo. Es también el régimen de los indios del Paraguay, establecido por los jesuitas. En la ciudad-imán, en vez de tocar la campana para marcar las faenas del día el reverendo padre o el fámulo jesuítico, la tocará un judío discípulo de Karl Marx.


Pío BAROJA, Comunistas, judíos y demás ralea, Ediciones Reconquista, Valladolid, 1939.

jueves, 23 de agosto de 2012

BAROJA: La familia va decayendo



Algunos suponen que la palabra latina familia, viene del osco fama, 'casa'.

La familia va decayendo en todas partes por muchas causas. Los motivos principales son varios, unos de carácter natural y otros social.

El primero de carácter natural o biológico es que no hay armonía entre dos personas aunque sean hombre y mujer más que cuando uno se sacrifica o sacrifica al otro. Así, a medida que aumentan la personalidad y el carácter de los cónyuges, aumentan los motivos de disensión. Para este efecto lo mismo da que la personalidad sea en bien o en mal.

Los motivos sociales que hacen decaer a la familia están en la extinción del mayorazgo, en el aumento de la cultura de la mujer, en la movilidad de la familia que le hace perder la moral localista del grupo, en la dificultad mayor cada vez de tener criados, en el divorcio, en el éxodo a las ciudades y en la insuficiencia de la ganancia del hombre que inclina a trabajar a la mujer.

Así se nota actualmente en los pueblos industriales, en donde el hombre y la mujer trabajan en fábricas y en comercios, que casi no hay familia.

Hoy la familia lleva camino de descomponerse. Se ve este cuarto de ciudad grande e industrial con su aparato de calefacción. Por el día en la casa no ha habido nadie. Llegan el hombre y la mujer de la oficina o del taller, ponen un mantel de papel sobre la mesa, sacan unas latas, echan el contenido en el plato, comen.


Pío BAROJA, Desde el exilio, Caro Raggio, Madrid, 1999.

miércoles, 22 de agosto de 2012

MÁRAI: El revisor

En un relato de Kosztolányi, el revisor búlgaro de un expreso que avanza en medio de la oscuridad de la noche cuenta, en el pasillo del tren, la tragedia de su vida a un viajero extranjero —en búlgaro, o sea, en un idioma que éste no comprende en absoluto—, y luego el revisor y el viajero que lo escucha terminan uniéndose en un abrazo fraternal, lleno de comprensión.


Sándor MÁRAI, ¡Tierra, tierra!, Salamandra, Barcelona, 2006.

BAROJA: Tratar a la gente como una manada


En un centro estudiantil parisiense que frecuentábamos, había entre las estudiantes una que se iba a doctorar en derecho y que tenía gran tipo y gran prestancia. Era, al parecer, de las colonias. Vestía muy bien y se mostraba muy seria y muy entonada. Uno de los jóvenes con quien solíamos hablar con frecuencia, amable e inteligente, comenzó a galantear a la belleza colonial a la alta escuela, pero notamos que no tenía el
menor éxito.

Meses después se presentó otro tipo medio aventurero, que era un perfecto estúpido, y lo vimos acompañando a la belleza colonial. A los cuatro o cinco días la agarraba del brazo, le registraba el bolso, le tiraba migas de pan a la cara, y ella se reía, encantada de su estupidez y de su atrevimiento.

-¿Qué se había creído ese tonto? -debía de pensar mirando a su antiguo adorador-; ¿que yo soy alguna diosa o alguna dama sabia? No, yo soy como la hija de la portera.

Esto han descubierto comunistas y fascistas, el que hay que tratar a la gente como a una manada: a los hombres como a reclutas, gañanes, mozos de café o mancebos de peluquería; a las mujeres, como a cupletistas, criadas y vendedoras de periódicos. Es cierto que en la mayoría de los casos este pensamiento es verdad, pero el acierto es perjudicial y quita al mundo como un modelo al que se quiere llegar y que sirve.


Pío BAROJA, Desde el exilio, Caro Raggio, Madrid, 1999.

martes, 21 de agosto de 2012

VAIN: Olympic ruins

















Athens, the city with the world's most famous ruined monument. There are new relics: many of the venues used for 2004 Olympics are now derelict, as ravaged as the troubled country.

http://romantic-ruins.blogspot.com

BUÑUEL: Cumple con tu deber

La más bella de estas historias, a la que encuentro una dimensión rara, me fue contada por el pintor Siqueiros. Presenta, hacia el final de la revolución, a dos oficiales que son viejos amigos, que han estudiado juntos en la Academia Militar, pero que han combatido en bandos opuestos (los de Obregón y Villa, por ejemplo). Uno es prisionero del otro y debe ser fusilado por él. (Solamente se fusilaba a los oficiales, y se indultaba a los simples soldados, si consentían en gritar "viva", seguido del nombre del general vencedor.)

Al anochecer, el oficial vencedor hace salir de su celda al prisionero y le invita a beber en su mesa. Los dos hombres se abrazan y se sientan uno frente a otro. Están abatidos. Hablan, con voz temblorosa, de sus recuerdos de juventud, de su amistad y del implacable destino que obliga a uno a convertirse en verdugo del otro.

—¿Quién hubiera dicho que un día tendría yo que fusilarte? —comenta uno.

—Cumple con tu deber —le responde el otro—. No tienes más remedio.

Siguen bebiendo, acaban embriagándose y, al final, dominado por el horror de la situación, el prisionero dice a su amigo:

—Escucha, amigo: concédeme un último favor. Preferiría que me matases tú mismo.

Entonces, con lágrimas en los ojos, sin levantarse de la mesa, el oficial vencedor saca su revólver y cumple el deseo de su viejo camarada.


Luis BUÑUEL, Jean-Claude CARRIÈRE, Mi último suspiro, Debolsillo, Barcelona, 2008.

BAROJA: Catalina y Zalacaín


Catalina no fue inflexible. Pocos días después, Martín recibió una carta de su hermana. Decía la Ignacia que Catalina estaba en su casa, en Zaro, desde hacía algunos días. Al principio no había querido oír hablar de Martín, pero ahora le perdonaba y le esperaba.

Martín y Bautista se presentaron en Zaro inmediatamente, y los novios se reconciliaron.


Pío BAROJA, Zalacaín el aventurero, Austral, Madrid, 1967.

lunes, 20 de agosto de 2012

ROMERO: El taladro


Otra vez ese ruido: el taladro, el maldito taladro. Miro la hora. ¿Quién puede estar haciendo agujeros a las doce de la noche de un sábado?


Ideal, lunes 20 de agosto de 2012.

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MÁRAI: El trabajo físico no era tarea mía

Una mañana de enero se presentó en mi casa un oficial, acompañado por dos soldados rusos armados, "en busca de varones para llevarlos a trabajar". Yo no tenía idea de lo que pretendía en realidad, así que le respondí con calma que yo no iría a trabajar porque el trabajo físico no era tarea mía. No intenté protegerme, no le dije que estaba enfermo ni traté de dar explicaciones, simplemente le dije que no haría, bajo ningún concepto, trabajo físico alguno. Estábamos de pie en medio de la habitación, los tres rusos y yo, mirándonos. Quizá me ayudó precisamente eso: si hubiese lloriqueado, si me hubiese escondido, si hubiese tratado de despertar lástima, probablemente me habrían arrestado... Sin embargo, aquel oficial —un hombre de mirada penetrante, antipático, con cara de perrero— se limitó a observarme largo rato. Se fueron sin añadir nada.

Yo no entendía lo que acababa de suceder... Unas horas más tarde me enteré de que la misma patrulla había cogido a todos los varones sanos del pueblo: se llevaron a una parte de ellos a trabajar en la construcción de un puente provisional cercano, y al resto a campos de retención rumanos, de donde fueron a parar a la Unión Soviética. Sé de uno de ellos que volvió tres años más tarde, pero también sé de otros que siguen todavía en el mismo lugar, si es que aún viven. Cuando me enteré de todo ello, me acordé de aquella escena tan peculiar.


Sándor MÁRAI, ¡Tierra, tierra!, Salamandra, Barcelona, 2006.

BAROJA: La colectivización en España



Yo no he estudiado teorías comunistas, es cosa que no me interesa, pero he hablado con labradores españoles acerca de la socialización de la tierra, uno de los principales dogmas comunistas, y he visto que no la consideran para ellos perjudicial, sino como una medida imposible de llevar a la práctica por lo cara.

Hace unos meses hablaba con un labrador de un pueblo de la montaña de Navarra. Era hombre todavía joven, propietario de un hermoso caserío con maizales, prados, manzanal y helechales en el monte. Este hombre no había estudiado más que las primeras letras, pero era inteligente y despierto. Le habían nombrado concejal.

—Si viniera un cambio en el régimen de propiedad y les convirtieran a los labradores en obreros, ¿lo aceptarían ustedes? —le pregunté.

—No sé en qué consistiría eso.

—¿Cuántos trabajan ustedes en casa?

—Pues todos: mi mujer, mi suegro, mi hijo mozo, uno más pequeño y yo.

—¿Y todos trabajan con el mayor esfuerzo?

—Todos.

—¿Qué jornal pagan en el pueblo a un oficial de albañil o de carpintero?

—Unas ocho pesetas lo menos; al peón se le paga cinco y al aprendiz, dos o tres.

—Bueno. Pues figúrese usted que a usted le pagaran ocho pesetas, a su suegro cinco, al hijo mayor otras cinco, a la mujer tres y al pequeño dos. Serían veintitrés pesetas de jornal al día y ocho horas de trabajo. ¿Lo aceptarían ustedes?

—¡No lo íbamos a aceptar!

—¿No ganan ustedes ahora tanto?

—No ¡Ca!

—¿El caserío y los campos son suyos?

—Sí.

—¿Qué representarán de capital?

—Hoy no lo daría nadie, pero yo me figuro que se podrían tasar en siete mil duros, treinta y cinco mil pesetas.

—¿Cuánto rentan?

—El capital en tierras lo más que renta aquí es el dos o el dos y medio por ciento al año.

—Así, su finca, como máximun, rentaría ochocientas setenta y cinco pesetas.

—Ponga usted que cada dos años saquemos quinientas pesetas de manzana.

—Es decir, doscientas cincuenta al año que, unidas a la cifra anterior, son tres mil doscientas veinticinco pesetas anuales. Quitando los domingos, en que se supone que no trabajan, ganan ustedes, entre todos, cada día hábil diez pesetas. De la otra manera ganarían veintitrés, en dinero o su equivalente en vales, y en vez de trabajar doce, catorce o dieciséis horas al día, trabajarían ocho.

—Es evidente.

—¿Y usted cree que si el Ayuntamiento se apoderara de todas las propiedades del término municipal podría convertir a los campesinos en obreros pagándoles como tales?

—Imposible. Se arruinaría en menos de un año. Si nosotros, con un trabajo constante ya veces con jornadas de sol a sol, no le sacamos a nuestra tierra más que diez pesetas al día, ¿cómo le iba a sacar el Ayuntamiento con ocho horas veintitrés pesetas, por lo menos, para pagarnos a nosotros? Aun suponiendo que nosotros trabajáramos con el mismo ahínco que ahora.

—¿Y no se podría hacer un trabajo más intenso o más sabio?

—No creo. Aquí empleamos las mismas máquinas que usan en los caseríos en Francia; usamos abono y sacamos a la tierra tres y cuatro cosechas al año.

—¿Tampoco se podría hacer un trabajo colectivo?

Tampoco. Las tierras están muy esparcidas.

Este hombre, en una posición de propietario privilegiado, que gana el producto íntegro de su trabajo, considera más beneficioso el jornal corriente, pero supone que no habría Ayuntamiento que pudiera realizar sin arruinarse la socialización de la tierra. Claro que sería posible dar jornales más pequeños, pero entonces la transformación no tenía ventaja ninguna. Supongo que en casi toda la zona del Norte de España pasará lo mismo que en el país vasco. En esos países lo revolucionario sería dar el caserío al que vive en él.

La misma pregunta que al campesino vasco-navarro, le hacía hace unos meses a un labrador castellano, de tierra de Burgos, propietario de heredades. Se quejaba de la inseguridad de la vida, dela falta de lluvia, de los pedriscos, de la tasa del trigo.

—¿Usted dejaría sus tierras al Municipio para que se encargara de ellas a condición de que a sus hijos ya usted les dieran un jornal seguro por trabajar ocho horas al día? —le pregunté.

—Hombre, eso sería Jauja —me dice él—. La agricultura es cosa muy mala; por eso, todo el mundo que puede se va a las ciudades. Casi todos los que tienen oficios rurales creen que si en vez del producto del trabajo les dieran un jornal seguro, como a los demás obreros, saldrían ganando, pero nadie supone que esto podría ser un buen negocio para el Estado o para el Municipio.

Lo extraño es que en Andalucía y en Extremadura, países de tierras fértiles, pasa algo parecido, y se oye decir a los trabajadores del campo:

—No queremos tierras, sino jornales.

Convertir en obreros a los campesinos, asignándoles un jornal suficiente para vivir medianamente me parece imposible en España. No creo que el país dé para tanto más que en algunas pequeñas zonas, como la huerta de Valencia, la de Murcia y en algunas minas, fábricas y electras.


Pío BAROJA, Comunistas, judíos y demás ralea, Ediciones Reconquista, Valladolid, 1939.

viernes, 17 de agosto de 2012

BAROJA: Cada cual que robe lo que pueda



Cada cual que conserve lo que tenga y que robe lo que pueda.


Pío BAROJA, Zalacaín el aventurero, Austral, Madrid, 1967.

VERNE: África ofrecerá los tesoros acumulados en su seno


-¿Quién sabe replicó el doctor si no se convertirá algún día esta comarca en el centro de la civilización? Tal vez se establezcan aquí los pueblos del futuro, cuando, extenuadas, las regiones de Europa no puedan ya nutrir a sus habitantes.

-¿Tú crees? -preguntó Kennedy.

-Sin duda, mi querido Dick. Observa la marcha de los acontecimientos; considera las migraciones sucesivas de los pueblos y llegarás a la misma conclusion que yo. ¿No es verdad que Asia es la primera nodriza del mundo? Por espacio tal vez de cuatro mil años, trabaja, es fecundada, produce, y después, cuando no se ven más que piedras donde antes brotaban las doradas mieses de Homero, sus hijos abandonan aquel seno agotado y marchito. Entonces se dirigen a Europa, joven y vigorosa, que los está alimentando desde hace ya dos mil años. Pero su fertilidad se agota; sus facultades productoras disminuyen de día en día; esas enfermedades nuevas que atacan cada año los productos de la tierra, esas malas cosechas, esos recursos insuficientes, todo ello es indicio cierto de una vitalidad que se altera, de una extenuación próxima. Así es que ya vemos a los pueblos precipitarse a los turgentes pechos de América, como a un manantial que no es inagotable, pero que aún no está agotado. A su vez, el nuevo continente se hará viejo: sus bosques vírgenes desaparecerán bajo el hacha de la industria; su suelo se debilitará por haber producido en exceso lo que en exceso se le ha pedido; allí donde anualmente se recogían dos cosechas, apenas saldrá una de esas tierras al límite de sus fuerzas. Entonces África ofrecerá a las nuevas razas los tesoros acumulados por espacio de siglos en su seno. Estos climas fatales para los extranjeros se sanearán por medio de la desecación y las canalizaciones, que reunirán en un lecho común las aguas dispersas para formar una arteria navegable. Y este país sobre el cual planeamos, más fértil, más rico, más lleno de vida que los otros, se convertira en un gran reino donde se producirán descubrimientos más asombrosos aún que el vapor y la electricidad.

-¡Ah, señor! -exclamó Joe-. Quisiera ver todo eso.

-Te has levantado demasiado temprano, muchacho.

-Además -dijo Kennedy-, tal vez sea una epoca muy desdichada aquella en la que la industria lo absorba todo en su provecho. A fuerza de inventar máquinas, los hombres acabarán devorados por ellas. Yo siempre he imaginado que el último día del mundo será aquel en que alguna inmensa caldera calentada a miles de millones de atmósferas haga estallar nuestro planeta.


Julio VERNE, Cinco semanas en globo, Esplandián Editores, Madrid, 1999.

jueves, 16 de agosto de 2012

BAROJA: Ignacio de Loyola, comedor de caracoles


El hombre pequeño, moreno, seco, que abunda más en Navarra que en el país vasco, podría ser el capsiense; este capsiense, pariente del ibero o berberisco, es un producto africano que vino por Almería (El Algar), que trajo la civilización del cobre, que cruzó España por el lado este y subió por Francia hasta el norte de Europa. Era una raza violenta y apasionada que se caracterizaba en gran parte por ser comedores de caracoles. Se puede seguir todavía el rastro de los capsienses, por la afición o no afición que hay a comer caracoles. En el país vasco no hay afición por ello; donde la hay, ha habido, sin duda, una infiltración de los capsienses.

La raza capsiense era una variante de la del Mediterráneo como la de los ligures, iberos, judíos, fenicios, árabes, etc.

San Ignacio, por su aspecto físico y por su aspecto moral, era de la raza de los capsienses.


Pío BAROJA, Desde el exilio, Caro Raggio, Madrid, 1999.

RODRÍGUEZ ZAPATERO: Otra dimensión de lo real



El lector que tiene en sus manos Ficciones es una persona en la frontera, un ser humano que está a punto de abandonar el mundo seguro y confortable del que está hecha la vida cotidiana para adentrarse en un territorio absolutamente nuevo. Borges descubre en su obra, o quizás inventa, otra dimensión de lo real. Con seguridad el título, que nos sugiere la idea de mundos imaginados y puramente ilusorios, es sólo una sutil ironía del autor, una más, que nos señala lo terrible y maravillosamente real de sus argumentos. Después de leer a Borges el mundo real multiplica sus dimensiones y el lector, como un viajero romántico, vuelve más sabio, más pleno, o lo que es lo mismo, ya nunca vuelve del todo. Ficciones es una de las más esenciales e inolvidables obras de Borges. En ella se resumen los principales temas, los intereses intelectuales más queridos del autor. En todas las historias de este libro el tiempo es, de un modo u otro, un personaje central.

También lo es la literatura, los libros. Libros en los que está escrito el destino de los hombres y que por eso son a la par tan necesarios como inútiles. También el destino es una preocupación borgiana, un destino que no es más que el reconocimiento de que nuestros afanes e inquietudes, que aquello que nos parece incierto, que sólo es un deseo o un temor, tiene otra cara, una cara cierta, cerrada. Lo que en el anverso es azar, en el reverso es necesidad. Quizás, entre las cosas admirables de Borges, la que más me impresiona es su extraña mezcla de pasión y escepticismo, esa mezcla de la que en distinta proporción y cantidad estarnos hechos los seres humanos, pero que en el caso de nuestro autor se dan en un equilibrio y abundancia cuya mejor prueba es su obra.


Jorge Luis BORGES, Ficciones, Biblioteca El Mundo, Madrid, 2001.

miércoles, 15 de agosto de 2012

S.T.T.L. Harry Harrison



Te diré lo que cambió. Llegó la medicina moderna. Todo podía curarse. La malaria fue erradicada, junto con todas las otras enfermedades que habían estado matando a gente joven y manteniendo bajo el nivel de la población. Llegó el control de la muerte. Los viejos vivían muchos más años. Se salvaban muchos niños que antes hubieran muerto. Pero el ritmo de procreación era el mismo, y continuaba siéndolo: por cada dos personas que mueren nacen tres. De modo que la población empezó a duplicarse... y sigue duplicándose a un ritmo cada vez más rápido. Padecemos una plaga de gente, una enfermedad de gente infestando el mundo. Tenemos más gente que vive más tiempo. Tiene que nacer menos gente, esa es la respuesta. Tenemos que contrarrestar el control de la muerte con el control de la natalidad.

Harry HARRISON, Hagan sitio, hagan sitio, Acervo, Barcelona, 1976.

BAROJA: Buena suerte


Hay hombres para quienes la vida es de una facilidad extraordinaria. Son algo así como una esfera que rueda por un plano inclinado, sin tropiezo, sin dificultad alguna.

¿Es talento, es instinto o es suerte? Los propios interesados aseguran ser instinto o talento, sus enemigos dicen casualidad, suerte, y esto es más probable que lo otro, porque hay hombres excelentemente dispuestos para la vida, inteligentes, enérgicos, fuertes y que sin embargo, no hacen más que detenerse y tropezar en todo.

Un proverbio vasco dice: "El buen valor asusta a la mala suerte". Y esto es verdad a veces... cuando se tiene buena suerte.


Pío BAROJA, Zalacaín el aventurero, Austral, Madrid, 1967.

RAMÓN: El veredicto de Paloma Zorrilla


Paloma Zorrilla ha emitido un veredicto. Riguroso, implacable. El público empieza a aplaudir. Yo me quedo paralizado, ni siquiera me doy cuenta de que la presentadora, después de largar un comentario estúpido, nos ha despedido: el programa ha acabado. Mi oponente se acerca con una sonrisa de satisfacción y me dice algo, que no logro escuchar. Los que han asistido al juicio se le acercan, comienzan a darle palmadas en la espalda, a felicitarle. Se aleja rodeado de gente, triunfante, como un torero que hubiera cortado dos orejas en Las Ventas.

Permanezco agarrotado durante unos instantes. Hasta que se aproxima uno de los que más han vociferado contra mí, de los que más vehementemente han defendido a mi oponente. Está tan cerca que percibo el extraño olor sulfúreo que emana de él.

-Estaba contigo –me susurra-, pero hoy me tocaba apoyar al otro.

Le miro aturdido, no le respondo.

Poco a poco, el plató se queda vacío, en silencio. Apagan los focos, ya sólo queda una luz débil al fondo. ¿Se han olvidado de mí? No, sé que los ejecutores esperan fuera.

Pasa el tiempo y sigo dándole vueltas a la cabeza: la acumulación de errores, el fracaso. No puedo moverme. El veredicto de Paloma Zorrilla ha sido riguroso, implacable.


Francisco RAMÓN, El veredicto de Paloma Zorrilla.

BAROJA: Noruega y Rusia


En Europa hay países que realizan el progreso de una manera más noble, más liberal y más humana que Rusia, por ejemplo, los pueblos escandinavos.

Dinamarca y Noruega no tienen apenas Ejército, ni Marina de guerra, ni aristocracia. En Noruega, la propiedad territorial está limitada. No se puede tener más que una finca con veinte trabajadores como máximum. Allí se acabó el latifundio. La enseñanza es gratuita desde las primeras letras hasta la universitaria. Las bibliotecas envían los libros que les piden, a donde sea, dentro del país, gratis. En los dos países se entra y se sale sin dar explicaciones a nadie. No se nota allí la Policía y hay un gran respeto mutuo dentro de la libertad.

En Rusia es todo lo contrario. El Ejército es enorme; la Policía, terrible y amenazadora. No se permite salir a la gente del paraíso soviético; se persigue a tiros al que quiere escaparse, y cuando matan a un comunista del Gobierno, se fusilan setenta y seis hombres en represalias. Otros dicen que ciento dieciséis. Como compensación a esas inmundas carnicerías, hay fiestas de baile y otras cachupinadas dirigidas por el Estado. Yo pienso con más simpatía en esos pocos millones de escandinavos que no en los ciento setenta millones de rusos, que antes eran esclavos de un zar y ahora lo son de Stalin.


Pío BAROJA, Comunistas, judíos y demás ralea, Ediciones Reconquista, Valladolid, 1939.

martes, 14 de agosto de 2012

GARFIAS: Asturias



Asturias, si yo pudiera,
si yo supiera cantarte...
Asturias verde de montes
y negra de minerales.

Yo soy un hombre del Sur
polvo, sol, fatiga y hambre,
hambre de pan y horizontes...
¡Hambre!

Bajo la piel resecada
ríos sólidos de sangre
y el corazón asfixiado
sin venas para aliviarte.

Los ojos ciegos, los ojos
ciegos de tanto mirarte
sin verte, Asturias lejana,
hija de mi misma madre.

Dos veces, dos, has tenido
ocasion para jugarte
la vida en una partida,
y las dos te la jugaste.

¿Quién derribará ese árbol
de Asturias, ya sin ramaje,
desnudo, seco, clavado
con su raíz entrañable
que corre por toda España
crispándonos de coraje?

Mirad, obreros del mundo
su silueta recortarse
contra este cielo impasible
vertical, inquebrantable,
firme sobre roca firme,
herida viva de su carne.

Millones de puños gritan
su cólera por los aires,
millones de corazones
golpean contra sus cárceles.

Prepara tu salto último
lívida muerte cobarde
prepara tu último salto
que Asturias esta aguardándote
sola en mitad de la Tierra,
hija de mi misma madre.

Pedro GARFIAS, Asturias.

BUÑUEL: Quince días buscando un adjetivo


Conocí a ese poeta extraño y magnífico que se llamaba Pedro Garfias, un hombre que podía pasar quince días buscando un adjetivo.

Cuando lo veía, le preguntaba:

—¿Encontraste ya ese adjetivo?

—No; sigo buscando —contestaba él, alejándose pensativo.

Aún me acuerdo de memoria de una poesía suya titulada Peregrino, de su libro Bajo el ala del Sur:

Fluían horizontes de sus ojos,
Traía rumor de arenas en los dedos
Y un haz de sueños rotos
Sobre sus hombros trémulos.
La montaña y el mar, sus dos lebreles,
Le saltaban al paso
La montaña, asombrada, el mar, encabritado...


Garfias compartía una modesta habitación con su amigo Eugenio Montes en la calle Humilladero. Fui a verles una mañana, a eso de las once. Mientras charlaba, Garfias, con ademán indolente, se quitaba las chinches que se le paseaban por el pecho.

Durante la guerra civil publicó unas poesías patrióticas que ya no me gustan tanto. Emigró a Inglaterra sin saber ni una palabra de inglés y lo recogió en su casa un inglés que no sabía absolutamente nada de español. No obstante, parece ser que conversaban animadamente durante horas.

Después de la guerra vino a México, como tantos españoles republicanos. Hecho casi un mendigo, muy sucio, entraba en los cafés a leer en voz alta poesías. Murió en la miseria.


Luis BUÑUEL, Jean-Claude CARRIÈRE, Mi último suspiro, Debolsillo, Barcelona, 2008.

WINKLEMAN: Things I've learnt


So this is goodbye. For a bit. In the meantime I will leave you with the things I've learnt in the two years of writing this column.

1. Men are tricky.

2. Women can be trickier.

3. David Cameron isn't ready.

4. Victoria Beckham should smile a little bit more.

And 5. When all is said and done, it is never advisable to wear a beret. Even as a joke.

Claudia WINKLEMAN,This is goodbye. For a bit.

The Independent, miércoles 17 de septiembre de 2008.

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COPPOLA: Willard y Kurtz


Hablamos de cómo la película era un paralelismo de todo lo que Francis estaba viviendo este año. De cómo había sido Willard, al emprender su misión de hacer la película, y de cómo se había convertido en Kurtz por un tiempo.


Eleanor COPPOLA, Notas a Apocalypse Now. Diario de una filmación, Emecé, Buenos Aires, 2002.

lunes, 13 de agosto de 2012

RODRÍGUEZ ZAPATERO: Enfermo de Borges


Durante un tiempo, cuando era más joven, estuve enfermo de Borges; todavía no estoy seguro de haberme curado. Cuando uno enferma de Borges se pregunta por qué la gente sigue, seguimos, escribiendo. Todo está en Borges y él lo sabe.


Jorge Luis BORGES, Ficciones, Biblioteca El Mundo, Madrid, 2001.

S.T.T.L. Joe Kubert


domingo, 12 de agosto de 2012

CAPOTE: Yo misma me predispuse a que me gustaran los hombres maduros


Para que un hombre me excite tiene que haber cumplido los cuarenta y uno. Una amiga mía que es una idiota anda siempre diciéndome que tendría que ir a un loquero; dice que tengo complejo paterno. Lo cual me parece una merde. Lo único que pasa es que yo misma me predispuse a que me gustaran los hombres maduros, y ésa fue la decisión más inteligente de mi vida.


Truman CAPOTE, Desayuno en Tiffany's, Anagrama, Barcelona, 1990.

sábado, 11 de agosto de 2012

VERNE: Obesidad

Aquellos cortesanos eran personajes muy singulares. Llevaban la friolera de cinco o seis camisas de diferentes colores y tenían vientres enormes, algunos de los cuales parecían postizos. El doctor asombró a sus compañeros al decir que aquélla era su manera de halagar al sultán. La redondez del abdomen indicaba la ambición de la persona. Aquellos hombres gordos gesticulaban y gritaban, principalmente uno de ellos, que forzosamente había de ser primer ministro, si la obesidad encontraba su recompensa en la Tierra.


Julio VERNE, Cinco semanas en globo, Esplandián Editores, Madrid, 1999.

BUÑUEL: Detesto la proliferación de información

Detesto la proliferación de la información. La lectura de un periódico es la cosa más angustiosa del mundo. Si yo fuese dictador, limitaría la prensa a un solo diario y una sola revista, ambos estrictamente censurados. Esta censura se aplicaría tan sólo a la información quedando libre de opinión. La información-espectáculo es una vergüenza. Los titulares enormes —en México baten todos los récords— y los sensacionalistas me dan ganas de vomitar. ¡Todas esas exclamaciones sobre la miseria para vender un poco más de papel! ¿De qué sirve? Además, una noticia expulsa a otra.

Un día, por ejemplo, en el festival de Cannes, leo en Nice-Matin una información extremadamente interesante (al menos para mí): han intentado volar una de las cúpulas del Sacré-Coeur de Montmartre. Al día siguiente, sus razones, sus orígenes, compro el mismo periódico. Busco: ni una palabra. Algún secuestro aéreo había devorado al Sacré-Coeur. No se volvió a hablar más del asunto.


Luis BUÑUEL, Jean-Claude CARRIÈRE, Mi último suspiro, Debolsillo, Barcelona, 2008.

viernes, 10 de agosto de 2012

COPPOLA: El buen director

Quizá un buen director no sea el que está totalmente preparado, sino el que es capaz de tomar las situaciones que se presentan y usarlas en su provecho, en vez de interrumpir la producción hasta que todo cuadre con sus planes originales.


Eleanor COPPOLA, Notas a Apocalypse Now. Diario de una filmación, Emecé, Buenos Aires, 2002.

miércoles, 8 de agosto de 2012

COPPOLA: Una cita

La otra noche tuve una cita. Me vino a buscar, me ayudó a ponerme la chaqueta, me abrió la puerta del coche. En el restaurante, me preguntó qué clase de cerveza prefería. Yo era consciente de mi remolino de sentimientos desconocidos. Cuando el camarero chino trajo la cuenta, la había dividido cuidadosamente por dos, marcando con un círculo los dos totales idénticos.



Eleanor COPPOLA, Notas a Apocalypse Now. Diario de una filmación, Emecé, Buenos Aires, 2002.

lunes, 6 de agosto de 2012

COPPOLA: Levantó los pies para que no le reconocieran los zapatos

Durante el rodaje de El Padrino, un día estaba en el baño del estudio, sentado en el inodoro, y dos miembros del equipo entraron y se pusieron a comentar que la película era una mierda total y que el imbécil del director no sabía lo que hacía. Francis levantó los pies para que no le reconocieran los zapatos.


Eleanor COPPOLA, Notas a Apocalypse Now. Diario de una filmación, Emecé, Buenos Aires, 2002.

domingo, 5 de agosto de 2012

BUÑUEL: Dalí


En 1979, con ocasión de la gran exposición Dalí en París, en el Museo Beaubourg, acepté prestarle el retrato que me hizo en otro tiempo, cuando éramos estudiantes en Madrid, un minucioso retrato que realizó dividiendo el lienzo en pequeños cuadros, midiendo exactamente mi nariz, mis labios, y en el que, a petición mía, añadió varias nubes largas y ahiladas que me habían gustado en un cuadro de Mantegna.

Con motivo de esta exposición, teníamos que reunimos en París, pero, como se trataba de un banquete oficial, con fotógrafos y publicidad, rehusé asistir.

Cuando pienso en él, pese a todos los recuerdos de nuestra juventud, pese a la admiración que todavía hoy me inspira una parte de su obra, me es imposible perdonarle su exhibicionismo ferozmente egocéntrico, su cínica adhesión al franquismo y, sobre todo, su odio declarado a la amistad.

Hace algunos años, yo declaré en una entrevista que, de todos modos, me gustaría tomar una copa de champaña con él antes de morir. Él leyó la entrevista y dijo: "A mí también, pero no bebo".


Luis BUÑUEL, Jean-Claude CARRIÈRE, Mi último suspiro, Debolsillo, Barcelona, 2008.

sábado, 4 de agosto de 2012

LIZANO: Poemo

Me asomé a la balcona
y contemplé la ciela
poblada por los estrellos.
Sentí fría en mi caro,
me froté los monos
y me puse la abriga
y pensé: qué ideo,
qué ideo tan negro.
Diosa mía, exclamé:
qué oscuro es el nocho
y que sólo mi almo.
Y perdido entre las vientas
y entre las fuegas,
entre los rejos.
El vido nos traiciona,
mi cabezo se pierde,
qué triste el aventuro
de vivir. Y estuvo a punto
de tirarme a la vacía...
Qué poemo.
Y con lágrimas en las ojas
me metí en el camo.
A ver, pensé, si las sueñas
o los fantasmos
me centran la pensamienta
y olvido que la munda
no es como la vemos
y que todo es un farso
y que el vido es el muerto,
un tragedio.
Tras toda, nado.
Vivir. Morir:
qué mierdo.

Jesús LIZANO, El ingenioso libertario Lizanote de la Acracia o la conquista de la inocencia, Virus Editorial, Barcelona, 2009.

viernes, 3 de agosto de 2012

S.T.T.L. John Keegan



I have never been in a battle. And I grow increasingly convinced that I have very little idea of what a battle can be like.

John KEEGAN, The Face of Battle, Penguin Books, Londres, 1976.

BUÑUEL: Es el poderío de un país lo que decide sobre los grandes escritores

Detesto a muerte a Steinbeck, en particular a causa de un artículo que escribió en París. Contaba —seriamente— que había visto a un niño francés pasar ante el Palacio del Elíseo con una barra de pan en la mano y presentar armas con ella a los centinelas. Steinbeck encontraba este gesto "conmovedor". La lectura del artículo me encolerizó. ¿Cómo se puede tener tan poca vergüenza?

Steinbeck no sería nada sin los cañones americanos. Y meto en el mismo saco a Dos Passos y Hemingway. ¿Quién les leería si hubiesen nacido en Paraguay o en Turquía? Es el poderío de un país lo que decide sobre los grandes escritores. Galdós novelista es con frecuencia comparable a Dostoievski. Pero, ¿quién le conoce fuera de España?


Luis BUÑUEL, Jean-Claude CARRIÈRE, Mi último suspiro, Debolsillo, Barcelona, 2008.

jueves, 2 de agosto de 2012

MAHMOODY: ¿Por qué?


Mientras los niños jugaban, Ellen y yo tuvimos una conversación seria.

Le hice la pregunta que me atormentaba.

-¿Por qué?

-Quizá si estuviera en tu situación, me hubiera quedado en América -dijo al cabo de un momento de profunda meditación-. Pero todo lo que tengo está aquí. Mis padres están jubilados y no tienen dinero para ayudarme. Yo no poseo dinero, ni educación, ni habilidades. Y tengo dos hijos.

Aun así, era difícil para mí comprenderla. Y lo que es más, Ellen hablaba con rencor de Hormoz.

—Me pega —dijo llorando—. Pega a los niños. Y no ve nada malo en ello.

Las palabras de Nasserine vinieron a mi memoria: "Todos los hombres son así".

Ellen había tomado su decisión, no por amor sino por miedo. Se basaba en razones económicas, en vez de emocionales. Ellen no se veía capaz de enfrentarse con las inseguridades que son el precio de la emancipación. En su lugar, había elegido una vida que era horrible en sus detalles, pero que ofrecía al menos un remedo de lo que ella llamaba seguridad.

Finalmente respondió a mi "por qué" a través de sus sollozos.

—Porque, si volviera a los Estados Unidos, temo que no podría soportarlo.

Yo lloré con ella.

Betty MAHMOODY, William HOFFER, No sin mi hija, Círculo de Lectores, Barcelona, 1991.

miércoles, 1 de agosto de 2012

BUÑUEL: Borges sueña con el Nobel

Es un buen escritor, evidentemente, pero el mundo está lleno de buenos escritores. Además, yo no respeto a nadie porque sea buen escritor. Hacen falta otras cualidades. Y Jorge Luis Borges, con quien estuve dos o tres veces hace sesenta años, me parece bastante presuntuoso y adorador de sí mismo. En todas sus declaraciones percibo un algo de doctoral (sienta cátedra) y de exhibicionista. No me gusta el tono reaccionario de sus palabras, ni tampoco su desprecio a España. Buen conversador como muchos ciegos, el premio Nobel retorna siempre como una obsesión en sus respuestas a los periodistas. Está completamente claro que sueña con él.


Luis BUÑUEL, Jean-Claude CARRIÈRE, Mi último suspiro, Debolsillo, Barcelona, 2008.

XINRAN: Casada por la revolución

El líder del regimiento me indicó que me detuviera y que le acompañara. Le seguí a la oficina, donde me preguntó en tono grave

-¿Estás preparada para completar cualquier misión que el Partido tenga preparada para ti?

—Por supuesto —respondí sin dudar ni un instante. Yo siempre había querido unirme al Partido, pero, sabiendo que mi familia no era revolucionaria, entendía que debería trabajar más duro que los demás para competir con ellos.

—¿Estás lista para cumplir cualquier misión incondicionalmente, sin importarte la que sea?

Yo estaba perpleja. El líder del regimiento había sido siempre tan directo, ¿por qué ahora se mostraba tan esquivo? Sin embargo, me repuse al instante y le dije:

-¡Sí, le aseguro que llevaré a cabo la misión!

No parecía estar demasiado a gusto con mi determinación, pero me ordenó cumplir con mi urgente misión inmediatamente, y tuve que partir aquella misma noche hacia el campamento del gobierno regional. Quería despedirme de mis amigos, pero él dijo que no había necesidad. Que eran tiempos de guerra. Acepté y me marché con dos de los soldados enviados para recogerme. Ellos no dijeron palabra durante las dos horas que duró el viaje, y yo tampoco podía preguntar, ésa era la regla.

En el campamento del gobierno regional fui presentada a un oficial mayor, vestido con uniforme del ejército. Me miró de arriba abajo y dijo:

-No está mal... pues bien, desde hoy serás mi secretaria. A partir de ahora deberás estudiar más, trabajar duro para mejorar y esforzarte para unirte al Partido cuanto antes.

Luego ordenó a alguien que me llevara a una habitación a descansar. La habitación era muy cómoda, había hasta un edredón nuevo sobre el kang. Realmente parecía que trabajar para el líder sería algo diferente, pero estaba tan exhausta que no le di más vueltas al tema y me dormí.

Más tarde, esa misma noche, fui despertada por un hombre que se metió en mi cama. Aterrorizada, estaba por gritar cuando me tapó la boca con la mano y dijo en voz muy baja:

-Shhh... no molestes el sueño de los demás camaradas. Ésta es tu misión.

—¿Misión?

—Sí, a partir de hoy ésta será tu misión.

La dura voz pertenecía al oficial mayor que había conocido más temprano. No tenía fuerzas para defenderme, y no sabía cómo. Sólo pude llorar.

Al día siguiente, el Partido me informó de que estaban preparando una sencilla fiesta para celebrar nuestro matrimonio. Ese oficial es ahora mi marido.

XINRAN Xue, Nacer mujer en China. Las voces silenciadas, Planeta, Barcelona, 2007.

S.T.T.L. Gore Vidal



Estoy a solas en mi estudio. Ya he guardado los escritos de Juliano. Todo ha terminado. El mundo que Juliano quería defender y restaurar ha desaparecido... pero no pondré "para siempre", porque ¿quién conoce el futuro? Mientras tanto, los bárbaros están ante las puertas de la civilización. Pero cuando rompan el muro no encontrarán nada valioso que tomar, sólo reliquias vacías. Ha desaparecido el espíritu de lo que éramos. Así sea.

He leído a Plotino durante toda la tarde. Tiene el poder de calmarme, y encuentro su tristeza extrañamente confortante. Incluso cuando escribe: "Vivir aquí con las cosas de la tierra es un sometimiento, una derrota, un fracaso del vuelo". El vuelo evidentemente ha fracasado. Uno se somete. La derrota es segura. Incluso mientras escribo estas líneas, el pábilo de la lámpara se acaba, y se reduce la zona de la luz en la cual estoy sentado. Pronto el salón estará a oscuras. Uno siempre ha temido que la muerte sea como esto. Pero ¿qué otra cosa hay? La luz se fue con Juliano. Ahora no queda otra cosa que dejar que lleguen las tinieblas y esperar un nuevo sol y otro día, nacido del misterio del tiempo y del humano amor a la luz.


Gore VIDAL, Juliano el Apóstata, Edhasa, Barcelona, 2008.