Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."

viernes, 20 de abril de 2012

LEE: Matar un ruiseñor


Cuando nos regaló los rifles de aire comprimido, Atticus no quiso enseñarnos a tirar. Tío Jack nos instruyó en los rudimentos de tal deporte, y no dijo que a Atticus no le interesaban las armas, Atticus le dijo un día a Jem:

—Preferiría que disparaseis a los botes vacíos en el patio trasero, pero sé que perseguiréis a los pájaros. Matad todos los arrendajos azules que queráis, si podéis darles, pero recordad que matar un ruiseñor es pecado.

Aquella fue la única vez que le oí decir a Atticus que esta o aquella acción fuese pecado, e interrogué a miss Maudie sobre el caso.

—Tu padre tiene razón —me respondió—. Los ruiseñores no se dedican a otra cosa que a cantar para alegrarnos. No devoran los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar el corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor.

Harper LEE, Matar un ruiseñor, Plaza y Janés, Barcelona, 1996.

CLAUDIO ELIANO: Los bueyes de Atenas

He aquí una ley ática: no se debe sacrificar un buey de labranza que haya trabajado bajo el yugo, ya fuese tirando de un arado o de un carro, porque ese buey debe ser considerado también como un campesino y compañero de las fatigas humanas.

CLAUDIO ELIANO, Historias curiosas, Editorial Gredos, Madrid, 2006.

jueves, 19 de abril de 2012

KIRKMAN y BONANSINGA: Piensando

Saca del cubo con toda tranquilidad una oreja humana arrancada y espera pacientemente a que el monstruo que fue Penny termine de consumir la mano. La criatura engulle los dedos del hombre de mediana edad con una fruición desenfrenada, masca los nudillos peludos y desangrados como si fueran una delicia. Por las comisuras de sus labios chorrean hilos de baba rosa y espumosa.

Apenas se toma un descanso para tragarse la mano antes de que ponga la oreja humana al alcance de sus dientes ennegrecidos. Le ofrece el bocado con la preocupación y el cuidado con el que un sacerdote le daría la hostia a un comulgante. Penny devora el cartílago y otros pedazos de piel ternillosa con un ciego frenesí.

Robert KIRKMAN, Jay BONANSINGA, El gobernador, Timun Mas, Barcelona, 2011.

TASSO: Nuestra cultura es masoquista

Nuestra cultura es masoquista por definición y, muchas veces, lo único que esperamos de la vida son palos y fracasos. Es más, toda nuestra educación gira en torno a ello. ¿Con qué derecho podemos condenar los gustos alternativos de esa gente, cuando son gustos pactados, que no afectan a la libertad del otro?

Valérie TASSO, Al otro lado del sexo, Plaza y Janés, Barcelona, 2006.

miércoles, 18 de abril de 2012

GUIJARRO: Burbuja pedagógica

Y es necesario señalar que en España, y especialmente en Andalucía, existe ya lo que podríamos denominar una burbuja pedagógica, es decir, un colectivo de centenares de miles de jóvenes con una formación muy escasa, que sólo pueden acceder a empleos que requieran una baja cualificación. Esa falta de formación es, precisamente, la principal responsable de nuestra inaceptable tasa de desempleo juvenil.

Gonzalo GUIJARRO, El futuro de la enseñanza.

La Razón, lunes 16 de abril de 2012.

CLAUDIO ELIANO: Los sueños

Los peripatéticos dicen que durante el día el alma, sometida al cuerpo, está atada a él y no puede contemplar la verdad en su pureza, pero que de noche, liberada de estas servidumbres, adquiere capacidad profética. De aquí nacen los sueños.

CLAUDIO ELIANO, Historias curiosas, Editorial Gredos, Madrid, 2006.

VIDAL: El presidente olvidó el cronómetro

Abucheos y crueles olés de burla hubo para Paula cuando pasaba sus miedos con el segundo, y silencios durante su larga y pesada faena al quinto, pulcra, con dos naturales exquisitos, pero fría como el hielo. Por cierto que el señor Mantecón, quien, por lo que él mismo asegura -según hemos leído a Suárez Guanes en ABC- utiliza dos cronómetros para medir las faenas, ayer se los debió dejar olvidados encima del piano, porque retrasó en un minuto cada uno de los avisos que envió a Paula, según el más visible reloj de la plaza y el que es propiedad de servidor, automatic y waterproof.

Joaquín VIDAL, Histeria colectiva.

El País, miércoles 25 de mayo de 1977.


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martes, 17 de abril de 2012

LEE: Maycomb


Maycomb era una población antigua, pero cuando yo la conocí por primera vez era, además, una población antigua y fatigada. En los días lluviosos las calles se convertían en un barrizal rojo; la hierba crecía en las aceras, y, en la plaza, el edificio del juzgado parecía desplomarse. De todas maneras, entonces hacía más calor; un perro negro sufría en un día de verano; unas mulas que estaban en los huesos, enganchadas a los carros Hoover, espantaban moscas a la sofocante sombra de las encinas de la plaza. A las nueve de la mañana, los cuellos duros de los hombres perdían su tersura. Las damas se bañaban antes del mediodía, después de la siesta de las tres... y al atardecer estaban ya como pastelillos blandos con incrustaciones de sudor y talco fino.

Entonces la gente se movía despacio. Cruzaba cachazudamente la plaza, entraba y salía de las tiendas con paso calmoso, se tomaba su tiempo para todo. El día tenía veinticuatro horas, pero parecía más largo. Nadie tenía prisa, porque no había adónde ir, nada que comprar, ni dinero con que comprarlo, ni nada que ver fuera de los límites de Maycomb. Sin embargo, era una época de vago optimismo para algunas personas: al condado de Maycomb se le dijo que no había que temer a nada, más que a sí mismo.

Harper LEE, Matar un ruiseñor, Plaza y Janés, Barcelona, 1996.

TASSO: No me estaba...


Conchita pidió permiso para hablar conmigo.

—¿Sí, Conchita? ¿Qué te pasa?

—Nada, señora. Sólo quería decirle que lo que pasó esta tarde fue un malentendido.

—¿A qué te refieres?

—Lo de Mistress Denetra... lo que dijo. No me estaba..., señora. Me dolía el esparadrapo y quise despegarlo un poco. Pero le juro que no me estaba... No me habría atrevido a hacer eso, allí, delante de ustedes. Jamás. Se lo juro, señora.

—Quédate tranquilo. No te va a pasar nada, si es lo que temes. Siempre y cuando nos sirvas como es debido.

—Por supuesto, señora Valérie. No lo dude. Estaré encantado de servirlas esta noche.

—Perfecto. Así que ahora ven con nosotras. Vas a arreglar el traje de Lady Monique y limpiar nuestras botas para que estén relucientes esta noche —le ordené—. Y luego, te arreglarás un poco, que das una pena que no te imaginas. No puedes entrar en el salón de Su Majestad con las medias rotas, mírate...

Valérie TASSO, Al otro lado del sexo, Plaza y Janés, Barcelona, 2006.

lunes, 16 de abril de 2012

CLAUDIO ELIANO: Hombres y elefantes


A los hombres muertos por elefantes, ya sea durante una cacería ya sea en combate, los libios les rinden honores fúnebres insignes y les dedican himnos. Este es el mensaje que encierran esos himnos: valientes son los hombres que han sido adversarios de la mayor de las bestias. Pues dicen que una muerte gloriosa es el sudario del difunto.

CLAUDIO ELIANO, Historias curiosas, Editorial Gredos, Madrid, 2006.

CLAUDIO ELIANO: Los hoceros lidios

Se sorpredieron los griegos que luchaban para los reyes persas cuando observaron aquella extraña costumbre de los hoceros lidios: antes de entrar en combate, los soldados que enviaba el sátrapa de Lidia se insultaban y, a veces, se inferían espantosas heridas. Comenzaban, pues, la lucha encolerizados y por ello eran temibles.

CLAUDIO ELIANO, Historias curiosas, Editorial Gredos, Madrid, 2006.

KING: Aquella expresión jamás se borró de su rostro

— ...Así, se entiende que cuando aumentamos el número de variables, los axiomas en sí no sufren cambios. Por ejemplo...

La señora Underwood alzó la mirada, alarmada, al tiempo que se ajustaba las gafas en la nariz.

—¿Tiene usted un pase de administración, señor Decker?

—Sí —respondí, y saqué la pistola de la cintura. Ni siquiera sabía con certeza si estaba cargada hasta que sonó el disparo. Le di en la cabeza. La señora Underwood no llegó a enterarse de qué le había sucedido, estoy seguro. Cayó de lado sobre el escritorio y luego rodó hasta el suelo. Y aquella expresión expectante jamás se borró de su rostro.

Stephen KING, Rabia, Plaza y Janés, Barcelona, 1998.

domingo, 15 de abril de 2012

KING: Alguna cosa se estropeó en mi cabeza

Sigo intentando salir adelante, pero las cosas no funcionan. Eso sucede porque soy un poco demasiado viejo para que vayan bien. Alguna cosa se estropeó en mi cabeza hace unos pocos años y yo sabía que aquello era algo malo, pero ignoraba que lo fuera para mí. Sólo creí que era por algo que había sucedido y que lograría superarlo. Pero las cosas continúan pudriéndose en mi interior. Me da náuseas. Sigo haciendo cosas.

Stephen KING, Carretera maldita, Plaza y Janés, Barcelona, 1997.

ŽIVKOVIĆ: El subconsciente, fuente de mi ficción


Cuando me siento a escribir cualquier obra de ficción, nunca tengo una idea preconcebida, estoy muy lejos de cualquier idea plenamente desarrollada de cómo se debe escribir. No sé lo que pasa con otros escritores, pero en mi caso al principio tengo una imagen estática de la escena inicial, tal vez sólo la primera frase. En el nivel consciente. Pero en algún lugar debajo de ella, en la agitación constante de mi mente subconsciente, la historia que voy a escribir ya existe en su forma final. Sólo espera el momento adecuado para salir. Eso pasa siempre por la mañana, en la frescura, tras una noche de sueño reparador. De repente me despierta un cuadro muy vívido en el que está contenida toda la historia futura, aunque al principio no sé mucho al respecto. Me apresuro entonces a mi ordenador y empiezo a escribir antes de que la imagen se disuelve por diversas distracciones mundanas.

Escribo casi exclusivamente por la mañana. A veces, no muy a menudo, siento la necesidad de escribir en otros momentos del día, pero nunca por la noche, porque mi subconsciente, la fuente misma de mi ficción, es más activo durante el sueño. Resisto a la tentación de escribir por la tarde o por la noche, porque por experiencia sé que no soy capaz de hacer ningún trabajo de calidad. Soy en verdad un escritor de la mañana.

Mientras escribo, estoy en una posición extraña, casi esquizofrénica. Soy al mismo tiempo un escritor y un lector. El lector está deseoso de pasar las páginas, insatisfecho por lo general por la lentitud del escritor. Pero, ya que sólo escribo con el dedo índice de la mano derecha, es poco lo que el escritor pueda hacer para realizar su trabajo más rápido, por lo que el lector no tiene más remedio que ser paciente.

Jason Erik LUNDBERG, Interview: Zoran Zivkovic.

Strange Horizons, jueves 9 de septiembre de 2004.


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STEVENSON: El padre Damián


En mi diario hablo de mi estancia en Molokai como una experiencia trituradora. Y mire: eso que vi y sufrí fue un asentamiento purgado, mejorado, hermoseado. Era un lugar bien distinto cuando Damián llegó ahí e hizo su gran renuncia, y esa primera noche durmió bajo un árbol: solo en la pestilencia; y esperando una vida ataviada de llagas y muñones. No se llama a ningún doctor o enfermera a que entre para siempre en las puertas de la gehena; no dicen adiós, no necesitan abandonar la esperanza. Pero Damián cerró con su propia mano las puertas de su sepulcro. Los pasajes de mi diario en Molokai casi son una lista de las fallas del hombre, porque es más bien eso lo que yo buscaba: con sus virtudes, yo y el mundo estábamos bastante familiarizados. Además, yo tenía sospechas del testimonio católico. Todos los hechos transcritos fueron recogidos de labios de protestantes que se habían opuesto, en vida, al padre. Sin embargo, o fui engañado de forma extraña, o ellos construyeron la imagen de un hombre, con toda su debilidad, esencialmente heroico y vivo, con tosca honestidad, generosidad y regocijo. Todas las reformas del lazareto son la prueba de su éxito; son lo que su heroísmo provocó en el reticente y el indiferente. Su papel fue, mediante un acto de impactante martirio, apuntar los ojos de todos los hombres hacia ese desconcertante país. Trajo dinero; trajo (la mejor aportación individual) a las hermanas; trajo supervisión, porque opinión pública e interés público desembarcaron con ese hombre en Kalawao. Si alguna vez un hombre trajo reformas y murió por traerlas, ése fue él.

sábado, 14 de abril de 2012

VIDAL: Toreros gritones

Manzanares debía de creer que el primer toro estaba sordo y le hablaba a gritos. Pero el toro no estaba sordo, y le mugía: "No me chille, tenga la bondad". No todo el mundo sabe entender el lenguaje de los toros –Manzanares tampoco, evidentemente– y, sin embargo, es bien fácil: basta comprar el manual ¿Quiere usted aprender a mugir en siete días?, y leerlo con atención. Luego, hacer prácticas. Muchos creen que los toros están sordos, o atontados de los tiros, y les hacen unas cosas extrañísimas. Victor Mendes, por ejemplo, para citar un par de banderillas al tercero, puso gesto terrible, levantó los brazos, se puso a gritar "¡Oooh, ajoó, ajujú!", y el torico bueno se fue de vareta, patas abajo.

Joaquín VIDAL, No me chille.

El País, sábado 24 de abril de 1993.

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RUSSELL: Limitaciones de la libertad


He llegado a comprobar que la libertad es un principio para el que existen limitaciones muy importantes y las que corresponden a la libertad en la educación son, en cierto sentido, típicas. Lo que la gente haga, en determinadas circunstancias, depende enormemente de sus hábitos; y los buenos hábitos no se adquieren sin disciplina. La vida de la mayoría de nosotros transcurre sin que robemos; pero muchos siglos de disciplina policíaca han sido necesarios para producir esa abstención que parece ahora natural. Si no se enseña modales a los niños, cada uno de ellos se apoderará de la comida de los otros y los mayorcitos acapararán los mejores pedazos. En asuntos internacionales, el mundo no llegará a estar en condiciones tolerables, prolongando la anarquía interestatal, sino por la aplicación del derecho internacional, que no prevalecerá nunca si no es respaldado por una fuerza internacional. En la esfera económica, la vieja doctrina del laissez-faire no es mantenida por ningún hombre práctico, aunque algunos soñadores se aferren todavía a ella. Conforme se va llenando el mundo, la regulación se hace más necesaria. No cabe duda que eso es lamentable. El mundo de Odiseo es atractivo. Se navega de isla a isla y se encuentra siempre una mujer adorable, preparada para recibirnos. Pero, hoy en día, las cuotas de inmigración hacen imposible esa clase de vida. Estaba muy bien para Odiseo, que era sólo uno, pero, si cien millones de chinos hubiesen desembarcado en la isla de Calipso, la vida en ella hubiera llegado a ser bastante difícil. La ley, en sentido amplio, consiste en algo sencillo: que el hombre sea libre en lo que sólo le concierne a él mismo, pero que no sea libre cuando intente agredir a otros hombres. Pero aunque la ley, en sentido , amplio, sea sencilla, su puesta en práctica, en detalle, resulta muy compleja, y, así, el problema de las limitaciones apropiadas a la libertad humana subsiste todavía.

Bertrand RUSSELL, Retratos de memoria y otros ensayos, Alianza, Madrid, 1982.

viernes, 13 de abril de 2012

KING: Se me había pasado por completo la afición

Hubo una época en que me gustaba emborronar telas con pinturas al óleo. Tampoco era un inepto total, pero un día... No lo abandoné gradualmente, sino que lo dejé de golpe. No sentí interés por continuar un solo minuto más. Me acosté una noche loco por pintar y, al despertar por la mañana, se me había pasado por completo la afición.

Stephen KING, La larga marcha, Plaza y Janés, Barcelona, 1998.

RUSSELL: Sobre la educación

No creo en una libertad completa para la infancia. Considero que los niños necesitan una rutina fija, aunque haya de llegar el día en el que se desembaracen de ella. Creo también que, si una persona ha de ser ser capaz de amoldarse a la sociedad cuando llegue a ser adulto, debe aprender, mientras es todavía joven, que no es el centro del universo y que sus deseos no son, con frecuencia, el factor más importante de una situación. Pienso también que el alentar la originalidad, sin que exista una preparación técnica, que se practica en muchas escuelas progresivas, constituye un error. Hay algunas cosas, en la educación progresiva, que me gustan mucho; especialmente, la libertad de expresión y la libertad de investigar los hechos de la vida, y la ausencia de un tipo necio de moralidad que se escandaliza más por la expresión de un juramento que por una acción cruel. Pero creo que los que se han rebelado contra una disciplina poco sabia, han ido muchas veces demasiado lejos, olvidándose de que es necesaria alguna disciplina. Esto es verdad, muy especialmente, cuando se trata de la adquisición de conocimientos.

Bertrand RUSSELL, Retratos de memoria y otros ensayos, Alianza, Madrid, 1982.

jueves, 12 de abril de 2012

MARTIN: Los otros

Recordó una historia de las que contaba la vieja tata: hablaba de un hombre prisionero en un oscuro castillo, vigilado por gigantes malvados. Era muy valiente y muy astuto, así que engañó a los gigantes y consiguió escapar. Pero nada más salir del castillo, los otros se lo llevaron y se bebieron su sangre roja y caliente.

George R.R. MARTIN, Choque de reyes, Gigamesh, Barcelona, 2003.

RUSSELL: Idiotas


Él se consagró a abogar por un lenguaje internacional. Por desgracia, las lenguas internacionales son aún más numerosas que las nacionales. No le gustaba el esperanto, que era la favorita de la generalidad, y prefería el ido. Por él, supe que los esperantistas (por lo menos, así me lo aseguraba él) eran unos malvados que superaban todos los anteriores abismos de la depravación humana, aunque nunca examiné sus pruebas de ello. Decía que el esperanto poseía la ventaja de dar origen a la palabra esperantista, mientras que el ido no podía hacer algo análogo. "Claro que sí —le dije— , existe la palabra idiota."

Bertrand RUSSELL, Retratos de memoria y otros ensayos, Alianza, Madrid, 1982.

miércoles, 11 de abril de 2012

CLAUDIO ELIANO: Vanidosos espartanos

Cuando Diógenes llegó a Olimpia y vio en el festival a algunos jóvenes rodios vestidos suntuosamente, entre risas dijo: "Esto es vanidad". Y después, al encontrarse con unos espartanos vestidos con túnicas vulgares y sucias, dijo: "Esta es otra forma de vanidad".

CLAUDIO ELIANO, Historias curiosas, Editorial Gredos, Madrid, 2006.

FOLLETT: Las malas críticas



No las hago mucho caso de las malas críticas, porque quienes las hacen leen mis libros por razones equivocadas. No leen mis libros por placer. Los leen porque tienen que escribir un artículo sobre ellos. Y mientras los leen piensan qué decir acerca de ellos y no pueden sentir la experiencia de un lector ordinario. Lo sé porque aunque no lo haga a menudo, a veces leo las críticas. Pero si los lectores me dicen que algo no les ha gustado, entonces me lo tomo muy en serio. Cuando me escriben, les respondo y les pido más detalles, les pregunto si se aburrieron, si algo no les pareció creíble…


El País, domingo 2 de marzo de 2008.

KING: Boardwalk Empire


Ese día, la tarde prometía ser larga. Podía irse a casa y ver la tele, pero su padre había bloqueado todos los canales interesantes después de descubrir que George había estado grabando los capítulos de Boardwalk Empire, donde salían demasiados gángsters y demasiadas tetas para su gusto.

Stephen KING, Área 81, Plaza y Janés, Barcelona, 2012.

martes, 10 de abril de 2012

VIDAL: El chantaje de los orejistas

Había una enorme animación. La verdad es que éramos pocos -media plaza, a lo sumo- pero, eso sí, muy animados.

Los más animados, los jarochistas, que hacían mayoría. Los jarochistas en cuanto vieron al titular de la causa, llamado Jarocho, unos capotazos movidos e irrelevantes, le pegaron la ovación de la tarde. Y luego, por el mismo procedimiento, consiguieron que el presidente le concediera una oreja muy discutible y bastante protestada.

Jarocho, natural de la población madrileña (y cervantina) de Alcalá de Henares, nuevo en esta plaza, puso mucho de su parte, naturalmente. Se traía una toreo parsimonioso merecedor de sinceros parabienes. Templó derechazos y luego dio naturales corriendo bien la mano con la salvedad -nada baladí por cierto- de que se dejaba retrasada la pierna contraria, lo cual no es que ofenda al dogma sino que es ventaja por donde se van el dominio, la ligazón, el canon de parar, templar y mandar. Mató mal, le pidieron la oreja los suyos a grito pelado, el presidente la concedió y a diversos aficionados semejante exceso les supo a sacrilegio.

El vigente reglamento, que es un coladero, debería regular de distinta manera la petición de orejas que, por lo general, se convierte en un vil chantaje y una manifestación de incivilidad. Lo normal es que los orejistas la pidan siempre pase lo que pase; que constituyan una minoría; que esa minoría arme un broncazo sin faltar insultos, con lo cual se finge que la petición de oreja es mayoritaria y el presidente está obligado a concederla.

Jarocho pudo cortar la del sexto y habría servido para salir por la puerta grande. Lo que faltaba. A ese lo recibió a porta gayola pero el novillo no aceptó la larga cambiada y embistió al aire. Volvió Jarocho a realizar el torero despacioso aunque con menor ligazón en los naturales. Demoró la faena, oyó un aviso, mató mal y ya no hubo trofeo que valiera.

Joaquín VIDAL, Un animado final.

El País, lunes 22 de octubre de 2001.


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MONZÓ: Escribir es como un juego

Katarzyna Olga Beilin: ¿Eso quiere decir que cuando empiezas a escribir no sabes cómo va terminar?

Quim Monzó: No, nunca, porque, si lo supiese, supongo que me aburriría y ya no escribiría. Eso tiene que ver con que escribo muchas cosas que al final no tienen sentido y van a la papelera. Escribo más de lo que publico.

Katarzyna Olga Beilin: Entonces, ¿escribes para saber cómo va terminar? ¿Buscas la salida perfecta?

Quim Monzó: ¿Salida perfecta? Sí. Lo de escribir es como un juego. Tienes unas cartas y juegas según la mano, según la jugada que te puedas dar. No prevés qué va a salir y, si sale mal, lo tiras y empiezas de nuevo.

Katarzyna Olga BEILIN, Conversaciones literarias con novelistas contemporáneos, Tamesis, Woolbridge, 2004.

lunes, 9 de abril de 2012

MARTÍNEZ: ¡Y nadie dice o hace nada!


Trabajar de noche me ha hecho tener un sueño difícil de conciliar y fácil de romper. Antes de tener horarios nocturnos soñaba con la resolución de un problema matemático que tenía que encontrar a través de una especie de gincana dentro de la maquinaria de un reloj. Luego, ya trabajando de noche, este sueño se ha alternado con otro: estoy en una estación rodeada de gente que me conoce y que ve cómo me roban el bolso que contiene mi billete de vuelta a casa... ¡Y nadie dice o hace nada!

MARTIN: Ya he tenido suficientes batallas


Ya he tenido suficientes batallas. Prefiero una silla con patas a la silla de un caballo, y me gusta más tener en la mano una copa de vino que un hacha de combate. Todo eso del retumbar de los tambores, el reflejo del sol sobre las armaduras, el resoplar y corcovear de los corceles... Te voy a ser sincero, a mí los tambores me dan dolor de cabeza, el sol sobre la armadura me cocía como un ganso el día del banquete de la cosecha, y esos magníficos corceles no hacen más que cagar por todas partes. No es que me queje. En comparación con la hospitalidad que recibí durante mi estancia en el Valle de Arryn, los tambores, la mierda de caballo y los mosquitos son una maravilla.

George R.R. MARTIN, Choque de reyes, Gigamesh, Barcelona, 2003.

ARROYO: Quiero ver a la consejera


Apreté el gatillo, pero no pasó nada. El director, que había puesto la mano delante del cañón de la escopeta, no pudo evitar sonreír. Incluso en esos momentos, no me tomaba en serio. Temblando, sí, temblando, observé la escopeta: no había quitado el seguro. El director estaba tratando de decir algo cuando salió el disparo. Había sido tan inesperado que cerré los ojos. Un instante. Me hubiera gustado decir que sus sesos se esparcieron en la pared, pero no ocurrió nada de eso. La fuerza del perdigonazo le había lanzado hacia atrás, pero no le había matado. Se quedó apoyado en la pared y comenzó a gemir, trató de gemir. Iba a disparar de nuevo cuando me di cuenta de que no hacía falta. Las postas le habían alcanzado en la cabeza y el pecho. Su rostro era una masa roja.

–Ríete ahora, cabrón –le dije.

A mi espalda oí un grito. Me di la vuelta y vi a la secretaria que, asustada, me miraba.

–¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho? –me preguntó, o tal vez imaginé que me preguntaba.

Le apunté con la escopeta, pero salió al pasillo antes de que me diera tiempo de apretar el gatillo. Dadas las circunstancias, me pareció que estaba muy tranquila. El director seguía apoyado en la pared, respirando con dificultad. Me acerqué y apoyé el cañón de la escopeta en la barriga. De su boca salía saliva roja. Durante unos instantes pensé que los médicos tardarían semanas en sacarle todos los perdigones. Su rostro sangraba por decenas de heridas, pero aquello no le mataría.

–¿Qué me dices? ¿Te parece ahora gracioso?

En la mesa, siempre tan ordenada, había decenas de carpetas, un lapicero, libros, fotos de sus hijos, no de su mujer, sino de sus hijos. La primera vez que entré en su despacho para recibir una de sus charlas, esas patéticas charlas en las que siempre evitaba mirarme a los ojos, creí que estaba divorciado, pero por alguna razón no tenía una foto de su mujer sobre la mesa, quizá para no soliviantar a las profesoras, a Macu.

El timbrazo del teléfono me sobresaltó. Casi sin apuntar, disparé a la mesa. Todo lo que había en ella salió volando, las fotos, los bolígrafos, las carpetas. Uno de los perdigones debió dar en la pantalla del ordenador, pues se agrietó y se volvió azul.

Después de lanzar una última mirada al director, que seguía apoyado en la pared, respirando con dificultad, salí de su despacho y me dirigí al aula 3. Sabía que allí estaría Macu.

Los pasillos estaban tranquilos, terriblemente tranquilos. Recargué la escopeta. Los cartuchos disparados cayeron al suelo. Estuve a punto de agacharme para recogerlos, vieja costumbre de cazador. Me retuve y los miré durante un rato. Allí, en el suelo de baldosas grises, los cartuchos parecían fuera de lugar. En aquel embaldosado había visto de todo, bolas de papel, latas de refresco, trozos de bocadillo, pero era la primera vez que vi cartuchos vacíos.

Recorrí el pasillo de la planta baja y llegué a la puerta del aula 3. Quise entrar en la clase de Macu, pero la cerradura estaba echada. Pensé en la secretaria; debía haber avisado a todo el mundo o algo así. Imaginé lo que podía haber dicho: “Atención, hay un loco en el instituto. Quédense en sus clases, por favor”. Por unos instantes me quedé sin saber qué hacer. Podía disparar a la cerradura, pero por alguna razón aquella no me parecía una buena idea. Todo esto no lo había planeado durante semanas y meses, ni mucho menos, pero el siguiente paso después de disparar al director iba a ser entrar en el aula 3 y darle una lección a Macu. Empujé la puerta con el hombro, pero se resistió. La verdad es que, a pesar de mi aspecto, tengo poca fuerza física. Odié un poco más a Macu; siempre sabía escapar de todo, tenía esa suerte que le permitía mantener alejados los problemas.

Pensé que podría irme, marcharme por la puerta. No habría nadie que quisiera detenerme. Fue entonces cuando me fijé en la puerta del aula de Plástica. El picaporte no se resistió. Entré.

Antonia miraba algo en el ordenador, del que salía música de Presuntos Implicados. Los alumnos estaban dibujando, tan concentrados que ninguno de ellos levantó la vista cuando entré. Apunté al proyector que colgaba del techo y disparé. Desde luego, conseguí llamar su atención.

Antonia se dio la vuelta. Su rostro reflejaba sorpresa, miedo. Sí, ella era otra de las favoritas del director.

–¡Atrás! ¡Atrás! –les grité–. Tú no –le dije a Diego–. Coloca esa mesa contra la puerta. ¡Que alguien te ayude!

La idea se me había ocurrido en ese momento. Las puertas se abrían hacía dentro. No tenía que darles facilidades.

–¡Bajad las persianas!

Antonia de pronto debió reconocerme. Nunca me habían hecho mucho caso en aquel sitio. Ni en ningún sitio.

–¿Qué pasa Ricardo? ¿Qué…?

La verdad es que ni yo mismo sé si quería disparar. Esta vez el dedo se movió de manera autónoma. Los perdigones alcanzaron a Antonia y a dos de los alumnos, que comenzaron a gemir. Por el olor que pronto invadió la habitación supuse que alguien se había orinado encima.

–¡No abráis la boca y no volveré a disparar! –les grité.

Aproveché su desconcierto para recargar la escopeta. Alguien empezó a empujar la puerta del aula. Volví a disparar, esta vez al techo.

–¡Dispararé a alguien como la puerta se vuelva a abrir!

La puerta se cerró.

Contemplé a Antonia. Su herida no era grave, ni mucho menos. La mayoría de los perdigones se habían clavado en un cartel que tapaba la pared. Llevaba unos pantalones vaqueros muy ajustados y botas. Siempre se ponían esa ropa para el director.

Me sentí terriblemente cansado. Iba a sentarme en el butacón de Antonia, pero no lo hice por algún motivo. En cambio, me apoyé en el borde de la mesa. Seguía sonando aquella música horrible de Presuntos Implicados. Conté los alumnos que había en la clase: eran ocho. Más Antonia.

–¿Qué estabais dando? –les pregunté.

Aquello pareció desconcertarles, pues no me respondieron. Tuve que repetirles la pregunta y, por fin, Mercedes, muy tímidamente, me dijo que esa era la clase de Alternativa.

Pensé que en ese momento hubieran deseado estar en Religión y, por alguna razón, la idea me resultó graciosa. Comencé a reírme. A veces me pasa, comienzo a reírme solo. Estoy pensando en algo o recuerdo algo divertido que me ha pasado y comienzo a reírme.

El timbrazo del teléfono de Antonia me sacó de mis pensamientos. Abrí el bolso y saqué el móvil. Lo miré. Traté de identificar la sintonía. El número no estaba guardado en la memoria.

–Diga.

Al otro lado de la línea hubo una vacilación, como si hubieran esperado otra voz. Estaba a punto de decirle que Antonia no podía ponerse, y la ocurrencia volvió a resultarme divertida, cuando escuché mi nombre.

–Sí. Soy yo.

–¿Qué has hecho? ¿Están todos bien?

–¿Quién habla?

–Soy Samuel García.

Aquel nombre no me sonaba de nada, por lo que estuve a punto de preguntarle quién demonios era, pero él habló antes:

–¿Qué es lo que quieres?

Me molestó eso, me molesto que me tuteara, que comenzara tuteándome.

–Quiero ver a la consejera.

–¿A la consejera?

–Sí, a la consejera.

Al otro lado de la línea hubo un largo silencio, como si no entendiera lo que estaba diciendo.

–¡Y que no lleve pantalones!

–¿Qué?

–¿Eres sordo? ¡Que se ponga falda! Quiero que se ponga falda.


Ricardo ARROYO, Secuestro, Incógnita Editores, Madrid, 2012.

domingo, 8 de abril de 2012

CERVANTES: Somos señores de los campos


Somos señores de los campos, de los sembrados, de las selvas, de los montes, de las fuentes y de los ríos. Los montes nos ofrecen leña de balde; los árboles, frutas; las viñas, uvas; las huertas, hortaliza; las fuentes, agua; los ríos, peces, y los vedados, caza; sombra, las peñas; aire fresco, las quiebras; y casas, las cuevas. Para nosotros las inclemencias del cielo son oreos, refrigerio las nieves, baños la lluvia, músicas los truenos y hachas los relámpagos. Para nosotros son los duros terreros colchones de blandas plumas: el cuero curtido de nuestros cuerpos nos sirve de arnés impenetrable que nos defiende; a nuestra ligereza no la impiden grillos, ni la detienen barrancos, ni la contrastan paredes; a nuestro ánimo no le tuercen cordeles, ni le menoscaban garruchas, ni le ahogan tocas, ni le doman potros.

Miguel de CERVANTES, Novelas ejemplares, Esplandián Editores, Madrid, 1997.

Los gitanos


Un pueblo proscripto y condenado por la opinión y las leyes al oprobio y a la ignominia; un pueblo expulsado de todas las profesiones liberales; privado desde mucho siglos del derecho de adquirirse propiedad y de disponer de sus bienes movibles bajo las mismas formalidades y seguridad que el pueblo que lo detesta; que sometido a un régimen de leyes especiales y severas sabe obedecer y conservar a un tiempo cierta especie de independencia; que han sufrido la persecución por espacio de algunos siglos; que se le acusa de todos los excesos, de todos los crímenes de la barbarie, de todos los vicios de la civilización; y que a pesar del desprecio que inspira, del rencor que se le profesa, de la prevención con que se le trata y se le juzga, resiste sin embargo a este abatimiento, a este oprobio, a estas leyes y, en fin, a todas las causas que deben desunir, disolver y anonadar a las familias y las naciones: este pueblo, pues, por el mero de haber conservado su existencia, merece la atención del observador, y el examen de las causas que han contribuido a su conservación es un problema cuya solución es digna de la Historia.

J.M., Historia de los gitanos, Imprenta de Antonio Bergnes, Barcelona, 1832.

sábado, 7 de abril de 2012

FOLLETT: Stephen King


Algunos escritores no soportan que otros vendan un montón de libros. Yo nunca lo he sentido así. Si Stephen King vende más libros que yo es porque es un escritor terroríficamente bueno. Tiene un estilo único, la manera en la que muestra las emociones está muy vívida y es muy convincente. Tiene un conocimiento muy profundo de ellas y de los hombres. Por tanto se merece vender un montón de copias. Pienso que si llego a escribir tan bien, venderé tanto como él.

El País, domingo 2 de marzo de 2008.

KING: El ganador

La muchedumbre gritaba a uno u otro, como si ellos pudiesen oírles. Unos gritaban el nombre de uno de los marchadores, y otros el de su contrincante, pero lo único que se entendía en el griterío era una cantinela de vamos, vamos, vamos. A mí me vapuleaban como si fuera un saco de patatas. Un tipo que estaba a mi lado se orinó encima o se masturbó bajo los pantalones.

Entonces pasaron justo delante de mí. Uno de los marchadores era un chico alto, fuerte y rubio que llevaba la camisa abierta. Una de las suelas de sus zapatos se había despegado, descosido o lo que fuera, y aleteaba con cada uno de sus pasos. El otro muchacho ni siquiera llevaba zapatos, sólo los pies envueltos en unos calcetines que le cubrían los tobillos, el resto de los calcetines se lo había tragado el asfalto, ¿comprendéis? Tenía los pies morados y podían apreciarse los vasos sanguíneos reventados bajo la piel. No creo que fuera consciente de ello desde hacía horas. Quizá después pudieran hacer algo para recuperarlos en algún hospital, no lo sé. Quizá...

Perdió el tipo grande y rubio. Lo vi todo. Acababan de pasar delante de mí y estaban apenas a unos metros. El chico levantó ambos brazos al aire, como si fuera Superman, pero en lugar de echar a volar cayó de bruces y le dieron el pasaporte al cabo de treinta segundos, porque ya llevaba tres avisos. Los dos tenían tres avisos.

A continuación la gente se puso a aplaudir y dar vítores. Gritaban y gritaban, y entonces el chico que había ganado abrió la boca e intentó decir algo, así que enmudecieron unos instantes. El chico había caído de rodillas, como si fuera a rezar, pero sólo estaba llorando. Se arrastró hasta el otro muchacho y hundió el rostro en el pecho del muerto. Empezó a decirle algo, pero no pudimos oírle. Hablaba con el rostro hundido en la camisa del chico rubio. Se dirigía al muerto. Entonces los soldados acudieron y le dijeron que había ganado el premio.

Stephen KING, La larga marcha, Plaza y Janés, Barcelona, 1998.

viernes, 6 de abril de 2012

LICHTENBERG: Secta de judíos



A fin de cuentas, no somos más que una secta de judíos.

Georg Christoph LICHTENBERG, Aforismos, Edhasa, Barcelona, 2006.

1 Corintios 15, 14

Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.

CANER: Satanás fue colocado en la cruz

Una cosa es absolutamente segura para el islam: Jesús no murió en la cruz. Aunque ninguno puede decir con confianza lo que en realidad sucedió, los musulmanes declaran con audacia lo que no sucedió. Las tradiciones musulmanas ofrecen numerosas explicaciones de lo que sucedió en el día de la crucifixión. Las tres más populares son las siguientes: Jesús se escondió mientras uno de sus compañeros murió en su lugar; Dios hizo que Judas Iscariote se asemejara a Jesús y tomara su lugar; Simón de Cirene reemplazó a Jesús antes de la crucifixión.

Quizá la historia más insólita dice que Satanás fue colocado él mismo en la cruz como castigo por su desobediencia.

Ergun Mehmet CANER, Emir Fethi CANER, Desenmascaremos el islam, Editorial Portavoz, Grand Rapids, 2002.

NATALE: Jesús no murió en la cruz


Jesús no murió en la cruz, sino que sobrevivió a la crucifixión gracias a misteriosos personajes y drogas que le permitieron reponerse para regresar a la India. Un suceso donde José de Arimatea tuvo un protagonismo muy destacado.

Tras lograr escapar de la crucifixión y tras dieciséis años de viaje, Jesús llegará a Cachemira. Pasará por Damasco, donde tendrá el peculiar encuentro con Saulo, luego se dirigirá a Andrapo, cerca del mar Negro, de ahí a Nisibis y Babilonia; luego a Afganistán, Taxila en Pakistán y finalmente Srinagar. En todo este largo recorrido irá dejando pistas y recuerdos de él y de los que le acompañaban.

David NATALE, ¿Vivió y murió Jesús en la India?, Robinbook, Barcelona, 2006.

jueves, 5 de abril de 2012

KING: Bloqueo de escritor

Creo que en una o en dos ocasiones me preguntó si estaba trabajando en un libro nuevo y me parece que le respondí... Y una mierda, eso es mentira, ¿vale? Una mentira tan arraigada que ahora incluso me la digo a mí mismo. Por supuesto que me lo preguntó, y yo siempre le decía que sí, que estaba trabajando en un libro nuevo y que iba bien, muy bien. Más de una vez hubiera querido decirle: "No puedo escribir dos párrafos seguidos sin quedarme física y mentalmente paralizado: mi ritmo cardíaco se duplica, luego se triplica, me cuesta respirar y empiezo a jadear; tengo la sensación de que los ojos me van a saltar de sus órbitas y a quedarse colgando sobre mis mejillas. Me siento como un claustrofóbico en un submarino que se hunde. Así es como me va, gracias por preguntar", pero nunca se lo dije. Yo no pido ayuda. Soy incapaz de pedir ayuda.

Stephen KING, Un saco de huesos, Plaza y Janés, Barcelona, 1999.

BARLEY: Una oportunidad de investigar


La posición sexual del investigador de campo ha sufrido una revisión radical en consonancia con las transformaciones de las costumbres sexuales de Occidente. Mientras que en la era colonial no estaba bien visto tener a miembros de otras razas —lo mismo que de otra clase social o religión— como pareja sexual, hoy día los límites son mucho menos estrictos. Resulta sorprendente el número de mujeres solas que en otro tiempo podían moverse libremente entre los salvajes, en gran medida debido a que tampoco ellas figuraban en el mapa sexual de los nativos. En la actualidad, no obstante, las cosas han cambiado bastante, y la mujer solitaria puede decirse que se ve obligada a tener relaciones sexuales con la gente objeto de estudio, como parte del nuevo concepto de aceptación. Cualquier mujer no acompañada que regresa sin experiencias tiende a suscitar comentarios de sorpresa y casi de reproche entre sus compañeros. Ha desaprovechado una oportunidad de investigar.

Nigel BARLEY, El antropólogo inocente, Anagrama, Barcelona, 1989.

miércoles, 4 de abril de 2012

VAIN: Hashima, the abandoned island










An abandoned city in Japan. Nature is coming back, destroying more and more of the concrete buildings. Hashima was known for its undersea coal mines. Mitsubishi bought the island in 1890. In 1960 the population reached about 5,000 inhabitants. Mitsubishi officially announced the closing of the mine in 1974.

http://romantic-ruins.blogspot.com

KING: Algunos consejos


Consejo número 6: Es conveniente avanzar al ritmo justo y con paso cómodo.

Consejo número 8: No molestes a los demás marchadores.

Consejo número 13: Conserva las energías siempre que sea posible.

Stephen KING, La larga marcha, Plaza y Janés, Barcelona, 1998.

BARLEY: El sistema escolar de Camerún


Las escuelas disponen de un increíble aparato burocrático para determinar qué alumnos deben ser expulsados, cuáles pasados al curso siguiente y cuáles obligados a repetir. La cantidad de tiempo invertido en el abstruso cálculo de promedios mediante fórmulas secretas es cuando menos igual al pasado en las aulas. Después de todo esto, el director puede añadir dos puntos más a todo el mundo si las notas le parecen demasiado bajas, o bien aceptar sobornos de un padre para cambiar la calificación de su hijo. También es posible que el gobierno decida que no necesita tantos estudiantes e invalide sus propios exámenes. En ocasiones todo se convierte en una mala farsa. Resulta imposible no sonreír al ver cómo unos gendarmes armados con ametralladoras custodian las preguntas sabiendo que el sobre que las contiene ha sido abierto por un hombre que se las vendió al mejor postor varios días antes.

Nigel BARLEY, El antropólogo inocente, Anagrama, Barcelona, 1989.

martes, 3 de abril de 2012

S.T.T.L. Antonio Mingote

HERVÁS: El socavón

Aprovechando el retraso del cadí, Ilias al-Hayyi repasó una vez más su estrategia acusatoria. Sin apartar la vista del pesado sello del plomo, comenzó a recitar mentalmente la exposición que llevaba semanas preparando. Al cadí no le gustaba que citaran a los doctores malikíes, por lo que Ilias, cuidadosamente, había evitado hacerlo. De pronto, se escuchó ruido en el pasillo. Su ayudante, que llevaba el grueso cartapacio con toda la jurisprudencia aplicable al caso, le avisó de que el cadí había llegado. El severo juez entró en la sala e inmediatamente todo el mundo quedó en silencio. El magistrado tenía el rostro enrojecido, cubierto de sudor. Procedan, le dijo al ujier. Éste se levantó y leyó vacilante los nombres del querellante y del querellado. Hablen, gritó el juez. Ilias se levantó y se aclaró la garganta: Su señoría, estamos aquí para pedir una indemnización por los daños sufridos por mi defendido, daños tanto físicos como morales. El camello del acusado… Ilias repitió su exposición sin titubeos. Desde luego, mencionó el socavón, que ayudó a que el incidente se agravara.

Francisco HERVÁS, El lagarto y otros cuentos de Auringis y de Yayyan, Editoral Almotacén, Córdoba, 2011.

XENOPHON: Triumph of the Holy Cross

The Triumph of the Holy Cross (1933) by the Spanish painter Marceliano Santa María (1866-1952).



The Battle of Las Navas de Tolosa took place in 1212 and was an important turning point in the medieval history of Spain. In 1211, the Almohad caliph, Muhammad al-Nasir, had invaded the Christian territory with a powerful army. He wanted to conquer Rome. The threat was so great for the Christian kingdoms that Pope Innocent III called European knights to a crusade. The Christians crossed the mountain range that defended the Almohad base. The Caliph had his tent surrounded with a bodyguard of negro warriors who were chained together as a defense. The Navarrese cavalry led by King Sancho VII broke through this bodyguard.

http://painting-history.blogspot.com

KING: Un saco de huesos


A veces intentaba escribir, y cada vez que lo hacía, me quedaba en blanco. En una ocasión, cuando traté de forzar un par de frases (cualquier frase, siempre que saliera recién horneada de mi propia cabeza), vomité en la papelera. Vomité y vomité hasta que creí morir... y tuve que arrastrarme, literalmente, para alejarme del escritorio y el ordenador, caminando a cuatro patas sobre la gruesa alfombra. Cuando llegué al otro extremo de la habitación, me sentía mejor. Hasta me atreví a mirar la pantalla del ordenador por encima del hombro. Pero no podía acercarme a él. Más tarde, ese mismo día, me aproximé con los ojos cerrados y lo apagué.

Durante aquellos últimos días del verano pensé una y otra vez en Dennison Carville, el profesor de creación literaria que me había puesto en contacto con Harold y que había condenado a dos en uno con sus tímidas alabanzas. En una ocasión Carville dijo algo que no he olvidado, atribuyéndoselo a Thomas Hardy, el novelista y poeta victoriano.

Puede que Hardy lo dijera, pero nunca encontré la cita, ni en Barlett's, ni en la biografía de Hardy que leí entre la publicación de Descenso desde la cima y Amenaza mortal.

Tengo la impresión de que la frase era del propio Carville, pero que se la atribuyó a Hardy para darle más peso. Me avergüenza decir que es un truco que yo mismo uso de vez en cuando.

En cualquier caso, me sorprendí pensando en esta cita muchas veces mientras luchaba contra el pánico que se apoderaba de mi cuerpo y contra mi parálisis cerebral, esa horrorosa sensación de estar encarcelado. Parecía condensar mi desesperación y la creciente certeza de que nunca volvería a escribir (qué tragedia, V. C. Andrews con polla vencido por el bloqueo del escritor). Era una cita que sugería que cualquier esfuerzo que hiciera para superar mi situación sería inútil, incluso si triunfaba.

Según el aguafiestas de Dennison Carville, el aspirante a novelista debía comprender desde el principio que los objetivos de la ficción estaban siempre fuera de su alcance, que su tarea era un ejercicio inútil. "Comparado con el hombre más vulgar que camina por la faz de la tierra y proyecta allí su sombra –dijo supuestamente Hardy–, el más brillante de los personajes de una novela no es más que un saco de huesos." Le entendí, porque así era como me sentía en esos interminables y deprimentes días: como un saco de huesos.

Stephen KING, Un saco de huesos, Plaza y Janés, Barcelona, 1999.

lunes, 2 de abril de 2012

LICHTENBERG: Aprender algún arte


Todos los grandes señores deberían, como los sultanes, aprender algún arte. Vivimos en tiempos extraños y nunca se sabe si algún día habrán de necesitarlo. El anterior emperador de Turquía tallaba muy bien arcos y flechas, y actual pinta muselina para mujeres.

Georg Christoph LICHTENBERG, Aforismos, Edhasa, Barcelona, 2006.

ROMERO: El francotirador



El soldado vio de nuevo al policía pedaleando por el accidentado carril. Lo que había ido a hacer, lo había hecho y regresaba. Apuntó cuidadosamente, aunque le costaba concentrarse. No se podía quitar de la cabeza todo lo que el disparo desencadenaría: el ministerio de Defensa diría que el policía se había acercado a la valla más de lo que marcaban las condiciones del armisticio; el ministerio del Ejército Popular vocearía su indignación por el incremento de la escalada militar en el Sur.

El soldado casi no se sorprendió cuando falló el primer disparo. Incluso sospechó que había querido fallar. Calculó que la bala había pasado a unos centímetros por detrás de la cabeza del policía, que ni siquiera había notado nada. Al menos seguía pedaleando voluntariosamente.

Esta vez apuntaría a la nariz. Preparó el arma y acarició el gatillo. Si fallase dos veces tendría que dar muchas explicaciones, no sólo al capitán Do Su-hui, su inmediato superior, sino también al comandante del distrito, el general Choi Yong-gui. Quizá le pidieran un informe por la bala perdida.

Aguantó el blanco durante diez segundos.

Plácido ROMERO, Fantasías bélicas, Diputación Provincial, Jaén, 2007.

domingo, 1 de abril de 2012

YOURCENAR: Como ellos

Soledad... Yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos aman... Moriré como ellos mueren.

Marguerite YOURCENAR, Fuegos, Alfaguara, Madrid, 1984.

BARLEY: Huevos en el país dowayo

Normalmente los dowayos no comen huevos; la idea les resulta algo repulsiva. “¿No sabe de dónde vienen?”, preguntaban. Los huevos no eran para comerlos sino para criar pollos. Así pues, muy amablemente, me traían huevos que habían tenido al sol durante un par de semanas a fin de que satisficiera con ellos mi enfermizo deseo. Comprobar si flotaban no siempre bastaba para identificar los que estaban malos; una vez han rebasado un determinado estado de putrefacción, empiezan a hundirse en el agua igual que los frescos. Mi esperanza de comerme un huevo se vio muchas veces truncada tras ir cascando uno tras otro y oliendo el denso hedor que despedía su interior azul verdoso.

Frente a la imposibilidad de comer productos de la tierra, decidí criar mis propias gallinas. Tampoco este intento tuvo éxito. Algunas las compré y otras me las dieron. Las gallinas dowayas son en general unos animalitos endebles; comérselos es como comerse una reproducción en plástico de un Tiger Moth. No obstante, respondieron a mi tratamiento. Las alimenté con arroz y gachas de avena, cosa que los dowayos, que no les daban nunca de comer, consideraron una enorme extravagancia. Un día empezaron a poner. Yo ya fantaseaba con poder tomar un huevo diario. Mientras estaba sentado en mi choza regocijándome por el festín que me iba a dar, apareció mi ayudante en la puerta con una expresión de orgullo en el rostro: “Patrón -exclamó-, acabo de darme cuenta de que las gallinas estaban poniendo huevos, así que las he matado antes de que perdieran toda la fuerza".

Nigel BARLEY, El antropólogo inocente, Anagrama, Barcelona, 1989.