Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."

sábado, 7 de abril de 2012

FOLLETT: Stephen King


Algunos escritores no soportan que otros vendan un montón de libros. Yo nunca lo he sentido así. Si Stephen King vende más libros que yo es porque es un escritor terroríficamente bueno. Tiene un estilo único, la manera en la que muestra las emociones está muy vívida y es muy convincente. Tiene un conocimiento muy profundo de ellas y de los hombres. Por tanto se merece vender un montón de copias. Pienso que si llego a escribir tan bien, venderé tanto como él.

El País, domingo 2 de marzo de 2008.

KING: El ganador

La muchedumbre gritaba a uno u otro, como si ellos pudiesen oírles. Unos gritaban el nombre de uno de los marchadores, y otros el de su contrincante, pero lo único que se entendía en el griterío era una cantinela de vamos, vamos, vamos. A mí me vapuleaban como si fuera un saco de patatas. Un tipo que estaba a mi lado se orinó encima o se masturbó bajo los pantalones.

Entonces pasaron justo delante de mí. Uno de los marchadores era un chico alto, fuerte y rubio que llevaba la camisa abierta. Una de las suelas de sus zapatos se había despegado, descosido o lo que fuera, y aleteaba con cada uno de sus pasos. El otro muchacho ni siquiera llevaba zapatos, sólo los pies envueltos en unos calcetines que le cubrían los tobillos, el resto de los calcetines se lo había tragado el asfalto, ¿comprendéis? Tenía los pies morados y podían apreciarse los vasos sanguíneos reventados bajo la piel. No creo que fuera consciente de ello desde hacía horas. Quizá después pudieran hacer algo para recuperarlos en algún hospital, no lo sé. Quizá...

Perdió el tipo grande y rubio. Lo vi todo. Acababan de pasar delante de mí y estaban apenas a unos metros. El chico levantó ambos brazos al aire, como si fuera Superman, pero en lugar de echar a volar cayó de bruces y le dieron el pasaporte al cabo de treinta segundos, porque ya llevaba tres avisos. Los dos tenían tres avisos.

A continuación la gente se puso a aplaudir y dar vítores. Gritaban y gritaban, y entonces el chico que había ganado abrió la boca e intentó decir algo, así que enmudecieron unos instantes. El chico había caído de rodillas, como si fuera a rezar, pero sólo estaba llorando. Se arrastró hasta el otro muchacho y hundió el rostro en el pecho del muerto. Empezó a decirle algo, pero no pudimos oírle. Hablaba con el rostro hundido en la camisa del chico rubio. Se dirigía al muerto. Entonces los soldados acudieron y le dijeron que había ganado el premio.

Stephen KING, La larga marcha, Plaza y Janés, Barcelona, 1998.

viernes, 6 de abril de 2012

LICHTENBERG: Secta de judíos



A fin de cuentas, no somos más que una secta de judíos.

Georg Christoph LICHTENBERG, Aforismos, Edhasa, Barcelona, 2006.

1 Corintios 15, 14

Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.

CANER: Satanás fue colocado en la cruz

Una cosa es absolutamente segura para el islam: Jesús no murió en la cruz. Aunque ninguno puede decir con confianza lo que en realidad sucedió, los musulmanes declaran con audacia lo que no sucedió. Las tradiciones musulmanas ofrecen numerosas explicaciones de lo que sucedió en el día de la crucifixión. Las tres más populares son las siguientes: Jesús se escondió mientras uno de sus compañeros murió en su lugar; Dios hizo que Judas Iscariote se asemejara a Jesús y tomara su lugar; Simón de Cirene reemplazó a Jesús antes de la crucifixión.

Quizá la historia más insólita dice que Satanás fue colocado él mismo en la cruz como castigo por su desobediencia.

Ergun Mehmet CANER, Emir Fethi CANER, Desenmascaremos el islam, Editorial Portavoz, Grand Rapids, 2002.

NATALE: Jesús no murió en la cruz


Jesús no murió en la cruz, sino que sobrevivió a la crucifixión gracias a misteriosos personajes y drogas que le permitieron reponerse para regresar a la India. Un suceso donde José de Arimatea tuvo un protagonismo muy destacado.

Tras lograr escapar de la crucifixión y tras dieciséis años de viaje, Jesús llegará a Cachemira. Pasará por Damasco, donde tendrá el peculiar encuentro con Saulo, luego se dirigirá a Andrapo, cerca del mar Negro, de ahí a Nisibis y Babilonia; luego a Afganistán, Taxila en Pakistán y finalmente Srinagar. En todo este largo recorrido irá dejando pistas y recuerdos de él y de los que le acompañaban.

David NATALE, ¿Vivió y murió Jesús en la India?, Robinbook, Barcelona, 2006.

jueves, 5 de abril de 2012

KING: Bloqueo de escritor

Creo que en una o en dos ocasiones me preguntó si estaba trabajando en un libro nuevo y me parece que le respondí... Y una mierda, eso es mentira, ¿vale? Una mentira tan arraigada que ahora incluso me la digo a mí mismo. Por supuesto que me lo preguntó, y yo siempre le decía que sí, que estaba trabajando en un libro nuevo y que iba bien, muy bien. Más de una vez hubiera querido decirle: "No puedo escribir dos párrafos seguidos sin quedarme física y mentalmente paralizado: mi ritmo cardíaco se duplica, luego se triplica, me cuesta respirar y empiezo a jadear; tengo la sensación de que los ojos me van a saltar de sus órbitas y a quedarse colgando sobre mis mejillas. Me siento como un claustrofóbico en un submarino que se hunde. Así es como me va, gracias por preguntar", pero nunca se lo dije. Yo no pido ayuda. Soy incapaz de pedir ayuda.

Stephen KING, Un saco de huesos, Plaza y Janés, Barcelona, 1999.

BARLEY: Una oportunidad de investigar


La posición sexual del investigador de campo ha sufrido una revisión radical en consonancia con las transformaciones de las costumbres sexuales de Occidente. Mientras que en la era colonial no estaba bien visto tener a miembros de otras razas —lo mismo que de otra clase social o religión— como pareja sexual, hoy día los límites son mucho menos estrictos. Resulta sorprendente el número de mujeres solas que en otro tiempo podían moverse libremente entre los salvajes, en gran medida debido a que tampoco ellas figuraban en el mapa sexual de los nativos. En la actualidad, no obstante, las cosas han cambiado bastante, y la mujer solitaria puede decirse que se ve obligada a tener relaciones sexuales con la gente objeto de estudio, como parte del nuevo concepto de aceptación. Cualquier mujer no acompañada que regresa sin experiencias tiende a suscitar comentarios de sorpresa y casi de reproche entre sus compañeros. Ha desaprovechado una oportunidad de investigar.

Nigel BARLEY, El antropólogo inocente, Anagrama, Barcelona, 1989.

miércoles, 4 de abril de 2012

VAIN: Hashima, the abandoned island










An abandoned city in Japan. Nature is coming back, destroying more and more of the concrete buildings. Hashima was known for its undersea coal mines. Mitsubishi bought the island in 1890. In 1960 the population reached about 5,000 inhabitants. Mitsubishi officially announced the closing of the mine in 1974.

http://romantic-ruins.blogspot.com

KING: Algunos consejos


Consejo número 6: Es conveniente avanzar al ritmo justo y con paso cómodo.

Consejo número 8: No molestes a los demás marchadores.

Consejo número 13: Conserva las energías siempre que sea posible.

Stephen KING, La larga marcha, Plaza y Janés, Barcelona, 1998.

BARLEY: El sistema escolar de Camerún


Las escuelas disponen de un increíble aparato burocrático para determinar qué alumnos deben ser expulsados, cuáles pasados al curso siguiente y cuáles obligados a repetir. La cantidad de tiempo invertido en el abstruso cálculo de promedios mediante fórmulas secretas es cuando menos igual al pasado en las aulas. Después de todo esto, el director puede añadir dos puntos más a todo el mundo si las notas le parecen demasiado bajas, o bien aceptar sobornos de un padre para cambiar la calificación de su hijo. También es posible que el gobierno decida que no necesita tantos estudiantes e invalide sus propios exámenes. En ocasiones todo se convierte en una mala farsa. Resulta imposible no sonreír al ver cómo unos gendarmes armados con ametralladoras custodian las preguntas sabiendo que el sobre que las contiene ha sido abierto por un hombre que se las vendió al mejor postor varios días antes.

Nigel BARLEY, El antropólogo inocente, Anagrama, Barcelona, 1989.

martes, 3 de abril de 2012

S.T.T.L. Antonio Mingote

HERVÁS: El socavón

Aprovechando el retraso del cadí, Ilias al-Hayyi repasó una vez más su estrategia acusatoria. Sin apartar la vista del pesado sello del plomo, comenzó a recitar mentalmente la exposición que llevaba semanas preparando. Al cadí no le gustaba que citaran a los doctores malikíes, por lo que Ilias, cuidadosamente, había evitado hacerlo. De pronto, se escuchó ruido en el pasillo. Su ayudante, que llevaba el grueso cartapacio con toda la jurisprudencia aplicable al caso, le avisó de que el cadí había llegado. El severo juez entró en la sala e inmediatamente todo el mundo quedó en silencio. El magistrado tenía el rostro enrojecido, cubierto de sudor. Procedan, le dijo al ujier. Éste se levantó y leyó vacilante los nombres del querellante y del querellado. Hablen, gritó el juez. Ilias se levantó y se aclaró la garganta: Su señoría, estamos aquí para pedir una indemnización por los daños sufridos por mi defendido, daños tanto físicos como morales. El camello del acusado… Ilias repitió su exposición sin titubeos. Desde luego, mencionó el socavón, que ayudó a que el incidente se agravara.

Francisco HERVÁS, El lagarto y otros cuentos de Auringis y de Yayyan, Editoral Almotacén, Córdoba, 2011.

XENOPHON: Triumph of the Holy Cross

The Triumph of the Holy Cross (1933) by the Spanish painter Marceliano Santa María (1866-1952).



The Battle of Las Navas de Tolosa took place in 1212 and was an important turning point in the medieval history of Spain. In 1211, the Almohad caliph, Muhammad al-Nasir, had invaded the Christian territory with a powerful army. He wanted to conquer Rome. The threat was so great for the Christian kingdoms that Pope Innocent III called European knights to a crusade. The Christians crossed the mountain range that defended the Almohad base. The Caliph had his tent surrounded with a bodyguard of negro warriors who were chained together as a defense. The Navarrese cavalry led by King Sancho VII broke through this bodyguard.

http://painting-history.blogspot.com

KING: Un saco de huesos


A veces intentaba escribir, y cada vez que lo hacía, me quedaba en blanco. En una ocasión, cuando traté de forzar un par de frases (cualquier frase, siempre que saliera recién horneada de mi propia cabeza), vomité en la papelera. Vomité y vomité hasta que creí morir... y tuve que arrastrarme, literalmente, para alejarme del escritorio y el ordenador, caminando a cuatro patas sobre la gruesa alfombra. Cuando llegué al otro extremo de la habitación, me sentía mejor. Hasta me atreví a mirar la pantalla del ordenador por encima del hombro. Pero no podía acercarme a él. Más tarde, ese mismo día, me aproximé con los ojos cerrados y lo apagué.

Durante aquellos últimos días del verano pensé una y otra vez en Dennison Carville, el profesor de creación literaria que me había puesto en contacto con Harold y que había condenado a dos en uno con sus tímidas alabanzas. En una ocasión Carville dijo algo que no he olvidado, atribuyéndoselo a Thomas Hardy, el novelista y poeta victoriano.

Puede que Hardy lo dijera, pero nunca encontré la cita, ni en Barlett's, ni en la biografía de Hardy que leí entre la publicación de Descenso desde la cima y Amenaza mortal.

Tengo la impresión de que la frase era del propio Carville, pero que se la atribuyó a Hardy para darle más peso. Me avergüenza decir que es un truco que yo mismo uso de vez en cuando.

En cualquier caso, me sorprendí pensando en esta cita muchas veces mientras luchaba contra el pánico que se apoderaba de mi cuerpo y contra mi parálisis cerebral, esa horrorosa sensación de estar encarcelado. Parecía condensar mi desesperación y la creciente certeza de que nunca volvería a escribir (qué tragedia, V. C. Andrews con polla vencido por el bloqueo del escritor). Era una cita que sugería que cualquier esfuerzo que hiciera para superar mi situación sería inútil, incluso si triunfaba.

Según el aguafiestas de Dennison Carville, el aspirante a novelista debía comprender desde el principio que los objetivos de la ficción estaban siempre fuera de su alcance, que su tarea era un ejercicio inútil. "Comparado con el hombre más vulgar que camina por la faz de la tierra y proyecta allí su sombra –dijo supuestamente Hardy–, el más brillante de los personajes de una novela no es más que un saco de huesos." Le entendí, porque así era como me sentía en esos interminables y deprimentes días: como un saco de huesos.

Stephen KING, Un saco de huesos, Plaza y Janés, Barcelona, 1999.

lunes, 2 de abril de 2012

LICHTENBERG: Aprender algún arte


Todos los grandes señores deberían, como los sultanes, aprender algún arte. Vivimos en tiempos extraños y nunca se sabe si algún día habrán de necesitarlo. El anterior emperador de Turquía tallaba muy bien arcos y flechas, y actual pinta muselina para mujeres.

Georg Christoph LICHTENBERG, Aforismos, Edhasa, Barcelona, 2006.

ROMERO: El francotirador



El soldado vio de nuevo al policía pedaleando por el accidentado carril. Lo que había ido a hacer, lo había hecho y regresaba. Apuntó cuidadosamente, aunque le costaba concentrarse. No se podía quitar de la cabeza todo lo que el disparo desencadenaría: el ministerio de Defensa diría que el policía se había acercado a la valla más de lo que marcaban las condiciones del armisticio; el ministerio del Ejército Popular vocearía su indignación por el incremento de la escalada militar en el Sur.

El soldado casi no se sorprendió cuando falló el primer disparo. Incluso sospechó que había querido fallar. Calculó que la bala había pasado a unos centímetros por detrás de la cabeza del policía, que ni siquiera había notado nada. Al menos seguía pedaleando voluntariosamente.

Esta vez apuntaría a la nariz. Preparó el arma y acarició el gatillo. Si fallase dos veces tendría que dar muchas explicaciones, no sólo al capitán Do Su-hui, su inmediato superior, sino también al comandante del distrito, el general Choi Yong-gui. Quizá le pidieran un informe por la bala perdida.

Aguantó el blanco durante diez segundos.

Plácido ROMERO, Fantasías bélicas, Diputación Provincial, Jaén, 2007.

domingo, 1 de abril de 2012

YOURCENAR: Como ellos

Soledad... Yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos aman... Moriré como ellos mueren.

Marguerite YOURCENAR, Fuegos, Alfaguara, Madrid, 1984.

BARLEY: Huevos en el país dowayo

Normalmente los dowayos no comen huevos; la idea les resulta algo repulsiva. “¿No sabe de dónde vienen?”, preguntaban. Los huevos no eran para comerlos sino para criar pollos. Así pues, muy amablemente, me traían huevos que habían tenido al sol durante un par de semanas a fin de que satisficiera con ellos mi enfermizo deseo. Comprobar si flotaban no siempre bastaba para identificar los que estaban malos; una vez han rebasado un determinado estado de putrefacción, empiezan a hundirse en el agua igual que los frescos. Mi esperanza de comerme un huevo se vio muchas veces truncada tras ir cascando uno tras otro y oliendo el denso hedor que despedía su interior azul verdoso.

Frente a la imposibilidad de comer productos de la tierra, decidí criar mis propias gallinas. Tampoco este intento tuvo éxito. Algunas las compré y otras me las dieron. Las gallinas dowayas son en general unos animalitos endebles; comérselos es como comerse una reproducción en plástico de un Tiger Moth. No obstante, respondieron a mi tratamiento. Las alimenté con arroz y gachas de avena, cosa que los dowayos, que no les daban nunca de comer, consideraron una enorme extravagancia. Un día empezaron a poner. Yo ya fantaseaba con poder tomar un huevo diario. Mientras estaba sentado en mi choza regocijándome por el festín que me iba a dar, apareció mi ayudante en la puerta con una expresión de orgullo en el rostro: “Patrón -exclamó-, acabo de darme cuenta de que las gallinas estaban poniendo huevos, así que las he matado antes de que perdieran toda la fuerza".

Nigel BARLEY, El antropólogo inocente, Anagrama, Barcelona, 1989.

sábado, 31 de marzo de 2012

SZYMBORSKA: Mensaje en una botella

Cuando sacó las redes, el joven pescador encontró entre los peces que se debatían una botella. Muy contento, regresó a tierra y, después de vender lo poco que había pescado, se dirigió a la taberna del puerto. Allí entregó la botella a un viejo pescador, que hacía años que no salía al mar. Éste la abrió y encontró dentro un papel, y en el papel, estas palabras borrosas: "¡Socorro! ¡Estoy aquí! El océano me arrojó a una isla desierta. Estoy en la orilla y espero ayuda. ¡Dense prisa! ¡ESTOY AQUÍ!"

-No tiene fecha. Seguramente es ya demasiado tarde. La botella pudo haber flotado mucho tiempo -dijo el viejo pescador.

-Y el lugar no está indicado. Ni siquiera se sabe en qué océano se encuentra la isla -apuntó el tabernero.

-Ni demasiado tarde ni demasiado lejos. La isla Aquí está en todos lados -dijo el pescador joven, que soñaba con magníficas aventuras.

Los tres hombres comenzaron a discutir, sin ponerse de acuerdo.

Wisława SZYMBORSKA, Mensaje en una botella.

viernes, 30 de marzo de 2012

PROCOPIO: El origen de la desesperación

Los hombres que son tratados injustamente acostumbran a caer en la desesperación.

Procopio de Cesárea, Historia secreta, Gredos, Madrid, 2000.

JAYAM: El pasado es un cadáver que debes sepultar

Dirige la mirada a tu alrededor: no verás sino desolación y angustia.
Tus mejores amigos han muerto y la tristeza es tu sola compañía.
Mas levanta la cabeza y extiende tus manos: coge todo lo que desees
y puedas conseguir. El pasado es un cadáver que debes sepultar.

Omar JAYAM, Rubaiyat, Esplandián Editores, Madrid, 1998.

PUZO: El delito es bueno para América


No pretendo dar lecciones de moral. Intento, únicamente, buscar el por qué de ciertas cosas. Si la delincuencia es buena para América, ¿qué ocurre? ¿Cómo podemos adaptarnos a una sociedad que permite a los fabricantes de cigarrillos introducir el cáncer en la garganta de cien millones de americanos? ¿Cómo podemos adaptarnos a una sociedad que posee los medios para fabricar máquinas purificadoras de la sangre que salvarían la vida de millares de enfermos del riñón, pero prefiere gastar su dinero en nuevos bombarderos? ¿Cómo podemos adaptarnos a una sociedad en la que los industriales venden píldoras deformantes, y luego, para proteger su inversión, hacen lo imposible por evitar la intervención del gobierno? ¿Cómo podemos adaptarnos a una sociedad que recluta hombres para hacer la guerra, y permite, al mismo tiempo, que sus hombres de negocios se beneficien del derramamiento de sangre? ¿Cómo podemos adaptarnos a una sociedad cuyo jefe supremo admite haber mentido a sus compatriotas, y al mundo entero, en una acción que pudo haber provocado una guerra atómica? Estas páginas no son una denuncia, no son un tratado de moral. Tales delitos son inevitables. Pero, a medida que la sociedad se va haciendo más criminal, el ciudadano bien adaptado, por definición, debe hacerse más criminal también. Y ahora vamos a dar el paso final. ¿No es deber de todo americano el vivir tan egoísta y deshonestamente como le sea posible? ¿Qué otra cosa puede hacer para que las ruedas de la industria no se detengan? El hombre de negocios perverso y malintencionado, que lucha por los beneficios con la misma ferocidad que emplea un tiburón para capturar a un hombre caído al mar, ¿ha estado haciendo siempre lo más conveniente? ¿Puede ser cierto que lo que es bueno para la General Motors es bueno para América? ¿Es que la carretera que conduce a la vida feliz está pavimentada con mentiras, robos y estafas? En nuestra sociedad, la respuesta debe ser afirmativa. Y es por ello que el delito es bueno para América. Para los discrepantes existe sólo una alternativa. La de que la sociedad, embozada en los ropajes de la ley, enmascarada por la religión, armada con una autoridad nacida en los comienzos de la historia, es, por sí misma, la gran criminal de la humanidad.

Mario PUZO, Los documentos de El Padrino, Grijalbo, Barcelona, 1973.

jueves, 29 de marzo de 2012

BARLEY: Fernando Poo y los bubis


Me hablaron de los bubis de Fernando Poo. Para quienes no han tenido nunca contacto con Fernando Poo, diré que se trata de una isla situada frente a la costa occidental de África; antigua colonia española, forma hoy parte de Guinea Ecuatorial. Empecé a husmear en la bibliografía. Todos los autores mostraban la misma actitud desfavorable respecto de Fernando Poo y los bubis. Los británicos lo despreciaban por ser un lugar “donde es muy probable que a media tarde uno se encuentre a un desaliñado funcionario español todavía en pijama”, y se extendían nostálgicamente en consideraciones sobre el tórrido y fétido ambiente y las numerosas enfermedades a las que ofrecía refugio. Los exploradores alemanes del siglo XIX menospreciaban a los indígenas por degenerados. Mary Kingsley decía de la isla que ofrecía las mismas posibilidades que un montón de carbón. Richard Burton, por lo visto, había dejado pasmado a todo el mundo vendo allí y volviendo vivo. En resumen, una perspectiva deprimente. Por suerte para mí, o eso creí yo entonces, el dictador local inició una política de matanzas de la oposición, utilizando e! término en sentido amplio. Ya no podía ir a Fernando Poo.

Nigel BARLEY, El antropólogo inocente, Anagrama, Barcelona, 1989.

MORAGÓN: Parte de baja

–¿Qué quieres?

Siempre aquella brusquedad.

–Venía a recoger el parte de baja.

–¿A qué nombre?

Le das tu nombre.

Busca en una carpeta de bordes ennegrecidos. Saca una decena de partes de baja y comienza a pasarlos despacio.

–¿Me repites el apellido?

No consigue encontrarlo.

–¿Quién es tu médico?

Se lo dices.

–No ha entregado todavía las bajas –parece pensar–. Pásate a las diez o a las diez y media.

Falta casi una hora. Has salido de casa sin desayunar, de modo que vas a la cafetería del París. En los ochenta había unos recreativos. Observabas a Emilio jugar continuamente al comecocos y a Jaime, enfrentado a decenas de aviones japoneses que disparaban inútiles proyectiles, dirigirse a un desafortunado portaaviones de la Flota Combinada, el Hiryu quizá, y enviarlo a las profundidades del Pacífico.

Ahora, el París se ha convertido en una sala de tragaperras. La antigua agente de Círculo trabajó aquí durante un tiempo. La estrecha camiseta negra del uniforme le aseguraba el éxito entre algunos clientes, que se empeñaban en conseguir algo más de ella. No les presta atención. Un día sorprendiste una conversación con una amiga. Pensaste que había escogido ese trabajo para poder blandirlo en su currículum de escritora de cuentos. Hablaban de argumentos carverianos. A ti ni siquiera se te ha ocurrido preguntarle por qué ha dejado de ser agente de Círculo. Seguro que esperaba, para adquirirlas, las novedades de narrativa española. Tu agente actual, en cambio, está abonado a la biblioteca de Iker Jiménez.

Pides un café con la leche templada y consigues un periódico. Las páginas están arrugadas y manchadas de café. Lo lees como quien lee un texto sagrado. Despacio. Muy despacio.

Raúl MORAGÓN, La batalla de Bailén, Editorial Almotacén, Córdoba, 2009.

miércoles, 28 de marzo de 2012

CHÉJOV: Evitaba conversar

Los habitantes de la ciudad, con sus conversaciones, opiniones sobre la vida y hasta por sus caras lo irritaban. Poco a poco, la experiencia le enseñó que las personas, mientras uno juegue a las cartas o tome un trago con ellas, parecen gente pacífica, bondadosa y hasta inteligente, pero basta con tocar algún tema que no sea de comida, por ejemplo, de política o de ciencia, para que se metan en disquisiciones inútiles y desplieguen una filosofía tan torpe y malvada que a uno lo único que le queda es o echarse a llorar o irse por donde ha venido. Cuando Stártsev intentaba hablar incluso con personas de talante liberal, por ejemplo, de que, gracias a Dios, la humanidad avanza y que con el tiempo ésta prescindirá de los pasaportes y de la pena de muerte, el hombre se le quedaba mirando y preguntaba con desconfianza: "¿O sea que, entonces, todo el mundo podrá romperle la cabeza a quien le parezca?" Y cuando Stártsev decía en un grupo -durante alguna cena o un té- que hacía falta trabajar, que no se podía vivir sin trabajar, entonces todos se lo tomaban como una alusión personal, se enfadaban y se ponían a discutir agresivos. Por lo demás, la gente no hacía nada, decididamente nada, no se interesaba por nada y por mucho que se esforzara uno, no podía ingeniarse un tema de conversación con ella. Así que Stártsev evitaba conversar.

Antón CHÉJOV, Cuentos completos, Esplandián Editores, Madrid, 1995.

HERVÁS: La rata


Esta noche, algo apareció encima de mi cama. Me despertó un dolor inmenso en la mano derecha, algo me estaba mordiendo con saña. Me moví sobresaltado y lo que fuera que me estaba atacando, también se sobresaltó y salió huyendo. Saqué del cajón de la mesita de noche la linterna e iluminé la cama, el suelo, la pared. La rejilla del aire acondicionado se había movido: de allí procedía el bicho.

Cerré la rejilla y traté de asegurarla, aunque sabía que no podría sellarla hasta el amanecer. De vez en cuando se escuchaba un ruido en el interior del piso: uñas rascando el parqué.

Estuve a punto de volver a la cama y meterme bajo las sábanas, pero finalmente prefería dar una vuelta. Nunca había pensado que pudiera tener problemas con las ratas. Si accedía a la despensa, su voracidad le haría acabar con mis reservas de comida, tan celosamente atesoradas, aunque supongo que sus dientes no podrán nada con las latas. En la cocina comprobé las puertas de los muebles: estaban bien cerradas. Estuve a punto de dejar abierta la puerta del balcón, invitarle a escapar por allí, pero acabé dejándola bien cerrada: sólo podía encontrarme por la mañana que había entrado otro bicho.

Me di una vuelta por el piso, pero no escuché nada. Como mi mano sangraba, saqué el botiquín. Me eché mercromina y me puse un esparadrapo. Por alguna razón, la herida comenzó a dolerme de verás. Temí que la rata me hubiera infectado la enfermedad: aquellos dientes habían roído decenas de cadáveres.

Me acosté y me eché la sábana por encima de la cabeza, como si eso pudiera mantenerme a salvo.

Cuando desperté, tuve una premonición terrible. Recorrí todas las habitaciones, miré las puertas de los armarios de la cocina: todo parecía estar en orden. La botella de agua que tengo en la cocina estaba casi vacía, por lo que fui a llenarla a la bañera.

Allí, flotando muerta, hinchada, había una rata.

Francisco HERVÁS, Maldito baile de muertos, Editoral Almotacén, Córdoba, 2012.

LECKIE: Mi último acto bélico


Por última vez, me volví hacia el enemigo.

A unos cien metros, un proyectil estalló delante de mí.

Giré a la derecha.

Otro proyectil estalló delante.

Volví a girar.

Otro proyectil. Otro. Pero más cerca. Cuatro más. Otro, aún más cerca. Me detuve. Un hecho aterrador quedó claro. ¡Me había situado entre la artillería enemiga y su blanco! Estaban buscando algo, quizás el depósito de municiones que tenía detrás, y movían su fuego en esa dirección.

No había ningún refugio. Avanzar era morir. Sólo podía huir de esa muerte que se acercaba saliendo de la zona de blanco antes de que me alcanzaran.

Me di la vuelta y eché a correr.

Corrí con el calor titilando en oleadas desde el coral, con el sudor engrasando mis articulaciones y el miedo que me secaba la boca, con las bombas explotando detrás de mí, cerca, cada vez más cerca, y el aire lleno de las furiosas voces de la metralla que exigían cobrarse mi vida. Corrí con una imagen en la mente del artillero japonés en lo alto de su risco, acercando cuidadosamente cada ráfaga a mi espalda, persiguiéndome por aquel caliente llano en un monstruoso juego del gato y el ratón, alegre de cada estallido de velocidad causado por una explosión más cercana… y luego, cansado del deporte, alzando el cañón y lanzando un proyectil delante de mí.

Una bomba cayó a mi lado, a unos cinco palmos de distancia, pero no explotó o, al menos, no creo que lo hiciera. En momentos así no puedes estar seguro: con el miedo, el tiempo y el espacio son distintos. Pero allí estaba el proyectil, una masa de dos palmos de rojo ardiente que golpeó el coral con un trueno y luego pareció rebotar en el aire para ir a perderse gimiendo en la bahía.

Entonces el artillero japonés alcanzó su objetivo. El depósito de municiones.

La guerra terminó para mí. Estaba destrozado. Inútil, un cascarón seco. La guerra moderna había podido conmigo. Un gigantesco exprimidor de limones me había secado. Conmoción, calor, sed, tensión… todo había podido conmigo.

Robert LECKIE, Mi casco por almohada, Marlow, Barcelona, 2011.

martes, 27 de marzo de 2012

CRICHTON: Sendos Rolex, voluminosos y macizos

Chris pasó el rato tratando de cruzar una mirada con Kate. A la luz de las velas, sus facciones angulosas -que a pleno sol ofrecían un perfil muy acusado, incluso severo- se atenuaban notablemente. De improviso, la encontraba atractiva.

Pero ella no lo miraba. Tenía puesta toda la atención en sus dos amigos, los agentes de bolsa. Típico, pensó Chris. Dijeran lo que dijesen, las mujeres sólo sentían atracción por los hombres con dinero y poder. Incluso tratándose de un par de sujetos vulgares y desquiciados como aquéllos.

Sin darse cuenta, Chris se concentró en sus relojes. Los dos agentes de bolsa lucían sendos Rolex, voluminosos y macizos, con las cadenas muy holgadas, de modo que colgaban de la muñeca y se deslizaban pesadamente arriba y abajo como pulseras de mujer. Era un signo de indiferencia y riqueza, una informal dejadez que inducía a pensar que vivían en vacaciones permanentes. Ese detalle le molestó.

Cuando uno de ellos empezó a juguetear con su reloj, haciéndolo girar en torno a la muñeca, Chris vio colmada su paciencia. De pronto se levantó, pretextó entre dientes que tenía que volver al yacimiento, y se marchó rue Tourny abajo en dirección al aparcamiento situado en la periferia del barrio antiguo.

Michael CRICHTON, Rescate en el tiempo (1999-1357), Plaza y Janés, Barcelona, 2000.

TEULÉ: Para qué sirve un teléfono

Estoy sola contra el mundo, soy una incomprendida, y mi madre es una verdadera nulidad. Me ha confiscado el teléfono móvil simplemente porque he sobrepasado un poco las horas establecidas en el contrato. Y digo yo, ¿para qué sirve un teléfono si no puedes usarlo para llamar cuando quieras? Estoy harta. Si tuviera un contrato de cincuenta horas, no las habría sobrepasado... En realidad, está celosa porque no tiene a nadie a quien llamar, así que se venga con su hija: "¡Bla-bla-bla, bla-bla-bla...! ¿Por qué te pasas horas hablando por teléfono con Nadège? Ve a verla, vive enfrente." O sea, que no tengo derecho a quedarme en mi habitación, ¿es eso?. ¿Por qué tengo que salir? No quiero ver el sol, esa ridícula estrella. El sol no sirve para nada... Mi madre no se da cuenta del tiempo que necesito para vestirme, peinarme y maquillarme antes de salir. ¡No voy a pasarme la vida delante del espejo, pudiendo telefonear!

Jean TEULÉ, La tienda de los suicidas, Zeta Bolsillo, Barcelona, 2007.

SCHLUMPF: Jednoosobowy


Song-ti tu mò khiung-yong ke chûng-kau tî-tú yû mò khiung-yong ke yi-sṳ. Az isten fogalma azon természetfeletti lényt vagy lényeket jelenti. Châque sujet d'la vie dévthait êt' gouvèrné par un dgieu. Ofte oni distingas inter politeismaj religioj, kiuj konas plurajn diojn, kaj la monoteismaj religioj, kiuj akceptas la ekziston de nur unu dio. Uskonnot voidaan jaotella sen mukaan, kuinka montaa jumalaa tai jumalatarta ne palvovat. En la kosmologio de monoteismaj religioj, politeismaj dioj kun siaj diversaj funkcioj iĝas ofte atributoj de la ununura dio, aŭ malplialte situanta supernaturaj estaĵoj kiel anĝeloj aŭ Sanktuloj. On Cristendōme God is gelīefed tō wesenne se wyrhta ǣghwæs. Kuna Mwari mumwechete, musiki wezvese zwakasikwa, wakarurama zvisina magumo, ane hupenyu husingaperi, achizviratidza muhutatu; Mwari Baba, Mwari Mwanakomana, neMweya Mutsvene. Basantsi su la Biblie a puartin validis resons par crodi inte so esistence. Diu hè aspessu cunsideratu cume u creatore di u mondu. Teologii anu datu assai attributi à e cuncezzione di Diu. A più cumuna hè quella di l'onniscienza, di l'onniputenzia, l'onnipresenzia è l'onnibenevulenza, a simplicità divina, è l'esistenza necessaria. Uzskatu, ka dievs radīja pasauli, taču tālākajā pasaules ritējumā neiejaucas, sauc par deismu. Diu, à volte, hè statu descrittu cume incorpurale, è a surgente di ogni obligazione morala. Duw yw an hanow a nerth dres natur yn lies kryjyans. Quessi atributi sò tutti più o menu ammissi da u ghjudaisimu, u cristianisimu è l'islamu. Was ganz was åndas is de Frag, wea oder wia oder wås Gott eigntli is. Glactar leis go bhfuil Sé uilechumhachtach uilefheasach, is é sin, gur féidir Leis súil a choinneáil ar imeachtaí an tsaoil go léir, A rogha cuma a chur orthu agus A rogha cor a chur i do chinniúint. Dius tamien ten sido cumprendido cumo sendo ancorpóreo, un ser cun personalidade debina, la fuonte de to la oubrigaçon moral. Dyus icha Diyus nisqaqa hatun kamaq, tukuy imappas tukuy runappas tukuy pachappas ruraqnin niyta munan. Die naam van God soos geopenbaar in die Bybel. Iñiq runaqa dyusninta icha dyusninkunata yupaychanmi. Postulan que Dios es justo. Multa religii kredas ke Deo kreis la mondo.

Alain SCHLUMPF, El experimento de Babel, Esplandián Editores, Madrid, 2003.

lunes, 26 de marzo de 2012

VAIN: Luther








Luther is a British crime television series. John Luther, the main character, is a Detective Chief Inspector working for the Serious and Serial Crime Unit. The series was filmed in a ruinous and hurtfully unwholesome London.

http://romantic-ruins.blogspot.com

HARFORD: Unos pocos con mucho que ganar


La extraña lógica de la política racional supone la explotación de los muchos por parte de los pocos, porque unos pocos ciudadanos —cada uno con mucho que ganar— lucharán, harán campaña y presionarán mucho más fuerte que millones de ciudadanos con muy poco que perder.

Tim HARFORD, La lógica oculta de la vida, Temas de Hoy, Barcelona, 2008.

domingo, 25 de marzo de 2012

S.T.T.L. Antonio Tabucchi



Procuremos en todo caso esforzarnos por recorrer nuestro camino con paso sereno. Pero sin renunciar a la obstinación de encender nuestra pequeña cerilla para que brille algo de luz aunque sople el viento. Mientras nos queden cerillas.

Antonio TABUCCHI, La gastritis de Platón, Anagrama, Barcelona, 1999.

LICHTENBERG: Mayoría de votos


El bienestar del muchos países se decide por mayoría de votos, pese a que todo el mundo reconoce que hay más gente mala que buena.

Georg Christoph LICHTENBERG, Aforismos, Edhasa, Barcelona, 2006.

GRANDES: Leer a Verne

Muchas veces, las novelas de Verne también eran el pretexto que me consentía empezar a preguntar sobre lo que no sabía, historia, geografía, física, los sextantes, los globos aerostáticos, los submarinos, las rutas de navegación, las proezas de los descubridores, las rutinas de los laboratorios, el origen asombroso, frenético y cambiante de todos aquellos científicos locos y cuerdos a la vez que acertaban al equivocarse, al cometer largas cadenas de errores que les iban aproximando poco a poco, por caminos insospechados, a los grandes hallazgos de sus vidas. Así, aquellos libros me irían llevando hacia otros libros, otros autores a quienes leería con la misma avidez, porque me descubrían mundos distintos pero igual de fascinantes, que terminaba de explorar haciendo preguntas sobre asuntos cuya existencia había ignorado siempre, a una mujer que siempre sabía cómo contestarme.

Almudena GRANDES, El lector de Julio Verne, Tusquets, Barcelona, 2012.

sábado, 24 de marzo de 2012

VOLTAIRE: Nueva Zelanda


Recibimos la noticia del descubrimiento de Nueva Zelanda. Es un país inmenso, inculto, espantoso, poblado por unos cuantos antropófagos que, salvo por esta costumbre de comerse a los hombres, no son peores que nosotros.

VOLTAIRE, Sarcasmos y agudezas, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

PIGLIA: La teoría del iceberg de Hemingway


Leo en el Diario de Brecht (9-8-1940). “Sobre la concisión del estilo clásico: si en una página omito lo suficiente, estoy reservando para una sola palabra —por ejemplo, la palabra noche, en la frase — el valor equivalente a lo que he dejado afuera en la imaginación del lector”. Idéntica a la teoría del iceberg de Hemingway: solo que en el caso de Brecht se deja afuera lo que el lector conoce y en el caso de Hemingway se deja afuera lo que el lector no conoce.

En París era una fiesta refiriéndose a uno de sus primeros cuentos, escribe Hemingway: “En una historia muy simple llamada Out of Season (Fuera de temporada) omití el verdadero final en que el viejo se ahorcaba. Lo omití basándome en mi teoría de que se puede omitir cualquier cosa si se sabe qué omitir y que la parte omitida refuerza la historia y hace al lector sentir algo más de lo que ha comprendido”.

El cuento de Walsh Esa mujer pertenece a la primera categoría. Todos los lectores —argentinos— saben que la mujer, a la que nunca se nombra, es Eva Perón. En cambio La siesta del martes de García Márquez pertenece a la segunda. No se narra la escena central —con la mujer que va con su hija al cementerio bajo la mirada acusadora del pueblo— y el lector debe imaginarla. En los dos casos lo que se sustrae define la historia.

Ricardo PIGLIA, La marea baja.

El País, sábado 24 de marzo de 2012.


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LICHTENBERG: Un libro que ningún hombre pudiera leer

Quisiera saber quién me impediría escribir un libro que ningún hombre pudiera leer.

Georg Christoph LICHTENBERG, Aforismos, Edhasa, Barcelona, 2006.

LECKIE: Nueva Bretaña


Era la jungla y no los japoneses nuestro adversario. La hinchazón de mis labios y mis ojos simbolizó el misterio y el veneno de aquella isla terrible. Misteriosa… quizá quiero decir que Nueva Bretaña era maligna, oscura y secretamente maligna, malhechora y enemiga de la humanidad, una adversaria en realidad, que disolvía, corroía, envenenaba, helaba, sorbía, empapaba y atacaba a un hombre con sus brumas veloces y su moho verde y sus incesantes aguaceros, poniéndole zancadillas con sus innumerables raíces y enredaderas, envenenándolo con sus insectos verdes y sus bichos malolientes y las traicioneras cortezas de sus árboles, arrancando el sol de sus huesos y la alegría de su corazón, disolviéndolo… La lluvia, el moho, la humedad sorbían firmemente cada célula como manos diminutas que arrancaran los pétalos de una flor, disolviéndolo, digo, en un informe fluido sin mente como el barro donde los pies caían continuamente en un monótono golpeteo de succión que es el sonido de la nada, el sonido de la jungla donde todo se hace pedazos en hueca armonía con la lluvia.

Nada podía enfrentarse con aquello: una carta que llegara de casa tenía que ser leída y releída y memorizada, pues se hacía pedazos en tu bolsillo en menos de una semana; un par de calcetines no duraban mucho más; un paquete de cigarrillos se empapaba y estropeaba a menos que te lo fumaras en el día; las hojas de las navajas se oxidaban y pegaban; los relojes marcaban el momento de su propio deterioro; la lluvia convertía la comida en basura; los lápices se hinchaban y reventaban; las plumas se atascaban y sus puntas se separaban; los cañones de los fusiles se volvían azules de moho y había que llevarlos colgados boca abajo para protegerlos de la lluvia; las balas se quedaban pegadas en los cargadores y los ametralladores tenían que repasar sus cinturones diariamente, extrayendo, engrasando y reinsertando las balas para impedir que se pegaran a las presillas. Y todo era húmedo y estaba empapado y pegajoso al contacto, exudando ese firme olor a humedad de la jungla, ese olor característico de deterioro que se alza de una vegetación tan exuberante, que crece tan velozmente, que parece correr hacia su descomposición desde el momento mismo de su nacimiento.


Robert LECKIE, Mi casco por almohada, Marlow, Barcelona, 2011.

viernes, 23 de marzo de 2012

PUZO: Don Juan de la Décima Avenida

Mi hermano mayor tenía a los dieciséis años un viejo Ford que utilizaba como ayuda en su carrera de Don Juan de la Décima Avenida. Un día, mi madre le pidió que la acompañara al mercado, situado en la confluencia de la Novena Avenida con la calle Cuarenta, a unos cinco minutos en automóvil. Mi hermano, que tenía otros planes, le dijo que tenía que ir al ferrocarril. El trabajo era una excusa aceptable, incluso para ahorrarse asistir a un entierro. Pero una hora después, al salir mi madre a la puerta de casa, vio a mi hermano dentro del coche acompañado de tres muchachas del barrio, dispuestos los cuatro a dar un paseo. Desgraciadamente, sobre la acera había una piedra de buen tamaño. Mi madre dejó en el suelo el bolso de cuero negro que utilizaba para ir a la compra y cogió la piedra con ambas manos. Ante nuestro miedo y asombro, golpeó con fuerza el guardabarros del automóvil, arrancándolo. Luego tomó su bolso y se dirigió a la Novena Avenida, a hacer la compra.

Mario PUZO, Los documentos de El Padrino, Grijalbo, Barcelona, 1973.

HARRIS: No podrás ser mejor


—¿Ahora? —pregunté, con voz temblorosa e insegura.

—Sí —respondió, y se puso encima de mí.

Un instante después descubrió la verdadera dimensión de mi inexperiencia.

—Deberías habérmelo dicho —me reprendió, aunque con mucha amabilidad. Se retuvo con esfuerzo casi palpable.

—¡Oh, por favor, no pares! —supliqué, y creí que me saltaría la cabeza en pedazos, que ocurriría algo drástico si no lo llevaba hasta el final.

—No tengo ninguna intención de pararme —prometió con decisión—. Sookie… esto te va a doler.

En respuesta elevé el cuerpo. Emitió un sonido incoherente, y entró en mí. Contuve el aliento, me mordí el labio. Ay, ay, ay.

—Querida —dijo Bill. Nadie me había llamado nunca eso—, ¿cómo estás?

Vampiro o no, temblaba con el esfuerzo de contenerse.

—De acuerdo —dije sin mucho sentido. Estaba encima del aguijón, y perdería el valor si no seguíamos—. Ahora —dije, mordiéndole con fuerza el hombro.

Él gimió y jadeó, y comenzó a moverse con fervor. Al principio estuve aturdida, pero comencé a pillarle el truco y colaborar. Él encontró mi reacción muy excitante, y empecé a sentir que nos esperaba algo a la vuelta de la esquina, por así decirlo, algo fuerte y placentero. Dije:

— ¡Oh, por favor, Bill, por favor! —y le clavé las uñas en las caderas, casi ahí, casi ahí, y entonces un pequeño cambio de postura le permitió apretarse incluso más profundamente contra mí, y antes de poder controlarme estaba volando, volando, blanca con rayas doradas. Sentí que Bill apretaba sus dientes contra mi cuello, y dije: "¡Sí!". Noté que sus colmillos me perforaban, pero fue un dolor mínimo, un dolor excitante, y mientras se corría en mi interior le sentí lamer la pequeña herida.

Yacimos sobre la cama un largo tiempo, temblando de vez en cuando con pequeñas réplicas. Nunca olvidaré su sabor y su olor mientras viva, nunca olvidaré la sensación de tenerlo dentro aquella primera vez, mi primera vez, no olvidaré nunca el placer. Al fin Bill se movió para situarse a mi lado, apoyado sobre un codo, y me puso la mano sobre el estómago.

—Soy el primero.

—Sí.

—Oh, Sookie. —Se inclinó para besarme, sus labios recorrieron la línea de mi garganta.

—Desde luego yo no tengo con qué comparar —dije con timidez—, pero ¿ha estado bien para ti? Quiero decir, ¿al menos a la altura de otras mujeres? Mejoraré.

—Podrás coger más experiencia, Sookie, pero no podrás ser mejor—me besó en la mejilla—. Eres maravillosa.

Charlaine HARRIS, Muerto hasta el anochecer, La Factoría de Ideas, Madrid, 2004.

jueves, 22 de marzo de 2012

VOLTAIRE: Mujeres

Un hombre tiene siempre razón cuando admite que se equivoca frente a una mujer.

VOLTAIRE, Sarcasmos y agudezas, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

LECKIE: Moral

Después de Molly y Sheila, se acabaron los sentimientos. Sólo era caza. ¿Cómo se hace? Cómo lo voy a saber. No soy ningún Casanova, ni esto es un manual amoroso.

La caza es fría, sí; calculadora, por supuesto; un hombre no debe arriesgarse a comprometerse cuando satisface la lujuria. Nunca debe ser romántico. Debe dejar el amor romántico a los poetas no correspondidos que lo inventaron.

En ocasiones la caza terminaba en situaciones extrañas. Como aquella camarera de moral estricta…

—Vosotros, yanquis —jadeaba—, no tenéis moral.

—¿Cómo es eso?

—Ah —decía, mordaz—, sólo hay que echar un vistazo a Hollywood. Basta con leer las noticias de esas estrellas… salen unos con otros, se casan cuatro o cinco veces. Los echarían de Australia. ¡A nosotros aún nos queda algo de moral! —se cubría con la sábana hasta la barbilla—. Vosotros no, yanquis… ¡Todo lo que queréis de una chica es acostaros con ella!

Sólo un necio o alguien que ya no estuviera interesado en la caza le habría señalado la incoherencia de su discurso.

Esa misma noche, de regreso, mis pasos se cruzaron con los de otro marine, más joven que yo, que gruñía mientras trataba de limpiarse las manchas de carmín del cuello de su camisa.

—El problema de estas chicas australianas —se quejaba— es que no tienen moral. Son demasiado fáciles. A ver si hay alguna chica estadounidense que se entregue como lo hacen ellas. No, señor, ni hablar… Ellas todavía tienen moral.

Los descendientes de los fariseos son legión. "Oh, Dios, te doy las gracias por no ser como el resto de los hombres… adúlteros, como también es este australiano y este americano y este…"

Robert LECKIE, Mi casco por almohada, Marlow, Barcelona, 2011.

miércoles, 21 de marzo de 2012

PUZO: Sé que no tardaré en volver a intentarlo

Hoy he recibido una carta del editor rechazando el libro. Me expresa su simpatía, pero no puede aceptarlo... Humillante... el saber que la gente siente compasión de uno... He vaciado los cajones de mi mesa y he colocado todas mis notas en una maleta. Y ahora, a ganarme la vida. Mi resentimiento es tan grande que no me atrevo a expresarlo. Sé que el culpable del fracaso soy yo mismo, pero esto no hace variar mis sentimientos. No quiero escribir, pero sé que no tardaré en volver a intentarlo. Pero no creo que ya nunca pueda volver a sentir amistad por persona alguna. Por bien que me vayan las cosas en el futuro. Y sé que ya no podré volver a tener una buena opinión de mi propia persona..

Mario PUZO, Los documentos de El Padrino, Grijalbo, Barcelona, 1973.

LICHTENBERG: El mundo para él


Una muchacha, ciento cincuenta libros, unos cuantos amigos y una perspectiva de aproximadamente una milla alemana de diámetro: aquello era el mundo para él.

Georg Christoph LICHTENBERG, Aforismos, Edhasa, Barcelona, 2006.

JENOFONTE: Sócrates

Por mi parte, cuando pienso en la sabiduría y nobleza de espíritu de aquel hombre, ni puedo dejar de recordarlo ni, al acordarme de él, puedo dejar de elogiarle. Si alguno de los que aspiran a la virtud tuvo trato alguna vez con alguien más beneficioso que Sócrates, considero que tal hombre debe ser tenido por muy feliz.

JENOFONTE, Apología de Sócrates, Gredos, Madrid, 1993.

martes, 20 de marzo de 2012

VOLTAIRE: Imán

La mayoría de los hombres son como la piedra de imán: tienen un lado que repele y otro que atrae.

VOLTAIRE, Sarcasmos y agudezas, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.