Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."

martes, 20 de marzo de 2012

LECKIE: El infierno


Un hombre dice del estallido de la batalla: "Se desencadenó el infierno". La primera vez que lo dice, así es y resulta maravillosamente descriptivo. La enésima vez que lo dice, esas palabras se han gastado tanto que ya no tienen sentido: ha pasado como con todas las buenas frases, se ha convertido en un tópico.

Pero a los cinco minutos de esa primera ráfaga de ametralladora, de la aparición de aquella primera bengala enemiga que inundó el campo de batalla de una extraña luz verdosa y que al morir acentuó el manto envolvente de la noche, a los cinco minutos de todo aquello, se desencadenó el infierno. Todo el mundo disparaba, cada arma se elevaba con una voz resonante, pero no había ninguna orquestación, ninguna hermosa sinfonía macabra, como escriben los decadentes observadores que se quedan en retaguardia. Sólo había cacofonía, sólo había disonancia, sólo había salvajismo, ausencia de ritmo, pérdida de límites, pues cada uno dispara a lo que elige, cuando elige, donde elige. Sólo había explosiones, sonidos, alaridos, gemidos, siseos, estrépitos, temblores, sollozos. Aquello era el infierno.

Robert LECKIE, Mi casco por almohada, Marlow, Barcelona, 2011.

lunes, 19 de marzo de 2012

GRANDES: El maestro

El hijo de Pesetilla sólo había ido a la escuela durante unos años, de pequeño, pero después había empezado a asistir por las tardes a las clases gratuitas que el maestro de antes de la guerra daba en la Casa del Pueblo, hasta que los dos comprendieron a la vez que así no hacía más que perder el tiempo. Desde entonces estudiaba por su cuenta. El maestro le daba libros, hablaba con él, resolvía sus dudas, le ponía a prueba, y todos los años, en junio, le acompañaba a Jaén, donde su alumno se examinaba por libre en el instituto y aprobaba siempre con buena nota. Hasta que se acabó todo, al maestro lo fusilaron en el cementerio de Martos, como a los demás.

Almudena GRANDES, El lector de Julio Verne, Tusquets, Barcelona, 2012.

PUZO: Por qué los escritores se convierten en escritores

Incidentes como el relatado hacen que el sitio en el que el escritor se encuentra más a gusto sea su cuarto de trabajo. Que nadie lo dude, los escritores se convierten en escritores para evitar las frustraciones y las humillaciones del mundo y de la gente.

Mario PUZO, Los documentos de El Padrino, Grijalbo, Barcelona, 1973.

BARKER: Anna L. January, interested in temperance

Osawatomie claims Anna L. January, the author of "Historic Souvenir of Osawatomie, Kansas," "John Brown Battle Grounds," "Calvin Monument," and "Lookout and Park;" also, numerous poems.

Mrs. January is a native of Wilmington, Ohio, coming to Kansas in 1898. She taught school three years and in 1901 married D. A. January of Osawatomie. They have one child, a son of four years. An active worker in the Congress of Mothers and interested in temperance and suffrage work, Mrs. January still finds time to write many short poems.

Nettie Garmer BARKER, Kansas Women in Literature.

domingo, 18 de marzo de 2012

MOTOS: La segunda idea

Cuando me reúno con los guionistas, les digo que desechen siempre la primera idea: es la idea que se le ocurre a todo el mundo. Hay que buscar una segunda idea y trabajar con ella.

Pablo MOTOS, No somos nadie, Punto de Lectura, Madrid, 2007.

PUZO: El grifo que no echa agua

Durante la Segunda Guerra Mundial estuve agregado al ejército británico, y en una ocasión nos encontramos con elementos del ejército soviético en una ciudad del norte de Alemania. Todo parecía indicar que aquella división rusa, formada por hombres de alguna remota provincia asiática, desconocía la existencia de las cañerías de conducción de agua. La vista del agua manando de un grifo les fascinaba. Un ruso cuya cabeza estaba cubierta por un gorro de piel arrancó el grifo y lo clavó en uno de los postes de una cerca. Quedó asombrado al comprobar que no salía agua. Había imaginado que el agua estaba almacenada, o algo sí, en el grifo. Desconocía de un modo absoluto el concepto de las cañerías. Es posible que la cosa haga reír, pero considero que aquel ruso no era estúpido, sino sólo inocente.

Cuando un director, una estrella o un productor toman la pluma, pienso que sucede lo mismo. (Hay excepciones, naturalmente.) Creen que las palabras salen de la pluma. Y, como en el caso del soldado ruso, no es estupidez. Inocencia, simplemente. Desconocen el arte de la novelística.

Mario PUZO, Los documentos de El Padrino, Grijalbo, Barcelona, 1973.

IZAGUIRRE: La maleta de la jueza Mercedes


La jueza Mercedes Alaya es presencia diaria en los medios por ser la instructora del caso de los ERE irregulares de Andalucía. Mantiene su pelo oscuro, sin experimentos juveniles, y con un aspecto que conjuga impecable con implacable. La jueza Merdeces casi siempre presenta el mismo bolso y el mismo trolley presuntamente cargado de los papeles del caso. El bolso es de tamaño normal, color albero, y consigue pasar sin pena ni gloria. La maleta, en cambio, parece más propia de una diva. E incrementa la vergüenza socialista ante su caso de supuesta corrupción administrativa gracias a su tamaño. La jueza la exhibe como si fuera un nuevo mazo justiciero.

Boris IZAGUIRRE, ¡Ay, si los bolsos hablaran!

El País, sábado 17 de marzo de 2012.

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LICHTENBERG: El hombre, un pasatiempo

Apenas considero posible demostrar algún día que somos obra de un Ser Supremo y no más bien que uno muy imperfecto nos construyó para pasar el tiempo.

Georg Christoph LICHTENBERG, Aforismos, Edhasa, Barcelona, 2006.

VOLTAIRE: El sitio de Haarlem


Los españoles, en el asedio de Haarlem, arrojaron a la ciudad la cabeza de uno de los prisioneros. Los habitantes les tiraron once cabezas de españoles, con esta inscripción: Diez cabezas por el pago del diezmo y la número once por intereses. Cuando Haarlem se rindió sin condiciones, los vencedores hicieron ahorcar a todos los magistrados, a todos los pastores protestantes y a más de mil quinientos ciudadanos: esto es tratar a los Países Bajos como habían tratado al Nuevo Mundo. La pluma se le cae a uno de las manos cuando vemos cómo los hombres las gastan con los hombres.

VOLTAIRE, Sarcasmos y agudezas, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

CHAMFORT: Calumnia

Cuando el arzobispo de Lyon, Montazet, fue a tomar posesión de su sede, una anciana canonesa de..., hermana del cardenal de Tencin, le felicitó por sus éxitos con las mujeres y, entre otros, por el hijo que había tenido con Mme. de Mazarin. El prelado todo lo negó, agregando:

–Madame, sabéis que la calumnia ni siquiera a vos os ha respetado; mi historia con Mme. de Mazarin no es más cierta que la que se os atribuye con el cardenal.

–En tal caso –contestó la canocesa tranquilamente–, el niño será vuestro.

CHAMFORT, Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, Península, Barcelona, 1999.

sábado, 17 de marzo de 2012

PUZO: Caja herméticamente cerrada

¿Por qué me metí en aquella caja herméticamente cerrada, constituida por la familia, el deber y un trabajo fijo?

Mario PUZO, Los documentos de El Padrino, Grijalbo, Barcelona, 1973.

KING: No habían buscado nada de todo aquello


McCone apareció de pronto en el compartimento de primera clase, con una pistola en la mano. Al ver a Richards, se plantó ante él. Ambos dispararon al mismo tiempo.

El cazador desapareció tras la cortina que separaba primera y segunda clase. Richards cayó sentado al suelo. Se sentía muy cansado, y tenía un gran agujero en el vientre, por el cual se veían los intestinos.

McCone volvió a aparecer en el compartimento, tambaleándose. En la boca lucía una sonrisa. Parecía que le faltaba media cabeza, arrancada del resto por el disparo, pero aun así sonreía. Disparó dos veces. La primera bala se incrustó en la pared por encima de la cabeza de Richards. La segunda fue a dar justo bajo la clavícula de éste.

Richards volvió a disparar. McCone dio un par de pasos tambaleándose, como si estuviera ebrio. La pistola se le escurrió de entre los dedos y de pronto pareció que el tipo se ponía a observar el compacto techo de polietileno blanco del compartimento de primera clase, comparándolo quizá con el de segunda. Por fin, cayó al suelo. El olor a pólvora y a carne quemada era penetrante y vivo, tan característico como el aroma a manzana de las prensas para sidra.

Richards se puso en pie muy lentamente, con una mano sobre el vientre para que no se le salieran los intestinos. Atravesó la segunda clase. Ahora iba mejor, la succión no era tan intensa. Pasó sobre el cuerpo tendido de McCone y cruzó el compartimento de primera. La sangre le salía profusamente de la boca.

Se detuvo a la entrada de la zona de cocina e intentó recogerse los intestinos. Sabía que a éstos no les gustaba nada estar allí fuera. No les gustaba en absoluto. Estaban ensuciándose. Deseó llorar por sus pobres y frágiles intestinos, que no habían buscado nada de todo aquello.

No consiguió recogérselos del todo. Estaban enredados y no había modo.


Stephen KING, El fugitivo, Círculo de Lectores, Barcelona, 1986.

viernes, 16 de marzo de 2012

LICHTENBERG: Corrección estilística


Hume copió tres veces su Historia de Inglaterra antes de enviarla a la imprenta. Se lo confesó a un célebre marqués, que todavía vive, cuando éste le felicitó por la extremada corrección estilística que impera en la obra. Es lo que hay que hacer. Sin esta precaución, ¿cabe esperar acaso que, a menos en lo que a redacción se refiere, haya algo que conduzca a la inmortalidad? Buffon también lo hacía.

Georg Christoph LICHTENBERG, Aforismos, Edhasa, Barcelona, 2006.

CHAMFORT: Qué pueden hacer por mí

¿Qué pueden hacer por mí –decía M...–, los grandes y los príncipes? ¿Pueden devolverme mi juventud o prohibirme mi pensamiento, cuyo ejercicio de todo me consuela?

CHAMFORT, Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, Península, Barcelona, 1999.

LECKIE: La palabra obscena

Siempre aparecía la palabra obscena. Siempre aquel feo sonido que los hombres de uniforme han convertido en la única base lingüística. Servía de asidero, de guión, de hipérbole, fuera verbo, nombre, modificador, sí, incluso conjunción. Describía la comida, la fatiga, la metafísica. Valía para todo y no significaba nada; siendo una palabra insultante, no se usaba nunca como insulto; siendo burdamente descriptiva del acto sexual, nunca se usaba para describirlo; siendo vil, describía lo mejor; siendo fea, modificaba la belleza; era el nombre y la nomenclatura de la voz del vacío, pero la pronunciaban los capellanes y los capitanes, los suboficiales y el cuerpo médico. Hasta que, finalmente, sólo podías deducir que si alguien que no conociera el idioma oyera nuestras conversaciones, demostraría, como si fuera una tesis, que por el grado e incidencia numérica, esta palabrita debía de ser aquello por lo que luchábamos.

Robert LECKIE, Mi casco por almohada, Marlow, Barcelona, 2011.

CHAMFORT: Los economistas

Los economistas son unos clínicos que poseen un excelente escalpelo y un bisturí mellado, operando de maravilla sobre el muerto y martirizando al vivo.

CHAMFORT, Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, Península, Barcelona, 1999.

jueves, 15 de marzo de 2012

HERVÁS: El traidor



Al otro lado del campo, surgió un numeroso grupo de celtas que, apresurados, se dirigían hacia él. Se echó al suelo, pues entre ellos había entrevisto a uno de los mercenarios de su padre. ¿De modo que ese había sido el traidor? El joven musitó una maldición en idioma púnico. Quizá, si hubiera tenido un arma, se habría abalanzado sobre él. Pero no tenía ni un simple cuchillo.

Los celtas se detuvieron a unos pasos de él, peligrosamente cerca: los perros parecían haberle husmeado. Alguien llegó a caballo.

-¿Qué les pasa a los perros? ¡Que se estén quietos!

Aquellas palabras dichas en griego sorprendieron al joven.

-¿Qué es lo que buscan esos cerdos celtas? ¡Vámonos! Diles que se den prisa.

-Están buscando una piedra –dijo una vacilante voz con acento celta- La llevaba su jefe.

-¿Una piedra? No me importa. Tenemos que partir. No podemos perder aquí ni un instante más.

LÓPEZ PRIEGO: Ratas como gatos



Disfrutaba de un rato de ocio vespertino con su niña de tres años, cuando, de repente, tuvo que coger a la pequeña y salió corriendo. Tres ratas tan grandes como gatos, saltando de árbol en árbol en la Plaza de la Audiencia, le obligaron a ello. “Eran espectaculares”, comentó este vecino. “Es vergonzoso. Parece que estamos en las Tres Mil Viviendas. ¡Y si fuera que no pagamos impuestos!”.

Nuria LÓPEZ PRIEGO, Ratas como gatos merodean por las plazoletas del casco antiguo.

Diario Jaén, jueves 15 de marzo de 2012.

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KING: El placer de servir


Richards disponía de tres libros de los que no había oído hablar jamás; dos de ellos eran dos clásicos titulados Dios es inglés y No como un extraño, y el tercero era un enorme tomo escrito tres años antes y titulado El placer de servir. Richards hojeó este último y arrugó la nariz. Un chico pobre progresa en la General Atomics. Asciende de limpia-motores a vendedor de ropa. Acude a clases nocturnas (¿con qué?, se preguntó Richards. ¿Con fichas de Monopoly?). Se enamora de una bella muchacha (al parecer, la sífilis todavía no le ha hecho caer la nariz a pedazos) en una orgía en el bloque. Tras presentar unas calificaciones asombrosas, es promocionado a técnico auxiliar. Después, un contrato matrimonial por tres años y...

Richards lanzó el libro a un rincón. Dios es inglés era un poco mejor. Se sirvió un bourbon con hielo y se dispuso a leer.

Cuando oyó la discreta llamada, estaba en la página trescientas y muy enfrascado en la trama. Una de las botellas estaba vacía, y acudió a abrir la puerta con la otra en la mano. Había vuelto el vigilante.

Stephen KING, El fugitivo, Círculo de Lectores, Barcelona, 1986.

miércoles, 14 de marzo de 2012

VERNE: En una isla desierta

Un día yo estaba solo en una yola mala, sin quilla. A diez leguas río abajo de Chantenay cede una borda y se declara una línea de agua. ¡Imposible cegarla! ¡Voy a naufragar! La yola se va a pique y apenas tengo tiempo de lanzarme a un islote de altos y espesos cañaverales con penachos curvados por el viento.

De todos los libros de mi infancia, el Robinson suizo era al que yo tenía más cariño, más que a Robinson Crusoe. Sé que la obra de Daniel de Foe tiene más alcance filosófico. Es el hombre librado a sí mismo, el hombre solo ¡el hombre que halla un día la marca de un pie desnudo en la arena! Pero la obra de Wyss, llena de acontecimientos e incidentes, es más interesante para las cabezas jóvenes. Es la familia, el padre, la madre, los hijos y sus diversas aptitudes. ¡Cuántos años pasé en su isla! ¡Cómo envidié su suerte! De modo que nadie se sorprenderá de que yo haya sentido el impulso irresistible de poner en escena en La isla misteriosa a los Robinsones de la Ciencia, y en Dos años de vacaciones a un pensionado completo de Robinsones.

Mientras tanto, en mi islote no estaban los héroes de Wyss. En mí se encarnaba el héroe de Daniel Defoe. Ya soñaba con construir una cabaña de leños, con fabricar una línea con una caña y procurarme fuego, como los salvajes, frotando dos pedazos de madera seca. ¿Señales...? ¡No, porque las verían muy pronto y me salvarían antes de lo que quería! Antes que nada, tenía que calmarme el hambre. ¿Cómo? Mis provisiones se habían hundido en el naufragio. ¿Cazar algún ave...? ¡No tenía perro ni fusil! ¿Entonces, mariscos? ... ¡No había! Por fin conocía las angustias del abandono, los horrores de la indigencia en una isla desierta, como los habían conocido los Selkirks y personajes de los naufragios célebres que no fueron Robinsones imaginarios! ¡Mi estómago clamaba...!

La cosa no duró sino unas horas, y una vez que bajó la marea sólo tuve que cruzar con el agua en los tobillos para llegar a lo que yo llamaba el continente, es decir, el margen derecho del Loira. Y volví tranquilamente a casa, donde me debí contentar con una cena familiar en vez de la comida a la Crusoe con que había soñado, ¡mariscos crudos, un trozo de pecarí y pan hecho con harina de mandioca!

Así fue aquella navegación tan movida, con viento en contra, vía de agua, barco desmantelado, ¡todo lo que podía desear un náufrago de mi edad!

Julio VERNE, Escritos dispersos, Esplandián Editores, Madrid, 1999.

martes, 13 de marzo de 2012

BARKER: Mrs. Emma Tanner Wood

Mrs. Emma Tanner Wood, a Topeka woman, began newspaper work in 1872. The result of those early years' work was "Spring Showers," a volume of prose. After thirty years of study and experience among the defectives, she wrote "Too Fit For The Unfit," advocating surgery for the feeble-minded. The story of Mrs. Benton, one of the characters, led Mrs. Wood to introduce a law preventing children being sent to the poor house. This was the first law purely in the interest of children ever passed in Kansas. Later, a law preventing traveling hypnotists from using school children as subjects in public exhibitions was drawn up by Mrs. Wood and passed.

Several years ago, a book on hypnotism, far in advance of the public thought, was written and is to be published this year.

Mrs. Wood is seventy years young and as she says: "finds age the very sweetest part of life. It is no small satisfaction to laugh at the follies of others and know that you are past committing them. It is equally delightful to be responsible only to one's self and order one's life as one chooses. Every day is a holy day to me now and the sweetness of common things, grass, flowers, neighborly love, grand-children, and home comforts fill me with satisfaction. To think kindly of all things under the sun (but sin); to speak kindly to all; to do little kindly acts is a greater good to the world at large than we think while we are in the heat of battle."

Nettie Garmer BARKER, Kansas Women in Literature.

CHAMFORT: Me hubierais conseguido

M. de Barbançon, que había sido guapo, poseía un bonito jardín que la duquesa de La Valllière fue a conocer. El propietario, muy viejo y gotoso ya, le dijo que había estado enamorado de ella con locura. La dama le contestó: "Dios mío, ¿por qué no me hablasteis? Me hubierais conseguido, como todos los demás".

CHAMFORT, Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, Península, Barcelona, 1999.

lunes, 12 de marzo de 2012

RODRÍGUEZ JIMÉNEZ: La ballena blanca


–Sí, como otras ballenas –le dijo el viejo rorcual.

La enorme mole blanca le escuchó en silencio. Estuvo reflexionando durante unos instantes. Después, se giró para que el otro cetáceo pudiera contemplarle el lomo, cubierto de cicatrices, del que sobresalían algunos arpones.

–Han tenido oportunidad de matarme –susurró inseguro. Hacía años que no hablaba con otro cetáceo y casi se le había olvidado hablar–. Me han perseguido por todos los océanos. Sobre todo ese capitán cojo. Ese capitán cojo.

–Tu tiempo ha pasado. Tienes que dejarte capturar.

–¿Capturar? ¡Que me despiecen, que pongan a secar mi carne…! Al menos, ¿podré matar a mi perseguidor?

GARCÍA ABAD: Los 400 euros

De estudiante, la economía le interesaba poco. "Prefiero tus cuentos, -le decía al profesor Otero, que también es novelista- a las letras de cambio que me haces aprender." Sin embargo, en la segunda legislatura sólo ha habido crisis y ésta amenaza con llevárselo por delante.

En el programa electoral había prometido una desgravación de 400 euros para everybody, ricos, pobres y sectores intermedios, para Botín y su jardinero; fue un costoso error que todavía pagamos, un error que no fue compartido por nadie, ni en el Gobierno, ni en el partido, ni en los sindicatos. Su gestación fue como sigue: El presidente llama a su amigo Sebastián, que tras su derrota en las elecciones para alcalde de Madrid estaba en la Universidad pero a quien el presidente seguía consultando.

Zapatero se reúne con David Taguas y Miguel Sebastián y tiene lugar la conversación que transcribo resumidamente y en la que no puedo distinguir precisa y separadamente lo que dicen Taguas y Sebastián. Pero ésta es su esencia.

ZP: Quiero hacer un recorte de impuestos. Dadme ideas.

SEBASTIÁN/TAGUAS: Supongo que quieres hacer una rebaja progresiva; no bajar el tipo, porque si bajas el tipo, a Botín le das unos cuantos miles de euros y a sus empleados muy poquito.

ZP: Sí, sí, tenemos que hacerlo progresivo.

S/T: Sube el mínimo exento.

ZP: Eso no lo entiende nadie. Pensad otra cosa.

Y entonces a Sebastián y Taguas se ponen a ello y se les ocurre dar 400 euros a todos los contribuyentes y para hacerlo progresivo piensan en quitar al segmento alto, pero después estiman que su gestión sería más cara que lo que podría ahorrarse. Zapatero no piensa como los socialdemócratas en términos de clase sino de ciudadanía y le gusta la idea de "devolver a la sociedad" los bienes del Estado. El presidente se lo expresa con toda claridad a una buena amiga que le escucha aterrada: "Voy a devolver dinero a los ciudadanos". Y ella se escandaliza aunque sólo lo exprese tímidamente, pero cuando sale de Moncloa se desfoga con un amigo: "Como si el Estado fuera un logrero, un Leviatán que chupa la sangre a los honrados ciudadanos... Es un discurso del Partido Republicano USA, es una idea neocon".

José GARCÍA ABAD, El Maquiavelo de León, La Esfera de los libros, Madrid, 2010.

domingo, 11 de marzo de 2012

MARTÍN-ARROYO: Una mantis religiosa


Una mantis religiosa que seduce a su presa, la engatusa, juguetea con ella, la deja hablar, explayarse incluso, bromear, sentirse como en casa. Hasta que en silencio y de un tajo limpio, le corta la cabeza. Es la metáfora precisa de cómo la juez Mercedes Alaya abrió los brazos a Javier Guerrero para que durante tres días este le contara sus andanzas y tropelías. Fueron 20 horas míticas, excepcionales y reveladoras en las que el personaje se sintió a gusto y confiado, trufando certezas, mentiras y medias verdades.

Hasta la escena final, en la que con 20 letrados expectantes, la juez, vestida de blanco de pies a cabeza, le dio el auto de prisión al secretario judicial y este al abogado de Guerrero. Por unos instantes, nadie le habló a Guerrero, que ya había entendido que saldría esposado. La juez presenció impertérrita la breve escena y no pronunció palabra. Los abogados animaron al acusado: "Es cuestión de días", le dicen. Entonces ella abandonó la sala sin haberle mirado durante esos escasos minutos.

Javier MARTÍN-ARROYO, Un golfo tierno.

El País, sábado 10 de marzo de 2012.

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CHAMFORT: Insulto

Un francés fue admitido a visitar el gabinete del rey de España. Una vez que llegó a su sillón y a su mesa, exclamó:

-¡Luego, es aquí donde este gran monarca trabaja!

-¡Cómo trabaja! ¿Habéis venido a insultar a Su Majestad?

Y se produjo una gran querella donde al francés le costó mucho esfuerzo hacer comprender al español que no había tenido intención de ofender a la Majestad de su señor.

CHAMFORT, Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, Península, Barcelona, 1999.

GARCÍA MÁRQUEZ: Ante quien quejarme

Yo era el único colombiano que no tenía un presidente ante quien quejarme.

Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ, Noticia de un secuestro, Mondadori, Barcelona, 1996.

DOYLE: Las maldades ocultas que pueden cometerse en estos lugares


Holmes había permanecido todo el viaje sepultado en los periódicos de la mañana, pero en cuanto pasamos los límites de Hampshire los dejó a un lado y se puso a admirar el paisaje. Era un hermoso día de primavera, con un cielo azul claro, salpicado de nubecillas algodonosas que se desplazaban de oeste a este. Lucía un sol muy brillante, a pesar de lo cual el aire tenía un frescor estimulante, que aguzaba la energía humana. Por toda la campiña, hasta las ondulantes colinas de la zona de Aldershot, los tejadillos rojos y grises de las granjas asomaban entre el verde claro del follaje primaveral.

-¡Qué hermoso y lozano se ve todo! -exclamé con el entusiasmo de quien acaba de escapar de las nieblas de Baker Street.

Pero Holmes meneó la cabeza con gran seriedad.

-Ya sabe usted, Watson -dijo-, que una de las maldiciones de una mente como la mía es que tengo que mirarlo todo desde el punto de vista de mi especialidad. Usted mira esas casas dispersas y se siente impresionado por su belleza. Yo las miro, y el único pensamiento que me viene a la cabeza es lo aisladas que están, y la impunidad con que puede cometerse un crimen en ellas.

-¡Cielo santo! -exclamé-. ¿Quién sería capaz de asociar la idea de un crimen con estas preciosas casitas?

-Siempre me han producido un cierto horror. Tengo la convicción, Watson, basada en mi experiencia, de que las callejuelas más sórdidas y miserables de Londres no cuentan con un historial delictivo tan terrible como el de la sonriente y hermosa campiña inglesa.

-¡Me horroriza usted!

-Pero la razón salta a la vista. En la ciudad, la presión de la opinión pública puede lograr lo que la ley es incapaz de conseguir. No hay callejuela tan miserable como para que los gritos de un niño maltratado o los golpes de un marido borracho no despierten la simpatía y la indignación del vecindario; y además, toda la maquinaria de la justicia está siempre tan a mano que basta una palabra de queja para ponerla en marcha, y no hay más que un paso entre el delito y el banquillo. Pero fíjese en esas casas solitarias, cada una en sus propios campos, en su mayor parte llenas de gente pobre e ignorante que sabe muy poco de la ley. Piense en los actos de crueldad infernal, en las maldades ocultas que pueden cometerse en estos lugares, año tras año, sin que nadie se entere.

Arthur Conan DOYLE, Las aventuras de Sherlock Holmes, Esplandián Editores, Madrid, 1996.

sábado, 10 de marzo de 2012

S.T.T.L. Jean Giraud (Moebius)








CHAMFORT: Los vascos

Yo diría de buen grado de los metafísicos lo que Escalígero decía de los vascos: "Se dice que entienden, pero no lo creo".

CHAMFORT, Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, Península, Barcelona, 1999.

LECKIE: El éxito da sabiduría


Los estadounidenses tienen esa debilidad. El éxito da sabiduría: los científicos aconsejan sobre libertades civiles, los cómicos y actrices dan mítines políticos, los atletas nos dicen qué marca de cigarrillos tenemos que fumar.

Robert LECKIE, Mi casco por almohada, Marlow, Barcelona, 2011.

HARRIS: ¿Los vampiros actúan así?


—¿Los vampiros actúan así? —susurré. Tenía la garganta dolorida y magullada en la zona donde había apretado Jerry—. Son horribles.

Me senté, sollocé y me enjuagué la cara con un pañuelo que me entregó Bill. Sentí curiosidad por enterarme de para qué necesitaba un pañuelo un vampiro, lo que probablemente constituyese un pequeño destello de serenidad, inundado por la marea de lágrimas y nervios. Bill tuvo el sentido común necesario para no abrazarme. Se sentó en el suelo y mostró la delicadeza de mantener apartada la mirada mientras yo me secaba la cara.

—Cuando los vampiros viven en nidos —comenzó a explicar de manera repentina —suelen volverse más crueles porque se impulsan los unos a los otros. Siempre están tratando con otros vampiros como ellos, y así se convencen de lo lejos que se encuentran de la humanidad. Dictan sus propias leyes. Los vampiros como yo, que viven solos, recuerdan un poco mejor su antigua humanidad.

Charlaine HARRIS, Muerto hasta el anochecer, La Factoría de Ideas, Madrid, 2004.

viernes, 9 de marzo de 2012

CHAMFORT: Se echa en falta

Se echa en falta la pereza de un malvado y el silencio de un tonto.

CHAMFORT, Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, Península, Barcelona, 1999.

GARCÍA MÁRQUEZ: El miedo y la incertidumbre

Se había aprendido a vivir con el miedo de lo que sucedía, pero no a vivir con la incertidumbre de lo que podía suceder.

Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ, Noticia de un secuestro, Mondadori, Barcelona, 1996.

RIBEYRO: No tenemos tiempo de arponearlo

Leyendo hace poco a Cervantes, pasó por mí un soplo que no tuve tiempo de captar. (¿Por qué? ¿Alguien me interrumpió, sonó el teléfono? No sé.) Desgraciadamente, pues recuerdo que me sentí impulsado a comenzar algo... Luego, todo se disolvió. Guardamos todos un libro, tal vez un gran libro, pero que en el tumulto de nuestra vida interior rara vez emerge o lo hace tan rápidamente que no tenemos tiempo de arponearlo.

Enrique VILA-MATAS, Bartleby y compañía, Anagrama, Barcelona, 2000.

jueves, 8 de marzo de 2012

DOYLE: La mujer


Así fue como los mejores planes de Sherlock Holmes fueron arruinados por el ingenio de una mujer. Antes, mi compañero acostumbraba burlarse mucho de la supuesta inteligencia femenina, pero no he oído que lo haga últimamente. Y cuando habla de Irene Adler, o cuando se refiere a su fotografía, siempre lo hace bajo el honorable título de la mujer.

Arthur Conan DOYLE, Las aventuras de Sherlock Holmes, Esplandián Editores, Madrid, 1996.

miércoles, 7 de marzo de 2012

PORTIS: Por qué no me casé


Rooster fue enterrado en nuestra parcela familiar. La gente de aquí, de Dardanelle y de Russeville dijeron: bueno, la mujer apenas conocía a ese tipo, pero es muy propio de una solterona chalada hacer una chifladura como esta. Sé lo que la gente dice aunque no me lo diga en la cara. A todo el mundo le encanta hablar. Las calumnias son admitidas y divulgadas aunque no tengan sustancia alguna. Dicen que yo solo tengo dos cariños: el dinero y la Iglesia presbiteriana y que por esto no me casé. Creen que todo el mundo está muerto de ganas de casarse. Es cierto que quiero mucho a mi Iglesia y a mi banco. ¿Qué tiene esto de malo? Les contaré un secreto: ¡esa misma gente se vuelve toda mieles cuando viene a pedirme un préstamo agrícola o una renovación de hipoteca! Nunca dispuse de tiempo para casarme, pero a nadie le importa que yo esté o no soltera. Si me diese la gana, me casaría con cualquier feo tipejo y lo nombraría cajero. Pero nunca me he entretenido en tales tonterías. Una mujer con cerebro, sin pelos en la lengua, con medio brazo amputado y con una madre inválida a la que atender tiene ciertas desventajas, si bien debo decir que podría citar a tres o cuatro desagradables viejos que en tiempos remolonearon a mi alrededor con los ojos fijos en mi banco. ¡No, muchas gracias! Quizá les sorprendiera a ustedes conocer sus nombres.

Charles PORTIS, Valor de ley, Debolsillo, Barcelona, 2011.

martes, 6 de marzo de 2012

GARCÍA MÁRQUEZ: Marina Montoya, bajo el sino de la desgracia

Se había casado muy joven con un quiropráctico muy bien calificado en el mundo deportivo, corpulento y de gran corazón, que la amó sin reservas y con el cual tuvo cuatro hijas y tres hijos. Era ella quien llevaba las riendas de todo, en su casa y en algunas ajenas, pues se sentía obligada a ocuparse de los problemas de una numerosa familia antioqueña. Era como una segunda madre de todos, tanto por su autoridad como por sus desvelos, pero además se ocupaba de cualquier extraño que le tocara el corazón. Más por su independencia indomable que por necesidad, vendía automóviles y seguros de vida, y parecía capaz de vender todo lo que quisiera, sólo porque quería tener su plata para gastársela. Sin embargo, quienes la conocieron de cerca se dolían de que una mujer con tantas virtudes naturales estuviera al mismo tiempo bajo el sino de la desgracia. Su esposo se vio incapacitado durante casi veinte años por tratamientos siquiátricos, dos hermanos habían muerto en un terrible accidente de tránsito, otro fue fulminado por un infarto, otro aplastado por el poste de un semáforo en un confuso accidente callejero, y otro con vocación de andariego desapareció para siempre.

Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ, Noticia de un secuestro, Mondadori, Barcelona, 1996.

lunes, 5 de marzo de 2012

CANDIDO, BECKER: In a permanent state of anticipation

Giovanni Drogo is ordered to leave the Military School for Fort Bastiani, situated on the northern frontier. Beyond the frontier there extends an immense plain, the Tartar Steppe, from which for centuries there has been no sign of life. So the military garrison seems useless because there are no visible, or even probable, enemies. But there is an illusion of real and constant danger, which might cause a war, and give officers and enlisted men the opportunity to show their valor. Because of this, they all live in a permanent state of anticipation, which is at the same time hope -the hope of one day being able to justify life.

Antonio CANDIDO, Howard S. BECKER, Four Waitings, Sociological Theory, Vol. 10, No. 1, 1992.

Eliseo


De Jericó, Eliseo fue a Betel. Según iba por el camino, unos chiquillos salieron de la ciudad y se pusieron a hacerle burla. Le decían:

-¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!

Él se volvió, los miró y los maldijo en el nombre del Señor. Entonces salieron del monte dos osas y despedazaron a cuarenta y dos de aquellos chiquillos.

2 Reyes 2, 23-24.

ANTÚNEZ: Pareja



En la puerta del bloque, le pone bien la camisa, la mete por debajo de los vaqueros. Luego, trata de leer los nombres del porterillo, pero están medio borrados por el sol y el agua.

–¿Dónde vivían?

Él se niega a responder. Le aprieta el cinturón. Y tiene ganas de ir al servicio.

–Te estoy preguntando dónde vivían.

–El sexto izquierda.

–El sexto izquierda. No eres de gran ayuda.

La mujer pulsa el timbre, un toque largo, eterno, ominoso. Espera diez segundos para llamar otra vez. Dos toques cortos esta vez.

–Ya ves, no están.

Parece aliviado.

–Sí están.

Se oye un ruido.

–¿Quién?

–Soy yo, Marisa.

–Ah. Sube.

Abren la puerta y entran en el oscuro pasillo de entrada. Él busca el ascensor. Está al fondo. Su madre, que parece tener prisa, llega antes.

–Vamos.

Mientras esperan el ascensor, le coloca otra vez la camisa.

-No tienes remedio. Te dije que te pusieras la de cuadros. ¿No te has echado desodorante?

El ascensor sube con la lentitud con que se enfría una enana blanca. Permanecen en silencio. Ella ha sacado el móvil y mira la pantalla: espera la llamada del carpintero; lleva semanas buscando a otro, pero de momento tendrá que seguir aguantando las feas costumbres de su acompañante.

–He quedado con Miguel a las nueve. No hagas tonterías –le dice, mirándole fijamente.

–¿Qué?

–Que no hagas ninguna de tus tonterías. No vayas a decir nada. Lo hemos hablado todo por teléfono.

Cuando llegan arriba y salen al pasillo de la sexta planta, ven una puerta entreabierta. Una cabeza. Se da cuenta de que es ella. Está descalza.

–Hola, Vanessa. ¿Dónde está tu madre?

Ella le mira de arriba abajo. Displicentemente, tal vez.

–Mi madre está dentro. En el salón.

–Bien. Vamos –dice su madre.

Les han preparado unos refrescos y frutos secos, bocadillos. En condiciones normales, no hubiera parado de comer, pero no tiene hambre.

–Está muy guapa tu niña.

La madre de Vanessa no responde. Aquella habitación huele a cerrado. La mujer, monstruosamente gorda, está sentada en un sillón; probablemente no se levanta de allí en todo el día. Las dos mujeres hablan un buen rato, sin dejar de contemplar el programa de la tele del que ambas, curiosamente, son seguidoras. Mencionan lo de las enfermedades. Ninguno de los dos tiene nada. La madre de Raúl ha traído los análisis que le habían hecho la semana anterior, pero la otra mujer dice que no hace falta que se los enseñe. De repente, la madre de Vanessa se vuelve hacia él:

–¿Quieres ahora?

El muchacho, aturdido, no responde. Mira a la muchacha, que no deja de traer nuevos aperitivos para su madre.

–Eh, Raúl. Que si quieres ahora.

–No, no.

–Venga, vamos. Si me ibas diciendo por el camino que querías…

No se atreve a decir que no es cierto.

–Vane, llévale a tu cuarto.

–Eh, toma. Que nunca se te olvide –le dice su madre, entregándole una caja de condones.

Él los coge un tanto avergonzado, y sin ser capaz de confesar que ya tiene algunos en el bolsillo.

Sigue a la muchacha, observa sus talones desnudos. Entran en una pequeña habitación interior. Oscura.

–Aquí es.

Una mesa de ordenador, un portátil. Varios carteles de grupos musicales. Un muñeco de peluche que ella, despiadadamente, arroja al suelo. Rápidamente, la chica se ha quitado las mallas, la camiseta, el sostén, las bragas. Se tiende en la cama. Tiene el pubis depilado. Lo contempla aturdido.

–Vamos, acaba pronto –le apremia.

Florián ANTÚNEZ, La botella de champán y otras fantasías sicalípticas, Ediciones del Plomo, Barcelona, 2011.

domingo, 4 de marzo de 2012

S.T.T.L. Ralph McQuarrie





Hemos hecho lo que debíamos hacer

¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: "Pasa al momento y ponte a la mesa?" ¿No le dirá más bien: "Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?" ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer".

Lucas 17, 7-10

VILA-MATAS: Desesperado

Por favor, no me interprete mal, señorita. Mi tarjeta. Vivo en Barcelona y tengo un buen empleo. ¿Me permite que la telefonee esta tarde o en un futuro muy cercano, esta misma noche por ejemplo? Espero no sonar demasiado desesperado. En realidad supongo que lo estoy.

Enrique VILA-MATAS, Bartleby y compañía, Anagrama, Barcelona, 2000.

PORTIS: Una presbiteriana


La india hablaba en buen inglés y, para mi sorpresa, me enteré de que ella también era presbiteriana. Un misionero la había educado en esa religión. ¡Qué predicadores teníamos en aquellos días! Se tomaban realmente al pie de la letra lo de "por los caminos y por los vallados" (Lucas 14, 23). Mrs. Bagby no era presbiteriana de Cumberland, sino que pertenecía a la Iglesia presbiteriana del sur. Ahora yo también soy miembro de esa Iglesia. Nada tengo que decir contra los de Cumberland. Rompieron con la Iglesia presbiteriana porque no creían que un predicador necesitase mucha educación formal. Eso está muy bien, pero no se muestran muy sensatos en lo de la predestinación. No la acaban de aceptar. Confieso que es una doctrina dura y que va en contra de nuestras terrenales ideas sobre el juego limpio, pero no veo forma de rebatirla. Lean la primera epístola a los Corintios (6, 13) y la segunda a Timoteo (1, 9-10). Y también la primera de san Pedro (1, 2; 19, 20), y a los Romanos (11, 7). Ahí tienen. Eso satisfizo a Pablo y a Silas y me satisface a mí. Y también les ha de satisfacer a ustedes.

Charles PORTIS, Valor de ley, Debolsillo, Barcelona, 2011.

sábado, 3 de marzo de 2012

GARCÍA MÁRQUEZ: Jarabe de buenas lecturas

Juan Vitta sucumbió a la depresión, renunció a comer, durmió mal, perdió el norte, y optó por la solución compasiva de morirse una vez y no morirse millones de veces cada día. Estaba pálido, se le dormía un brazo, tenía la respiración difícil y el sueño sobresaltado. Sus únicos diálogos fueron entonces con sus parientes muertos que veía en carne y hueso alrededor de su cama. Alarmado, Hero Buss armó un escándalo alemán. “Si Juan se muere aquí los responsables son ustedes”, les dijo a los guardianes. La advertencia fue atendida. El médico que le llevaron fue el doctor Conrado Prisco Lopera. Fue una visita providencial para Juan Vitta, no por el diagnóstico –estrés avanzado– sino por su pasión de lector. Lo único que le recetó fue un jarabe de buenas lecturas.

Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ, Noticia de un secuestro, Mondadori, Barcelona, 1996.

MOORE: El aire acondicionado y el Sur


Antes de la existencia del aire acondicionado, Florida y el resto de los estados del Sur estaban escasamente poblados. El calor y la humedad eran insoportables. Un día a 35 grados a la sombra en Texas lo deja a uno demasiado agotado hasta para abanicarse. En Nueva Orleans el aire es tan denso que apenas se puede respirar. No es de extrañar que la gente del Sur hable con esa voz cansina. El clima resulta demasiado abrasador para vocalizar debidamente. También creo que este calor brutal y paralizante es el motivo por el que los grandes inventos, ideas y contribuciones para el avance de la civilización no nacieron en el Sur (con unas pocas excepciones: Lillian Hellman, William Faulkner y R. J. Reynolds, por ejemplo). Cuando el calor aprieta, ¿quién puede pensar, por no hablar de leer?

Entonces se inventó el aire acondicionado y, de pronto, el Sur pasó a ser un lugar habitable. Brotaron los rascacielos por toda la región y los norteños, hartos de su enconado invíerno, empezaron a acudir a raudales. Uno podía conducir su coche con aire acondicionado, trabajar todo el día en un despacho con aire acondicionado y estudiar en una universidad debidamente acondicionada. Después, podía regresar a su casa igualmente fresca para planear la próxima quema de cruces en homenaje al Ku Klux Klan.

En un abrir y cerrar de ojos, el Sur prosperó y pasó a controlar el país. Hoy día, el pensamiento conservador nacido en el Sur confederado tiene al país en un puño. La obligatoriedad de colgar los Diez Mandamientos en espacios públicos, la enseñanza del creacionismo, la insistencia en instaurar la plegarla en la escuela, la prohibición de libros, la promoción del odio hacia el gobierno federal (del Norte), la reducción de los servicios sociales y gubernamentales, el belicismo, la resolución de los conflictos por medio de la violencia, todo ello constituye la seña de identidad de los legisladores del Nuevo Sur. Si uno piensa en ello, puede concluir que la Confederación ha acabado ganando la guerra de Secesión: una victoria largamente esperada, fruto de la afluencia masiva de yanquis incautos atraídos por el señuelo de aparatos acondicionadores de 5.000 frigorías y cubiteras incorporadas a las neveras.

Ahora el Sur es el amo indiscutible..., y si no lo cree, piense en los últimos cuatro presidentes. Si usted deseaba ganar, tenía que haber nacido allí o haber establecido su residencia en un estado sureño. De hecho, en las últimas diez elecciones presidenciales, el ganador (o el tipo designado por el Tribunal Supremo) era el más firmemente anclado al Sur o al Oeste. Ningún norteño parece elegible para gobernar el país.

Michael MOORE, Estúpidos hombres blancos, Ediciones B, Barcelona, 2004.

viernes, 2 de marzo de 2012

Colosenses 3, 13

Vestíos, pues, de paciencia, soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro.

CAPOTE: La diferencia es sutil pero brutal

Escribí relatos de aventuras, novelas de crímenes, comedias satíricas, cuentos que me habían referido antiguos esclavos y veteranos de la Guerra Civil. Al principio, fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal.

Truman CAPOTE, Música para camaleones, Anagrama, Barcelona, 2002.

PORTIS: Demasiado largo y discursivo


Tengo un reportaje periodístico sobre parte del juicio de Wharton y, aunque no es una transcripción oficial, resulta suficientemente veraz. Con él y con mis recuerdos he escrito un buen artículo histórico que titulo: Ahora, Odus Wharton, escucharás la sentencia de la ley, que dicta que seas colgado por el cuello hasta que mueras, mueras, mueras. Que Dios, cuyas leyes has infringido y ante cuyo temible tribunal debes comparecer, se apiade de tu alma. Recuerdo personal de Isaac C. Parker, el famoso juez de la frontera.

Pero las publicaciones de hoy en día no saben distinguir una buena historia cuando la ven. Prefieren imprimir basura.

Dicen que mi artículo es demasiado largo y discursivo. Nada es demasiado largo ni corto si se tiene un argumento veraz e interesante y lo que yo llamo un estilo de escribir gráfico combinado con propósitos pedagógicos. Yo no ando tonteando con los periódicos. Los directores van siempre detrás de mí para que les escriba crónicas históricas, pero cuando llegamos al asunto del dinero, la mayor parte de los directores de periódicos resultan unos agarrados. Creen que, porque tengo un poco de dinero, me sentiré muy feliz rellenando unas cuantas columnas de sus suplementos dominicales solo para ver mi nombre en letra impresa, como les ocurre a Lucille Biggers Langford y a Florence Mabry Whiteside. Como dicen los niños negros: "Yo, de eso, nada". Lucille y Florence pueden hacer lo que quieran. Los directores de periódicos se dan mucha maña para recoger lo que no han sembrado. Otro truco que utilizan es el de enviar reporteros a hablar con una y conseguir gratis sus historias. Sé que los jóvenes periodistas no están bien pagados y no me importaría ayudar a esos muchachos a escribir sus artículos si no fuera porque nunca logran entender nada como es debido.

Charles PORTIS, Valor de ley, Debolsillo, Barcelona, 2011.

jueves, 1 de marzo de 2012

RODRÍGUEZ JIMÉNEZ: Demasiado sencillo


Le señalo aquellos extraños números en la muñeca. Su respuesta es un gesto displicente.

–Ya lo había visto, Watson.

Se agacha junto al cuerpo y comienza a olerlo. Lestrade me mira y mueve los hombros.

–Interesante –musita Holmes.

–¿Qué ha encontrado?

No responde, sino que continúa palpando el cuerpo, lo mueve, a pesar de la advertencia del detective. Saca la lupa y comienza a contemplar el tatuaje de la muñeca.

–Interesante –repite–. Romain du Roi –dice.

Lestrade y yo nos miramos sin comprender nada.

–Demasiado sencillo –musita aburrido.

MAQUIAVELO: Los príncipes faltan a la fe

Rómpense las alianzas por interés y utilidad, y en este caso las repúblicas son desde la Antigüedad más fieles a los tratados que los príncipes. Pueden citarse ejemplos de príncipes que han faltado a la fe por pequeños motivos de interés, y de repúblicas que ni por grandes ventajas lo han hecho. Temístocles dijo a los atenienses reunidos en asamblea que tenía un proyecto utilísimo a su patria y no podía descubrirlo, porque en tal caso desaparecería la ocasión de realizarlo. El pueblo de Atenas eligió entonces a Arístides para saber el secreto y determinar conforme a lo que el proyecto le pareciera. Temístocles le demostró que, fiando en los tratados, todo el ejército griego se encontraba en situación de ser fácilmente ganado o destruido, lo cual haría a los atenienses árbitros de Grecia. Arístides refirió al pueblo que el proyecto de Temístocles era utilísimo, pero deshonroso, y el pueblo lo rechazó. No hubieran hecho tal cosa Filipo de Macedonia y otros príncipes que han buscado y adquirido mayores utilidades faltando a la fe que respetándola.

Nicolás MAQUIAVELO, Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, Gredos, Madrid, 2011.