Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."

sábado, 7 de enero de 2017

S.T.T.L. Ricardo Piglia

Los llaman los mellizos porque son inseparables. Pero no son hermanos, ni son parecidos. Difícil incluso encontrar dos tipos tan diferentes. Tienen en común el modo de mirar, los ojos claros, quietos, una fijeza extraviada en la mirada recelosa. Dorda es pesado, tranquilo, con cara rubicunda y sonrisa fácil. Brignone es flaco, ágil, liviano, tiene el pelo negro y la piel muy pálida como si hubiera pasado en la cárcel más tiempo del que realmente pasó.

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En uno de sus cuadernos de notas Chéjov registra esta anécdota: «Un hombre, en Montecarlo, va al Casino, gana un millón, vuelve a su casa, se suicida». La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito.

Contra lo previsible y convencional (jugar-perdersuicidarse) la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa escisión es clave para definir el carácter doble de la forma del cuento.

Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias.

lunes, 10 de octubre de 2016

S.T.T.L. René Avilés Fabila

Sugerencia para principiar un libro
Vivió en tiempos muy malos: cuando los hombres estaban divididos por fronteras, idiomas, religiones, por colores.

Los fantasmas y yo
Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes.

Corrección cinematográfica
Cuando el aterrado público esperaba ver al inmenso King Kong tomar entre sus manazas a la hermosa Fay Wray, el gorila con paso firme salió de la pantalla, y pisoteando gente que no atinaba a ponerse a salvo, buscó por las calles neoyorquinas hasta que por fin dio con una película de Tarzán. Sin titubeos –y sin comprar boleto-, con toda fiereza, destrozando butacas y matando espectadores, se introdujo en el film y una vez dentro, ansiosamente buscó su verdadero amor: Chita.

Sobre tiranos
El tirano subió las escalerillas del avión; una orquesta militar interpretaba el himno nacional: generales, ministros y banqueros, con lágrimas en los ojos y enseñas patrias en las manos, lo cantaban.
El tirano se detuvo a contemplar el patriótico espectáculo. También él lloraba. A lo lejos se escuchaban disparos y exclamaciones libertarias. Cuando la música hubo concluido, el tirano quiso dirigirse por última vez a los suyos y con voz de Júpiter tonante y acentos oratorios de plazuela, en pose heroica, dijo:
—¡Sálvese el que pueda! —antes de abordar apresuradamente el avión.

Inmortal
Tuvo que esperar la muerte después de setenta años de inquietud para comprobar que no era inmortal.

domingo, 4 de septiembre de 2016

PIÑERA: Arturo

Muchas veces me he preguntado por qué los hombres y mujeres que formaban mi pueblo natal, Cárdenas, no se llamaban todos por el mismo nombre. Por ejemplo, Arturo. Arturo se encuentra con Arturo y le cuenta que Arturo llegó con su hijo Arturo y con su hija Arturo, que su mujer Arturo pronto dará a luz un nuevo Arturo, pero que ella no quiere ser asistida por la partera Arturo sino por la otra partera Arturo que es la partera de su cuñado Arturo madre del precioso niño Arturo cuyo padre Arturo trabaja en la fábrica Arturo... Por supuesto, mi familia formaba parte del clan Arturo.

Virgilio PIÑERA, Arturo

miércoles, 17 de agosto de 2016

MÁRAI: Treinta y cinco líneas

Durante la mañana desconectaba el teléfono; aunque, para evitar que los no iniciados molestaran con llamadas intempestivas al maestro mientras trabajaba, mi número era secreto. Me senté a la vieja mesa de refectorio que utilizaba como escritorio; era de madera de roble de veinte centímetros de grosor y la había comprado en un antiguo monasterio de la Alta Hungría. Encendí una lámpara de luz potente —trabajaba con luz artificial incluso de día— y estuve leyendo media hora una obra de reciente publicación. En aquella época, el correo me traía cada día una incómoda cantidad de libros, ejemplares que me enviaban los autores. Luego, durante una media hora más, leí otras cosas, sobre todo volúmenes de historia (en esos días me interesaba mucho todo lo relativo al settecento). A lo largo de las paredes de mi despacho se alineaban estanterías hasta el techo con unos seis mil libros —la mayoría en lengua extranjera, francés y alemán— ordenados sobre los estantes; cada seis meses tiraba los que me parecían superfluos. Tenía muchos diccionarios y enciclopedias. Coleccionaba todo tipo de diccionarios que explicaran las correlaciones y los orígenes de la lengua húngara. En el despacho reinaba un silencio absoluto. Me puse a escribir.

Sólo redacté unas líneas, a mano, y luego pasé rápidamente a máquina lo que había escrito; al copiar, corregía el texto. Con este método de trabajo, el libro o la obra de teatro que estuviera escribiendo avanzaba una página al día. De treinta a treinta y cinco líneas, nunca escribía más de un tirón; a veces dejaba el manuscrito a media frase y al día siguiente la continuaba con el mismo aliento. Era el método de trabajo que más se adecuaba a mi sistema nervioso. Lo cierto es que en esto era muy estricto y siempre cumplía con la tarea diaria; una única página manuscrita. Ni algún que otro exceso, haber bebido vino la noche anterior, u otras tareas pendientes; nada me impedía sentarme al escritorio a las once de la mañana y escribir aquellas pocas líneas. Esa página diaria era lo que justificaba y daba sentido a mi vida y mi trabajo. Sin embargo, primero tenía que estar un buen rato leyendo las páginas escritas los días anteriores para volver a escuchar el ritmo y la melodía del texto. Sólo consideraba como trabajo propiamente dicho aquellos escasos renglones escritos en unos pocos minutos de la mañana con un esfuerzo nervioso, pero pleno. Todo lo demás, lo que escribía luego, por la tarde o por la noche —pequeños ensayos,crónicas costumbristas o artículos para el diario del que era colaborador fijo, o relatos y reportajes para algún semanario—, lo hacía con una sola mano, fumando, sin poner mucha atención. El trabajo eran esas pocas líneas escritas por la mañana.

Sándor MÁRAI, Lo que no quise decir, Salamandra, Barcelona, 2016.

lunes, 8 de agosto de 2016

Una mujer cantaba una nana a su hijo

A la salida de una aldea, una mujer sentada en un tronco cantaba una nana a su hijo. Pero el niño estaba muerto, y su madre, loca.

Rudolf Höss, Yo, comandante de Auschwitz, Ediciones B, Barcelona, 2009.

sábado, 2 de abril de 2016

RIBEYRO: La existencia de un gran escritor es un milagro

La existencia de un gran escritor es un milagro, el resultado de tantas convergencias fortuitas como las que concurren a la eclosión de una de esas bellezas universales que hacen soñar a toda una generación. Por cada gran escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza! ¡Cuántos Joyces, Kafkas, Célines flous, velados o sobreexpuestos habrán existido! Unos murieron jóvenes, otros cambiaron de oficio, otros se dedicaron a la bebida, otros se volvieron locos, otros carecieron de uno o de dos de los requisitos que los grandes artistas reúnen para elevarse sobre el nivel de la subliteratura. Falta de formación, enfermedades, pereza, carencia de estímulos, impaciencia, angustias económicas, ausencia de ambición o de tenacidad o simplemente de suerte, son como el billete de lotería prometedor al cual sólo le falta el número terminal para obtener el premio en la rifa de la gloria. Y algunos han probablemente reunido todas esas cualidades, pero les faltó la circunstancia azarosa, la aparentemente insignificante (la lectura de un libro, la relación con tal amigo), capaz de servir de reactivo al compuesto químicamente perfecto y darle su verdadera coloración.

Julio Ramón RIBEYRO, Prosas apátridas, Seix Barral, Barcelona, 2007.

jueves, 31 de marzo de 2016

S.T.T.L. Imre Kertész

Hoy no he ido a la escuela; mejor dicho, sólo fui para pedir permiso a la tutora y volver a casa. Le entregué la carta de mi padre, en la cual pedía que me dispensaran, alegando «razones familiares». Ella me preguntó cuáles eran esas razones familiares, y yo le contesté que a mi padre lo habían asignado a trabajos obligatorios. Dejó de incordiarme.

Imre KERTÉSZ, Sin destino.

sábado, 20 de febrero de 2016

S.T.T.T. Umberto Eco

Era una hermosa mañana de finales de noviembre. Durante la noche había nevado un poco, pero la fresca capa que cubría el suelo no superaba los tres dedos de espesor. A obscuras, en seguida después de laudes, habíamos oído misa en una aldea del valle. Luego, al despuntar el sol, nos habíamos puesto en camino hacia las montañas.

Umberto ECO, El nombre de la rosa.

viernes, 19 de febrero de 2016

S.T.T.T. Harper Lee

Maycomb era una población antigua, pero cuando yo la conocí por primera vez era, además, una población antigua y fatigada. En los días lluviosos las calles se convertían en un barrizal rojo; la hierba crecía en las aceras, y, en la plaza, el edificio del juzgado parecía desplomarse. De todas maneras, entonces hacía más calor; un perro negro sufría en un día de verano; unas mulas que estaban en los huesos, enganchadas a los carros Hoover, espantaban moscas a la sofocante sombra de las encinas de la plaza. A las nueve de la mañana, los cuellos duros de los hombres perdían su tersura. Las damas se bañaban antes del mediodía, después de la siesta de las tres… y al atardecer estaban ya como pastelillos blandos con incrustaciones de sudor y talco fino.

Entonces la gente se movía despacio. Cruzaba cachazudamente la plaza, entraba y salía de las tiendas con paso calmoso, se tomaba su tiempo para todo. El día tenía veinticuatro horas, pero parecía más largo. Nadie tenía prisa, porque no había adonde ir, nada que comprar, ni dinero con qué comprarlo, ni nada que ver fuera de los limites del condado de Maycomb. Sin embargo, era una época de vago optimismo para algunas personas: al condado de Maycomb se le dijo que no habla de temer a nada, más que a si mismo.

Harper LEE, Matar un ruiseñor.

jueves, 7 de enero de 2016

Libros de diciembre

 
  • Diario de Ana Frank
  • 99 fábulas fantásticas
  • Piratas, fantasmas y dinosaurios
  • Artistas, locos y criminales
  • La hora de los fósforos
  • La fórmula del talento de Mahler
  • Cómicos, tiranos y leyendas
  • Los huevos fatales
  • La felicidad de los pececillos
  • El sueño eterno
  • Los náufragos del Batavia
  • Alabardas
  • La maravillosa historia de Peter Schlemil
  • Avaricia
  • El cuaderno (2008-2009)
  • El cuento de la isla desconocida
  • Lujuria
  • La vuelta a Europa en avión
  • Últimas palabras
  • Teleshakespeare
  • Escritos de un viejo indecente
  • El final del desastre
  • ¡Qué políticos tan divertidos!
  • Por favor, sea breve
  • El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco
  • El amor es un perro infernal
  • Grandes polvos de la historia
  • Abraza la oscuridad
  • El marino que perdió la gracia del mar
  • México y sus asesinos seriales
  • Breviario de campaña electoral
  • El gato de Cheshire
  • Sumisión
  • El Sunset Limited
  • Canta Irlanda
  • Ojos de aguja



 

martes, 1 de diciembre de 2015

Libros de noviembre

 
  • Reflexiones del señor Z.
  • Diario póstumo
  • La Oveja Negra y demás fábulas
  • La aventura de los romanos en Hispania
  • Los conjurados
  • La mano de la hormiga
  • Treblinka
  • Cuentos breves y extraordinarios
  • Para matar el recuerdo
  • Historia universal de la infamia
  • Bartleby y compañía
  • Casa de geishas
  • El reino de los zombis
  • Poemínimos
  • Plata quemada
  • Cuentos de la oficina
  • La sueñera
  • En ocasiones veo pelis
  • La tierra de Canaán
  • Rafael Azcona: atrapados por la vida
  • Cuentos no premiados
  • La otra mirada
  • Figuras de la historia de Roma
  • El hombre en busca de sentido
  • El camino de San Giovanni
  • Culpa
  • Razones para la rebeldía
  • Las cosas que llevaban
  • Historia de los reyes de Britannia
  • El cuaderno rojo
  • Poemas de la oficina
  • La guerra del fuego
  • El negro artificial
  • La vida de los piratas
  • Crímenes ejemplares
 

 

lunes, 2 de noviembre de 2015

Libros de octubre



  • Diario del Che en Bolivia
  • La memoria de Shakespeare
  • Soplando vidrio
  • Fenómenos de circo
  • El buitre
  • Antología del microrrelato español (1906-2011)
  • Malos y malditos
  • Crímenes
  • La formación de Inglaterra
  • Conversaciones con Günter Grass
  • Hombre
  • Voces de Chernóbil
  • Temporada de fantasmas
  • Los mejores relatos de terror llevados al cine
  • Psicokillers
  • Delirios de imaginantes
  • Las fascinantes rubias de Alfred Hitchcock
  • Barba Azul (A.N.)
  • Botánica del caos
  • Lapidarium IV
  • Barba Azul (C.P)
  • Los hechos
  • Economía sin corbata
  • Yo, Felipe II
  • Cuentos de un minuto
  • Casa de geishas
  • La sueñera
  • Conversaciones con Fellini
  • La conjuración de Catilina
  • Dos veces cuento. Antología de microrrelatos
  • Dos minutos: microrrelatos
  • Confesión de un anónimo ruso

lunes, 5 de octubre de 2015

S.T.T.T. Henning Mankell


Al despertarse tiene la certeza de que ha olvidado algo. Algo que ha soñado durante la noche. Algo que debe recordar. Lo intenta. Pero el sueño parece un agujero negro. Un pozo que no revela nada de su contenido.

«Al menos no he soñado con los toros», piensa. «De haberlo hecho, estaría empapado como si hubiera sudado de fiebre durante la noche. Esta noche los toros me han dejado en paz».

Permanece quieto en la cama, a oscuras, escuchando. La respiración de su esposa es tan débil que casi resulta imperceptible.

«Cualquier mañana yacerá muerta a mi lado, sin que yo me haya dado cuenta», piensa. «O yo. Uno de los dos morirá antes que el otro. Cualquier amanecer supondrá que uno de los dos se ha quedado solo».

Henning MANKELL, Asesinos sin rostro, Tusquets, Barcelona,  2001.

jueves, 1 de octubre de 2015

Libros de septiembre


  • El gato de Cheshire
  • H.P. Lovecraft
  • Por favor, sea breve
  • Sin destino
  • Peroratas
  • Viaje al Imperio de Marruecos
  • La Virgen de los sicarios
  • El mundo de hoy
  • Vale la pena luchar
  • Mis chistes, mi filosofía
  • Dossier K.
  • Cuentos breves y extraordinarios
  • La famosa invasión de Sicilia por los osos
  • Falsificaciones
  • Cuadernos norteamericanos
  • Factótum
  • Todo lo que era sólido
  • Diarios 1984-1989
  • Vidas para leerlas
  • Los lagartos terribles y otros ensayos
  • No es país para viejos
  • Cosas raras que se oyen en las librerías
  • Después de Troya
  • Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas
  • Shakespeare nunca lo hizo
  • La otra mirada
  • George A. Romero: Interviews
  • El último cuaderno
  • Curiosidades y anécdotas de la historia universal
  • El hobbit. Etimología de una historia
  • La metamorfosis
  • Breve historia de Gengis Kan
  • Poemínimos
  • La mano de la hormiga

sábado, 5 de septiembre de 2015

SARAMAGO: Lecturas

En primer lugar coloqué a Camões porque, como escribí en El año de la muerte de Ricardo Reis, todos los caminos portugueses nos llevan a él. Seguían después el Padre Antonio Vieira, porque la lengua portuguesa nunca fue más bella que cuando la escribió ese jesuita; Cervantes, porque sin el autor del Quijote la Península Ibérica sería una casa sin tejado; Montaigne, porque no necesitó de Freud para saber quién era; Voltaire, porque perdió las ilusiones sobre la humanidad y sobrevivió al disgusto; Raúl Brandão, porque no es necesario ser un genio para escribir un libro genial, Húmus; Fernando Pessoa, porque la puerta por donde se llega a él es la puerta por donde se llega a Portugal (ya teníamos a Camões, pero todavía nos faltaba un Pessoa); Kafka, porque demostró que el hombre es un coleóptero; Eça de Queiroz, porque enseñó la ironía a los portugueses; Jorge Luis Borges, porque inventó la literatura virtual, y, finalmente, Gogol, porque contempló la vida humana y la encontró triste.

José SARAMAGO, El último cuaderno, Santillana, Madrid, 2011.