Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."

martes, 11 de octubre de 2011

RODRÍGUEZ JIMÉNEZ: Un pobre en el Cielo

Mateo 19, 24

Nadie hizo caso de los primeros rumores, nadie los creyó. Inconcebible: había llegado, habían dejado que entrara, decían, un pobre al Cielo. No era posible. Sin embargo, los escépticos quedaron convencidos cuando vieron acurrucado en un rincón a aquel tipejo silencioso y apocado. Los habitantes del Cielo comenzaron a enojarse y no pasó mucho tiempo hasta que se organizó una comisión para formular una queja oficial. Ellos habían gastado fortunas para estar allí, habían luchado, habían renunciado a tanto. Si se empezaba a actuar así, ¿a dónde se llegaría?

Finalmente, los enojados eligieron como portavoz al marqués de P… Solicitaron una audiencia a San Pedro, que trató de aplazarla lo máximo posible, pero que finalmente, tuvo que aceptar recibir al líder de los irritados.

San Pedro, que había dejado su puesto en la puerta del Cielo a Andrés, esperaba en su despacho al marqués de P…, el portavoz de los enojados. Sentado en su sillón, sin dejar de beber agua, miraba por la cristalera el hermoso paisaje. Tendría que enfrentarse a una difícil situación.

Cuando llegó el marqués, el apóstol le indicó con un gesto que se sentara. P… comenzó preguntando si era cierto que había un pobre en el Cielo.

–Sí, se puede decir que sí –dijo vagamente San Pedro.

–¿Sí o no?

–Sí, sí. Veamos: todos los que aquí vienen son pobres, de alguna manera.

San Pedro abrió el fichero y buscó el nombre.

–Aquí está. Enrique Pérez Sánchez. Falleció hace dos semanas.

El marqués se quedó en silencio.

–En vida hizo buenas obras –añadió San Pedro, que hojeó la ficha–. Dio de comer siempre a cualquiera que lo necesitara…

–Eso lo hemos hecho todos. ¿Donó dinero a la Santa Iglesia?

–Bueno, no exactamente. No dio dinero porque… no lo tenía.

–Señor, señor. Las normas, la tradición… Para entrar en el Cielo hay que regalar dinero a la Santa Iglesia, ayudarla. Yo mismo sufragué la construcción de un convento de clarisas y rehabilité decenas de iglesias.

–No dio dinero, pero todos los años, por Pascua, Enrique regalaba una vela a la iglesia. Era una iglesia muy pobre.

–¿Una vela? –preguntó P…

–Sí. Se pasaba todo el año ahorrando, evitando comprar otras cosas más necesarias para comprar esa vela.

–¿No dio dinero?

El apóstol pasó rápidamente las hojas.

–No se menciona el dinero.

San Pedro tragó saliva.

–En ciertas circunstancias, el dinero puede ser sustituido por donativos de otra clase. ¡Qué hermosa estaba esa iglesia iluminada en Pascua!

El marqués se quedó en silencio, como si buscara un nuevo argumento.

–Ese pobre tiene que ser expulsado del Cielo.

San Pedro sintió una tremenda tristeza. Las cosas no eran así al principio. Todavía recordaba cuando se acercó aquel joven al Maestro, y las palabras de éste. ¿Cuándo comenzó a cambiar todo eso? Arrugó la frente y se dispuso a decir algo, pero de pronto sintió que no tenía nada que decir.

–Tiene que ser expulsado –repitió el marqués de P…–. ¿Qué será del Cielo si se llena de pobres? Ya hay bastantes en la tierra. Tenemos que sufrirlos durante nuestras cortas vidas, soportar su suciedad, su sudor, sus lamentos, y no estamos dispuestos a pasar con ellos la eternidad. Sería demasiado.

El marqués se levantó con tanta violencia que tiró al suelo la silla en la que se sentaba.

–No tengo nada más que decir.

***

Enrique Pérez nunca se había sentido tan desgraciado. Desde que llegó, había permanecido en un apartado rincón, lejos de todo aquel encono. Allí no había más que señores graves, damas severas, que, cuando se cruzaban con él, le miraban con desprecio. Nunca había prestado mucha atención a las palabras del párroco cuando hablaba del Reino de Dios, y nunca había esperado merecerlo. Si había hecho lo que hizo, fue porque consideraba que estaba bien.

Por eso, cuando llegó un mensajero y le dijo que tendría que abandonar el Cielo de inmediato, que se había producido un error, se alegró, se consideró el más dichoso de los seres. La eternidad en el Infierno, estaba seguro, no sería peor que todo el sufrimiento y dolor de la tierra.