Jorge Luis BORGES: "Nadie puede leer dos mil libros. Yo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer."

lunes, 28 de mayo de 2012

HERVÁS: El galeote



Selim, el renegado, cuyo verdadero nombre y origen me resisto a olvidar, sonreía cuando me dijo que me iban a trasladar. Por fin se libraría de mí. Desde hacía meses, había evitado cuidadosamente hablarme y, cuando me llenaba la escudilla con las gachas del rancho, no me miraba a los ojos. Ya no tendría que soportarme más, ni le recordaría su traición mi sola presencia.

Pronto, bogavantes y espalderes, por lo general bien informados, hicieron correr el rumor de que uno de los divanes había pasado meses estudiando la reorganización del servicio. Últimamente, las galeotas argelinas habían sido derrotadas una y otra vez y la población de remeros no había dejado de descender, hasta el punto de que el diván de prisiones había comenzado a enviar forzados turcos, sirios, egipcios, reos de delitos leves. Solían tratarnos estos con soberbia; no se acostumbraban a tener como compañeros de boga a cautivos cristianos.

Por lo que pudimos saber, iban a reducir el número de galeotes por barco, uno de cada diez; los bajeles más pequeños serían dotados de velas más modernas, diseñadas en el diván de las galeras, y perderían casi todos sus remeros.

Pasé días de angustia. Los últimos combates habían sido desastrosos para el bajá de Argel; muchos soldados turcos y berberiscos habían muerto, y también muchos remeros. Sólo unos pocos galeotes habían sido liberados, pues en el ardor del combate los jabeques españoles se preocupan más por hundir las galeotas enemigas que por salvar a los remeros cristianos encerrados en sus sentinas. Pero cada vez que nos hacíamos a la mar tenía la secreta esperanza de que me llegaría la ansiada libertad.

Selim no me había dicho nada de mi nuevo destino. Quizá sólo me trasladaran a otra galeota del bajá de Argel. Cabía la posibilidad, empero, de que me enviaran a la flota del mar Negro o a la del Bósforo; allí las oportunidades de escapar o de ser liberado eran mínimas, pero el servicio era mucho más fácil. No había guerra en aquellas aguas. Llegué a imaginarme en una galera dorada, llevando a un príncipe otomano desde Estambul a una de las islas del Bósforo, comiendo melocotones de Melitene o naranjas de Nicomedia y no las aguadas gachas de Argel, envejeciendo feliz. En cambio, se rumoreaba entre los remeros que los barcos del sultán en el mar Rojo pasaban por dificultades crecientes: portugueses y somalíes multiplicaban sus asaltos contra las naves de peregrinos.

A veces pienso que, después de todo, Selim tomó una decisión acertada cuando renegó de su familia, de su patria, de su religión. De todos modos, ninguno de nosotros regresará jamás al pueblo.

Francisco HERVÁS, El lagarto y otros cuentos de Auringis y de Yayyan, Editoral Almotacén, Córdoba, 2011.